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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XX
DE
LA EXTRAORDINARIA VIDA DE VARIOS PADRES
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1 |
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El abad
Dulas contó: «Un día que
caminaba por el desierto con el abad
Besarión, llegamos a una gruta. Entramos en
ella y encontramos a un hermano sentado que
tejía una estera de palmas. Pero no quiso
mirarnos, ni nos saludó, ni nos dijo una
sola palabra. El anciano me dijo: "¡Salgamos
de aquí! Tal vez no está el
ánimo de este hermano para hablar con
nosotros". Salimos y fuimos a ver al abad Juan. A
la vuelta, al pasar de nuevo por la gruta, me dijo
el anciano: "Entremos a ver al hermano, tal vez
Dios le haya inspirado que nos dirija la palabra".
Entramos y vimos que descansaba en paz. Y el abad
Besarión me dijo entonces: "Vamos a recoger
ese cuerpo. Dios nos ha enviado para que lo
amortajemos". Y al amortajarlo nos dimos cuenta de
que se trataba de una mujer. Y el anciano me dijo
lleno de admiración: "Mira cómo
luchan las mujeres contra el demonio en el
desierto, mientras nosotros nos degradamos en las
ciudades". Luego seguimos nuestro camino
glorificando a Dios que así protege a los
que le aman».
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2 |
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El
abad Vindemio contaba que el abad Macario le
había relatado la siguiente historia:
«Estando en Scitia llegaron dos jóvenes
peregrinos. A uno de ellos empezaba a salirle la
barba y al otro no le había salido
todavía. Se acercaron a mi y me preguntaron:
"¿Donde está la celda del abad
Macario?". Yo les respondí:
"¿Qué queréis de él?".
"Hemos oído hablar de él y hemos
venido a Scitia para verle". Yo les dije: "Yo soy".
Me hicieron una metanía
1
y dijeron: "Queremos quedamos aquí". Al ver
que eran débiles, sin duda eran ricos, les
dije: "No os podéis quedar aquí". Y
el mayor me respondió: "Bueno, si no podemos
quedarnos aquí iremos a otra parte a vivir".
Entonces me hice esta reflexión: "¿Por
qué los voy a rechazar y escandalizarlos? La
observancia hará que ellos mismos la
abandonen". Les dije pues: "Venid, construid
vuestra celda, si podéis".
"Enséñanos, tan sólo, como se
hace y la edificaremos". Les di un pico, una cesta
llena de pan, sal y les enseñé la
roca diciendo: "¡Cavad aquí! Luego
iréis a buscar la madera junto al pantano.
Cuando hayáis echado el tejado
podréis vivir aquí". Yo creí
que se iban a escapar a la vista del trabajo, pero
en vez de ello me preguntaron: "¿Y qué
haremos aquí?". "Tejeréis palmas" les
dije, y tomando algunas hojas de palmera, les
enseñé a empezar las esteras y
cómo había que coserlas. Y
añadí: "Haréis también
cestos. Los entregaréis a los guardianes de
la iglesia y ellos os traerán pan". Luego
les dejé. Hicieron con paciencia todo lo que
les había dicho y pasaron tres años
sin venir a yerme. Yo intentaba tranquilizar mi
alma turbada por este pensamiento:
"¿Qué harán, me preguntaba a mi
mismo, que no vienen a tratar las cosas de su alma?
Los que viven lejos vienen a yerme y éstos
que están tan cerca no vienen. Sin embargo
tampoco creo que acudan a ningún otro Padre
y sólo acuden a la iglesia para recibir la
oblación, y nunca dicen nada". Ayuné
toda una semana haciendo oración a Dios y
pidiéndole me diese a conocer lo que estaban
haciendo. Luego me levanté y fui a ver como
vivían. Llamé, me abrieron y me
saludaron sin decir ni media palabra.
Después de hacer oración, me
senté. Entonces el mayor hizo una
señal al más joven para que saliera y
se puso a tejer palmas en silencio. Hacia la hora
de nona, dio una señal y entro el más
joven. Coció una papilla y a una
señal el mayor preparó la mesa, puso
tres panecillos y se sentó sin decir
palabra. Yo dije: "Vamos a comer". El joven trajo
también una jarra y bebimos. Al caer la
tarde me dijeron: "¿Te vas?". "No, les dije,
dormité aquí". Extendieron una estera
para mí en uno de los lados de la celda y
prepararon la suya en otro rincón. Se
quitaron el cinturón y el escapulario y se
tendieron el uno junto al otro para dormir ante mis
ojos. Mientras descansaban, yo rogaba al
Señor que me revelara su conducta y entonces
se abrió el techo de la celda y
apareció una gran luz, como en pleno
día, pero ellos no se dieron cuenta. Cuando
le pareció que yo me había dormido,
el mayor despertó al otro hermano, se
levantaron, se pusieron el cinturón y
elevando las manos al cielo se mantuvieron de pie
sin decir nada. Yo les veía a ellos, pero
ellos no me veían a mi. Y los demonios
vinieron a atacar al más joven como si
fuesen moscas. Algunos se le posaban en la misma
boca, pero vi un ángel de Dios con una
espada de fuego que le protegía y alejaba
los demonios. En cuanto al mayor, los demonios ni
siquiera conseguían acercarse. Al amanecer
los dos hermanos volvieron a acostarse. Yo hice
entonces como que me despertara y ellos hicieron lo
mismo. El mayor me dijo tan sólo estas
palabras: "¿Quieres que recitemos doce
salmos?". "Sí", le contesté. El
más joven recitó cinco salmos, seis
versículos y un aleluya. A cada palabra suya
salía de su boca una luz que subía al
cielo. Igualmente, cuando el mayor abrió sus
labios para la salmodia, salió de él
como una columna de fuego que se elevó hasta
el cielo. Yo también, recitaba de memoria,
como ellos, una parte del Oficio divino. Luego les
dejé, diciendo: "Rogad por mí".
Hicieron una metanía en silencio. Supe
así que el mayor era perfecto y que al menos
el enemigo le hacía la guerra
todavía. Pocos días después,
el mayor descansó en el Señor y tres
días más tarde le siguió su
hermano». En adelante, cuando los hermanos
venían a ver al abad Macario, éste
los llevaba a la celda de los dos hermanos, y les
decía.« Venid a visitar el martirio de
los dos jóvenes peregrinos».
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3 |
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Dos Padres
rogaban a Dios que les mostrase qué grado de
santidad habían alcanzado. Y oyeron una voz
que les decía: «En tal pueblo de Egipto
encontraréis a un seglar, Eucaristo, y a su
mujer María. Vosotros no habéis
llegado a su altura». Los dos ancianos
acudieron a aquel pueblo, y después de
preguntar encontraron la casa de aquel hombre y se
personaron allí. Estaba en ella la mujer, y
le preguntaron: «¿Dónde
está tu marido?». Ella
respondió: «Mi marido es pastor y
guarda sus corderos». Y les hizo entrar. Al
caer el día, volvió Eucaristo con su
rebaño. Al ver a los ancianos, echó
agua en un barreño para lavarles los pies,
pero ellos le dijeron: «No probaremos nada
hasta que nos hayas dicho cuáles son tus
buenas obras». Eucaristo les dijo con
humildad: «Soy pastor y ésta es mi
mujer». Los ancianos insistían
pidiéndole que les revelase todo, pero el
otro se resistía. Por fin le dijeron:
««El Señor nos ha enviado a
ti». Al oír estas palabras Eucaristo se
atemorizó, y dijo: «Recibimos estos
corderos de nuestros padres, y de lo que nos
producen, gracias a Dios, hacemos tres partes: una
para los pobres, otra para ayudar a los peregrinos
y la otra para nosotros. Me casé con mi
mujer pero no la he tocado, sigue virgen y dormimos
separados. De noche nos vestimos de saco y de
día usamos estos vestidos. De eso, hasta
ahora, nadie ha sabido nada». Al oír
estas cosas los Padres se maravillaron mucho y
volvieron a sus celdas glorificando a
Dios.
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4 |
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Macario, el
egipcio, vino una vez a Scitia al monte Nitria, al
monasterio del abad Pambo, en un día de
celebración eucarística. Los ancianos
del monasterio le pidieron: «Padre, di a los
hermanos unas palabras de edificación».
Pero él les dijo: «No he llegado a ser
monje, pero he visto algunos monjes». Y
prosiguió: «Estaba un día en mi
celda de Scitia y mis pensamientos me
urgían: "Levántate, vete al desierto
y considera bien lo que allí vas a ver''.
Durante cinco años resistí, diciendo:
"No sea que venga del demonio esta sugerencia".
Pero como el pensamiento no desaparecía,
marché al desierto y encontré
allí un estanque con una isla en medio.
Todos los animales del desierto venían
allí a beber y en medio de ellos vi a dos
hombres desnudos. Y me eché a temblar, pues
creí que eran fantasmas. Al adivinar mi
temor, me dijeron: "No temas, también
nosotros somos hombres". Les dije: "¿De
dónde sois? ¿Cómo habéis
llegado a este desierto?". "Estábamos en un
monasterio, dijeron, y nos pusimos de acuerdo para
abandonarlo hace cuarenta años". Uno de
ellos era de Egipto y el otro había venido
de Libia. Me hicieron algunas preguntas:
"¿Cómo va el mundo? ¿Vienen
siempre a su tiempo las crecidas del Nilo? ¿La
gente tiene todo lo necesario?". "Sí", les
respondí y a mi vez les pregunté:
"¿Cómo podré llegar a ser
monje?". Ellos me respondieron: "Si no se renuncia
a todas las cosas de este mundo, no es posible
llegar a ser monje". "Yo, les dije, soy muy
débil y no puedo vivir como vivís
vosotros". "Si no puedes hacer lo que nosotros
hacemos, quédate en tu celda y llora tus
pecados". Les pregunté todavía: "En
invierno tendréis que pasar mucho
frío, y en verano al mediodía tiene
que arder vuestro cuerpo". Y ellos me contestaron:
"Dios nos ha hecho el favor de no sentir ni el
frío ni el calor". "Por eso os he dicho yo
que no he llegado a ser monje. Perdonadme,
hermanos"».
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5 |
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En la
época en la que el abad Sisoés
vivía solo en el monte del abad Antonio, el
hombre que les servía estuvo mucho tiempo
sin venir, y durante diez meses no vio a nadie.
Andando por el monte, encontró a un hombre
de Tarán que cazaba animales salvajes.
«¿De dónde vienes?», le
preguntó el anciano,
«¿cuánto tiempo hace que
estás aquí?». « Para
hablarte con franqueza, hace once meses que estoy
en el monte y no he visto a nadie más que a
ti». Al oír esta respuesta, el anciano
se volvió a su celda, se golpeó el
pecho y dijo: «Mira, Sisoés,
creías que habías hecho algo y no has
llegado a realizar lo que ha hecho este
seglar».
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6 |
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El abad
Sisoés, cuando estaba en su celda, cerraba
siempre la puerta. Se contaba de él que el
día de su muerte, estando rodeado de Padres,
su rostro brillaba como el sol, y les dijo:
«Viene el abad Antonio». Y poco
después: «Llega el coro de los
profetas». Y de nuevo su rostro se puso
más resplandeciente, y dijo: «Viene el
coro de los Apóstoles». Y su rostro
brilló aún dos veces más y
parecía estar hablando con alguno. Los
ancianos le suplicaron: «¿Con
quién hablas, Padre?», y les
respondió: «Los ángeles han
venido a buscarme y les pido que me dejen un poco
más para hacer penitencia». Los
ancianos le dijeron: «Padre, no necesitas
hacer más penitencia». Pero él
les contestó: «En verdad, no tengo
conciencia de haber empezado a hacer
penitencia». Todos comprendieron entonces que
era perfecto. De nuevo su rostro se puso brillante
como el sol y todos tuvieron miedo. Pero él
les dijo: «Mirad, viene el Señor, y
dice: "Traedme ese vaso de elección del
desierto"». Y al punto entregó su
espíritu. Y se puso brillante como un
relámpago, y aquel lugar se llenó de
suavísimo olor.
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7 |
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Decían
del abad Hor: «Nunca ha mentido, jamás
hizo ningún juramento, nunca maldijo a
nadie, jamás habló a nadie si no era
necesario».
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El abad Hor
decía a su discípulo: «Cuida de
no traer a esta aldea ninguna palabra
profana».
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Dos
venerables ancianos caminaban un día por el
desierto cercano a Scitia y oyeron el murmullo de
una voz que salía de la tierra. Encontraron
la entrada de una caverna, entraron en ella y
descubrieron allí a una santa virgen muy
anciana, que yacía enferma. Y le
preguntaron: «¿Cuándo has llegado
aquí y quién se ocupa de ti?»,
ya que no vieron a nadie en la cueva, sino tan solo
a ella que estaba enferma. «Hace treinta y
ocho años que vivo en esta cueva, sirviendo
a Cristo, sin que me haya faltado nada, y no vi a
ningún hombre hasta hoy. Dios os ha enviado
para que enterréis mi cuerpo». Y dicho
esto descansó en paz. Los Padres dieron
gloria a Dios y regresaron a sus celdas
después de dar sepultura a aquel
pequeño cuerpo.
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Un
ermitaño salió al desierto vestido
sólo con un saco de lino. Después de
tres días de marcha, subió a
uña roca y vio a un hombre que pacía
como una bestia, en medio de una pradera verde.
Bajó sin que le viera y se abalanzó
sobre él. Pero el anciano, como estaba
desnudo y no podía sufrir el olor a hombre,
a duras penas pudo escapar de sus manos y
huyó. El hermano salió tras él
gritando: «Espérame, que te sigo por
amor a Dios». Pero el otro se volvió y
le dijo: «Y yo te huyo por amor de Dios
también». El hermano se quitó la
túnica y continuó la
persecución. Al ver el anciano que se
había quitado el vestido, se detuvo y cuando
estuvo cerca le gritó: «Cuando te
despojaste de lo que venía del mundo, te he
esperado». «Padre, dijo entonces el
hermano, dime una palabra para salvarme». Y el
otro le contestó: «Huye de los hombres,
calla y te salvarás».
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Un
ermitaño contó a los padres de
Raitú, allí donde se encuentran las
setenta palmeras, donde Moisés se detuvo con
su pueblo cuando salió de Egipto, lo que
sigue: «Pensé, cierto día, que
debía adentrarme en el desierto, pues tal
vez encontrase a alguien que viviese en él
antes que yo sirviendo a Nuestro Señor
Jesucristo. Después de andar cuatro
días con sus noches, descubrí una
gruta. Me acerqué, miré al interior y
vi a un hombre sentado. Llame, según la
costumbre de los monjes para que saliera y poder
saludarle, pero no se movió pues
había descansado en paz. Yo entré sin
dudarlo, pero en cuanto toqué su espalda se
descompuso y se convirtió en polvo. Mirando
alrededor vi que colgaba su túnica, pero
apenas la toqué se redujo también a
polvo. No sabiendo qué pensar de todo esto,
salí de allá y continué mi
marcha por el desierto. De nuevo encontré
otra gruta y vi huellas de pasos. Apresuré
mi marcha, llegué a la cueva, llamé
pero nadie contestó. Entré y no
encontré a nadie. Salí, y me
quedé junto a la puerta, pensando que el
siervo de Dios, donde quiera que estuviese, no
tardaría en volver. Empezaba a oscurecer,
cuando vi llegar a una manada de búfalos y
entre ellos se encontraba desnudo el siervo de
Dios, a quien los pelos cubrían las partes
deshonestas del cuerpo. Se me acercó,
creyendo que era un espíritu, y se puso en
oración, pues, por lo que me dijo
después, había sufrido mucho a causa
de los espíritus. Adivinando lo que pensaba,
le grité: "¡Siervo de Dios, yo
también soy un hombre! Mira las huellas de
mis pasos, tócame, soy de carne y sangre".
Terminó su oración con un
amén, luego me miró, se
tranquilizó y me hizo entrar en la cueva. Y
me preguntó: "¿Cómo has llegado
hasta aquí?. He venido a este desierto para
encontrar a los siervos de Dios y Dios no me ha
negado lo que deseaba". Y a mi vez le
pregunté también: "¿Cómo
has venido hasta aquí? ¿Cuánto
tiempo hace que vives aquí?
¿Cómo te alimentas? ¿Cómo
puedes prescindir del vestido y vivir desnudo?". El
me respondió: "Vivía en un monasterio
de la Tebaida y mi oficio era tejer lino, pero me
vino el pensamiento de marchar para vivir solo.
'Podrás, me insinuaba, encontrar la paz,
recibir a los peregrinos y ganar más con el
producto de tu trabajo'. En cuanto acepté
este proyecto, lo puse por obra. Partí pues
y construí una ermita a la que venían
a traerme trabajo. Cuando reunía una suma de
dinero importante me apresuraba a repartirla entre
los pobres y peregrinos. El demonio, nuestro
enemigo, envidioso de mí, como siempre,
entonces, ahora y después, vio con malos
ojos la recompensa que me preparaba al apresurarme
a ofrecer a Dios el fruto de mi trabajo, y
maquinó el arrebatármela. Vio a una
virgen consagrada que me encargó unos
vestidos, vio cómo los hacía y se los
entregaba y le metió en la cabeza que me
encargara otros. Pronto empezamos a tratar con
frecuencia y vino después la confianza, las
familiaridades, los apretones de manos, las bromas,
las comidas juntos. Finalmente llegó el
concebir, el dolor y el pecado. Permanecí
durante seis meses en ese estado miserable y
después pensé: 'Sea hoy,
mañana o dentro de unos años,
seré entregado a la muerte y
empezarán los suplicios eternos. Si uno
viola a la mujer de un hombre merece con toda
justicia las penas eternas. ¿Qué
será del que ha profanado a una esposa de
Cristo?'. Y así, a escondidas, me
refugié en este desierto, dejando todas mis
cosas a aquella mujer. Encontré esta cueva,
esta fuente y esta palmera que me da doce racimos
de dátiles. Cada mes me brinda un haz de
dátiles que me bastan para treinta
días y durante ese tiempo madura otro
racimo. Después de mucho tiempo
creció mi cabellera y como mis vestidos se
caían a pedazos, con ella cubro las partes
menos honestas de mi cuerpo". Le pregunté si
al principio no había encontrado
dificultades, y me dijo: "Al principio he sufrido
mucho del hígado, hasta el punto de no poder
levantarme para rezar los salmos. Postrado en el
suelo, clamaba al Altísimo. Un día
que estaba en mi celda muy deprimido, con un fuerte
dolor y sin poder salir, vi a un hombre que
entró, se colocó a mi lado y me
pregunto: '¿Qué te pasa?'. Esto me
confortó un poco y le dije: 'Me duele el
hígado'. E insistió:
'¿Dónde te duele?'. Le
señalé el lugar y con los dedos de su
mano juntos y extendidos, me abrió el
costado como con un escalpelo. Me quitó el
hígado, me enseñó las heridas,
afeitó con su mano el hígado y
depositó las raspaduras en un lienzo. Luego
lo volvió a colocar y cerró mi
costado. 'Ya está curado', me dijo, 'sirve
como conviene a Nuestro Señor Jesucristo'.
Desde entonces gozo de buena salud y vivo
aquí sin más molestias". Le
supliqué insistentemente que me permitiese
quedarme en el desierto interior, pero el me dijo:
"No podrás soportar el ataque de los
demonios". Yo acepté su parecer y le
pedí que orase por mí antes de
despedirme. Lo hizo así y nos dijimos
adiós. Todo esto lo he contado para vuestro
aprovechamiento.»
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Otro
anciano, que por méritos propios
había merecido ser nombrado obispo de
Oxirinco, contó lo siguiente. Decía
que se lo había oído a otro, pero la
verdad es que se trataba de él: «Un
día, pensé que debía penetrar
en el desierto interior, hacia la parte del oasis,
en el territorio de los Macicos, pues tal vez
encontrara algún siervo de Dios. Con algunos
panecillos y un recipiente de agua para cuatro
días me puse en camino. Transcurridos los
cuatro días se agotaron mis provisiones.
¿Qué hacer? Hice un acto de confianza
en Dios y decidí continuar. Aguanté
otros cuatro días sin comer nada, pero mi
cuerpo ya no podía soportar el ayuno y la
fatiga del camino. Vino el desaliento y me deje
caer en el suelo. Alguien vino, tocó con sus
dedos mis labios, como un medico moja los ojos con
saliva, y al punto recobré mis fuerzas y me
parecía como si no hubiese caminado ni
padecido sed. Al sentir esa fuerza en mí, me
levante y continué andando por el desierto.
Pasaron otros cuatro días y la fatiga me
hizo desfallecer de nuevo. Elevé mis manos
al cielo y el hombre que me había confortado
la primera vez pasó de nuevo sus dedos por
mis labios y me devolvió las fuerzas. Al
cabo de diecisiete días descubrí una
cabaña, una palmera y un hombre al pie de
ella. Sus cabellos, totalmente blancos, le
servían de vestido. Su aspecto era espantoso
y empezó a orar en cuanto me vio.
Después del amén, cayó en la
cuenta de que yo era un hombre, me tomó la
mano y me preguntó: "¿Cómo has
llegado hasta aquí? ¿Todavía
existe el mundo? ¿Hay todavía
persecuciones?". Yo le contesté: "Es por ti,
verdadero siervo de Nuestro Señor
Jesucristo, por lo que recorro el desierto. Gracias
al poder de Cristo han cesado las persecuciones,
pero te ruego me digas cómo has llegado
aquí". El me respondió llorando: "Era
obispo y en el curso de una persecución fui
sometido a tortura durante largo tiempo. Por fin no
pude resistir y sacrifiqué a los dioses.
Pero volví en mí, confesé mi
pecado y me condené a morir en este
desierto. Hace cuarenta y nueve años que
vivo aquí, alabando a Dios y
pidiéndole que perdone mi pecado. El
señor me alimenta con esta palmera y he
tenido que esperar cuarenta y ocho años para
tener la certeza íntima de mi perdón.
Este mismo año se me ha concedido".
Después de decirme todo esto en medio de un
mar de lágrimas, se levantó de
pronto, salió de prisa y estuvo largo tiempo
en oración. Al terminar volvió a mi
lado. Miré su rostro y me eché a
temblar pues parecía como de fuego. "No
temas nada, me dijo, Dios te ha enviado para
amortajar mi cuerpo y darle sepultura". Apenas
terminó de decir estas palabras
extendió sus manos y sus pies y
expiró. Desgarré mi túnica y
guardé una mitad para mi. Con la otra mitad
envolví el santo cuerpo y lo
amortajé. Terminado el entierro, la palmera
se secó y la cabaña se vino abajo.
Lloré durante mucho tiempo, pidiendo a Dios
que me devolviese de una u otra manera aquella
palmera para que pudiese parar en aquel lugar el
resto de mi vida, pero no se produjo lo que yo
pedía y me dije a mi mismo: "No es voluntad
de Dios". Hice oración y me puse en camino
hacia el mundo. El hombre que me había
tocado los labios apareció de nuevo y me
devolvió las fuerzas. Gracias a él
pude llegar de nuevo hasta el lugar donde
residían mis hermanos, a los que he contado
esta historia para invitarles a no desesperar nunca
de si mismos, sino a encontrar a Dios por la
penitencia».
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Un hermano
preguntó a un anciano:
«¿Qué es lo que salva, la
reputación o las obras?». «Las
obras», respondió el anciano, y
añadió: «Conozco un hermano cuya
oración es escuchada inmediatamente. Un
día le vino la idea de ver el alma de un
pecador y la de un justo en el momento de su salida
del cuerpo. Dios no quiso contristarle y en el
momento en que cierto día estaba en su
celda, entró un lobo y lo arrastró
fuera tirándole de su hábito. El
hermano se levantó, siguió al lobo, y
éste le condujo a una ciudad y le
dejó abandonado allí. El hermano se
acomodó fuera de la ciudad en una ermita
cuyo ocupante tenía fama de ser un anacoreta
muy observante. Estaba enfermo y esperaba la hora
de su muerte. El hermano vio que hacía
grandes preparativos de cirios y luminarias para
ese ermitaño, como si sólo por
él Dios protegiese a los habitantes de
aquella ciudad y les concediese el pan y el agua.
"Si el anciano se va", decían, "todos vamos
a morir". Cuando llegó la hora de la muerte,
el hermano vio a un demonio que se colocó
encima del moribundo con un tridente de fuego y
oyó una voz que decía: "Puesto que
esta alma no me ha dejado ni una hora de descanso
en ella, no tengo compasión en arrancarla".
El demonio colocó el tridente de fuego sobre
el pecho del ermitaño y atormentó por
un buen rato al monje para extirparle el alma.
Después de ver esto, el hermano entró
en la ciudad. Encontró tirado en el suelo a
un vagabundo enfermo que no tenía a nadie
que le atendiera. Se quedó con él un
día entero. Cuando le llegó la hora
de morir, el hermano vio al arcángel san
Miguel y al arcángel san Gabriel que bajaban
para recoger su alma. El uno se colocó a su
derecha y el otro a su izquierda y ambos invitaban
al alma a salir, pero ésta no salía.
Se diría que no quería abandonar al
cuerpo. Entonces Gabriel dijo a Miguel: "¡Toma
el alma y vámonos!". Pero Miguel le
respondió: "El Señor nos ha
recomendado insistentemente que la hagamos salir
suavemente, no podemos pues arrancarla por la
fuerza". Luego Miguel gritó con voz potente:
"¡Señor! ¿Qué quieres hacer
de esta alma, que no accede a salir?". Entonces se
oyó una voz que decía: "Envía
a David con su arpa y a todos los que cantan salmos
a Dios en Jerusalén, para que el alma oiga
la salmodia y salga bajo el encanto de su voz".
Bajaron todos alrededor del alma cantando himnos, y
el alma salió, se sentó en las manos
de san Miguel y de este modo subió al cielo
con gran alegría».
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El mismo
anciano contó que un Padre fue un día
a la ciudad para vender las cestas que había
fabricado. Las desembaló y por azar se
instaló a la puerta de un rico que estaba a
punto de morir. Allí sentado, el anciano vio
llegar unos caballos negros montados por unos
negrazos terribles que llevaban en sus manos un
bastón de fuego. Llegados a la puerta,
ataron sus caballos y entraron todos a gran
velocidad. Al verlos, el enfermo lanzó un
grito horrible: «¡Señor,
ayúdame!». Pero los demonios le
respondieron: «¿Ahora que el sol deja de
brillar para ti es cuando te acuerdas de Dios?
¿Por qué no le buscaste antes de hoy,
cuando gozabas del esplendor del día? Ahora
ya no hay para ti ni esperanza ni
consuelo».
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Los Padres
hablaban de cierto Macario, que fue el primero que
estableció una ermita en Scitia. Es un
rincón del desierto a más de un
día y noche de camino de Nitria. Se corre un
gran peligro para llegar allí y basta una
pequeña equivocación para exponerse a
errar a la aventura en el desierto. Los que
vivieron allí eran todos varones perfectos.
Un imperfecto no aguantaría mucho tiempo en
aquel terrible lugar. Es de una aridez extrema y no
se encuentra allí ni siquiera lo necesario.
El Macario en cuestión era un hombre de
ciudad y se unió un día a Macario el
Grande. Como tenían que atravesar el Nilo se
embarcaron en un navío. Subieron
también al barco dos tribunos con gran
magnificencia, con sus carros recubiertos de placas
de cobre, tirados por caballos con bridas de oro.
Les seguían algunos soldados y esclavos que
llevaban collares y cinturones de oro. Los tribunos
vieron sentados en un rincón a los dos
monjes vestidos con viejos hábitos, y se
admiraron de su pobreza. Uno de ellos le dijo:
«Dichosos vosotros que os burláis del
mundo». Macario, el de la ciudad, le
contestó: «Es verdad, nosotros nos
reímos del mundo, pero el mundo se
ríe de vosotros. Aunque sin quererlo, has
dicho una gran verdad, pues nosotros dos nos
llamamos "dichosos" (Macarioi)». El tribuno
fue movido a compunción por aquellas
palabras. Vuelto a su casa, se despojó de
sus vestidos y tren de vida, y empezó a
vivir como un monje, haciendo grandes
limosnas.
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16 |
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El abad
Macario, el Grande, contó que caminando un
día por el desierto encontró en el
suelo la cabeza de un muerto. La tocó con
una rama de palmera y el cráneo
empezó a hablar. Yo le pregunté:
«¿Quién eres?». La cabeza
aquella respondió al anciano: «Era
sacerdote de los ídolos, al servicio de los
paganos que moraban aquí. Y tú eres
el abad Macario, lleno del Espíritu Santo de
Dios. Cada vez que te compadeces de los que
están en el infierno y oras por ellos, son
aliviados un poco». Yo le pregunté:
«¿En qué consiste ese
consuelo?». La calavera me respondió:
«Cuanto dista el cielo de la tierra otro tanto
hay de fuego debajo de nuestros pies y sobre
nuestras cabezas. Y sumergidos en el fuego no nos
podemos ver cara a cara ni con el más
cercano; pero cuando oras por nosotros, el uno
puede ver el rostro del vecino y en eso consiste
nuestro alivio». El anciano dijo llorando:
«¡Maldito el día de su nacimiento
si es este el alivio del suplicio!». Y
añadió: «¿Hay tormentos
peores que éstos?». La cabeza
contestó: «Debajo de nosotros existen
todavía suplicios mayores».
«¿Para quién?»,
pregunté. Y la calavera respondió:
«Nosotros, que no hemos conocido a Dios,
disfrutamos de un poco de misericordia, pero los
que le conocieron y renegaron de El, y no hicieron
su voluntad, éstos están debajo de
nosotros». Después Macario tomó
el cráneo y lo enterró.
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17 |
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Cierto
día, el abad Macario oraba en su celda y
oyó una voz que le decía:
«Macario, todavía no has llegado a la
altura de esas dos mujeres que viven en la
ciudad». A la mañana siguiente, se
levantó, tomó su bastón de
palmera y se encaminó a la ciudad.
Llegó al sitio que buscaba y llamó a
la puerta. Le abrió una de las mujeres y le
hizo pasar dentro de la casa. Después de
sentarse, invitó a las dos mujeres a que se
sentaran a su lado. El anciano les dijo: «Me
he tomado un gran trabajo en venir a veros.
Explicadme vuestro modo de vivir y las obras que
hacéis». Pero ellas dijeron:
«Créenos, esta misma noche la hemos
pasado con nuestros maridos. ¿Qué
buenas obras hemos podido hacer?». Pero el
anciano insistía en que le descubriesen su
género de vida. Entonces ellas le dijeron:
«No tenemos ninguna relación con el
mundo, pero se nos ocurrió casarnos con dos
hermanos carnales. Desde hace quince años
vivimos en la misma casa y nunca hemos
reñido, ni nos hemos dirigido la más
mínima palabra desagradable, sino que hemos
transcurrido todo este tiempo en paz y concordia.
Hemos pensado alguna vez entrar en algún
monasterio de vírgenes, pero consultados
nuestros maridos se opusieron. Como no hemos podido
conseguir su aprobación, nos hemos
comprometido delante de Dios a no pronunciar
palabras, ni tener conversaciones de mundo hasta la
hora de nuestra muerte». Al oír esto el
abad Macario dijo: «Verdaderamente el ser
virgen o casada, monje o seglar, no importa nada.
Dios concede a todos el Espíritu
Santo».
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Contaban
los Padres, a propósito de un santo anciano,
que caminando por el desierto vio a dos
ángeles que le acompañaban, el uno a
la derecha y el otro a su izquierda. Mientras
andaban encontraron en el camino un cadáver.
El anciano, a causa del hedor que despedía,
se tapó las narices y los ángeles
hicieron lo mismo. Avanzaron un poco y entonces el
anciano les preguntó:
«¿También vosotros sentís
el olor?». Ellos le respondieron: «De
ninguna manera, pero nos hemos tapado la nariz por
causa tuya. No sentimos el olor del
estiércol de aquí abajo, pues no
llega hasta nosotros, pero sentimos el hedor de las
almas que viven en pecado».
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(1) METANÍA: Cambio de ideas, conversión,
penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de
un encuentro con otro, casi siempre postración.
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