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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XXI
TREINTA
Y SIETE SENTENCIAS QUE ENVIÓ EL ABAD MOIS�S AL ABAD
PEMENIO. QUIEN LAS CUMPLA ESTARÁ LIBRE DE
PENA
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1 |
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Dijo el
abad Moisés: «El hombre debe estar como
muerto para cualquier compañero suyo, es
decir, morir para su amigo, para que nunca le
juzgue en nada».
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2 |
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Dijo
también: «El hombre debe mortificarse y
evitar todo mal, antes de abandonar su cuerpo, para
que no dañe a ningún
hombre».
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3 |
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Decía
también: «Si el hombre no graba en su
corazón que es pecador, Dios no le
escucha». Y un hermano le preguntó:
«¿Por qué es tan importante
sentirse pecador?». Y el anciano le
contestó: «Si uno tiene presentes sus
pecados, no ve los pecados de su
prójimo».
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4 |
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Dijo
también el anciano: «Si el hombre no
acompaña su trabajo con la oración,
trabaja en vano». Y un hermano
preguntó: «¿Cómo se junta
trabajo y oración?». Y el anciano le
respondió: «Cuando un hombre renuncia a
su propia voluntad, entonces se reconcilia con
Dios, y Dios acepta su oración. Y dejamos de
orar por aquello que hemos hecho». Y otro
hermano preguntó: «¿Qué es
lo que más importa en cualquier trabajo del
hombre?». Y el anciano contestó:
«Dios es quien ayuda. Porque escrito
está: "Dios es para nosotros refugio y
fortaleza, un socorro en la angustia siempre a
punto"». (Sal 46,2).
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5 |
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Preguntó
un hermano: «¿Qué le aprovechan al
hombre las vigilias y el ayuno?». El anciano
le dijo: «La vigilia y el ayuno humillan al
alma, porque escrito está: "Ve mi
aflicción y mi penar, quita todos mis
pecados" (Sal 25,18). Si el alma soporta esos
trabajos, Dios tendrá, a causa de ellos,
misericordia».
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6 |
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Un hermano
preguntó al anciano: «¿Qué
debe hacer el hombre ante cualquier
tentación que le venga, o en cualquier
pensamiento que le sugiera el enemigo?». Y el
anciano dijo: «Llorar en la presencia de la
inmensa bondad de Dios, para que le ayude. Y
enseguida encontrará descanso si ruega
rectamente, porque escrito está:
"Yahvé está por mi, no tengo miedo,
¿qué puede hacerme el hombre?"».
(Sal 118,6).
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7 |
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De nuevo
preguntó el hermano: «Un hombre
castigó a su siervo por una falta que hizo,
¿qué debe decir el siervo?». El
anciano le contestó: «Si es un buen
siervo, dirá: "He pecado, ten
compasión de mi"». El hermano
insistió: «¿Nada
más?». Y respondió el anciano:
«No. En cuanto reconoció su culpa y
dijo: "He pecado", su señor se
compadecerá de él. El fin de
éstos no es juzgar a su prójimo.
Cuando la mano del Señor mató a los
primogénitos de Egipto, "no había
casa donde no hubiese un muerto"». (Ex 12,30).
«¿Qué significa esta
palabra?», preguntó el hermano. El
anciano le dijo: «Si miramos nuestros pecados
no veremos los pecados del prójimo. Es
estúpido que un hombre que tiene un muerto
en su casa, lo abandone para ir a llorar ante el
difunto de un vecino. Dar tu vida por el
prójimo consiste en cargar con tus pecados y
no pensar este hombre es bueno y aquél malo,
en no hacer mal a nadie, ni pensar mal de nadie, ni
despreciar al que obra mal, ni aprobar al que hace
mal al prójimo, ni alegrarte con él.
Esto es dar la vida por tu prójimo. Y no
reprendas a nadie, antes di: "Dios conoce a cada
uno". No obedezcas al detractor ni te alegres con
él en su detracción. No obedezcas al
que reprende a su prójimo, pues está
escrito: "No juzguéis para que no
seáis juzgados" (Mt 7,1). No tengas
enemistad con ningún hombre ni la conserves
en tu corazón. No odies al enemigo de tu
prójimo y no consientas en tus enemistades.
No desprecies al enemigo de tu prójimo y
tendrás paz. Consuélate a ti mismo
pensando que el tiempo del esfuerzo es corto y el
descanso eterno, gracias al Verbo de Dios.
Amén».
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8 |
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Dijo otro
anciano: «Por ti ha nacido el Salvador. Por
ti, para que te salvases vivió el Hijo de
Dios, se hizo hombre permaneciendo Dios, se hizo
niño, se hizo lector y tomando el libro
leyó en la sinagoga: "El Espíritu del
Señor sobre mí, porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena
Nueva" (Lc 4,18). Se hizo subdiácono, pues
"haciendo un látigo con cuerdas echó
a todos fuera del Templo, con las ovejas y los
bueyes" (Jn 2,15). Se hizo diácono, "tomando
una toalla se la ciñó. Luego
echó agua en un lebrillo y se puso a lavar
los pies de los discípulos" (Jn 13,45). Se
hizo presbítero y se sentó en medio
de los maestros enseñándoles. Se hizo
obispo, "tomó pan y pronunciada la
bendición, lo partió y
dándoselo a sus discípulos..." (Mr
26,26). Por ti fue flagelado, crucificado y
murió y resucitó al tercer día
y subió al cielo. Por ti sufrió toda
clase de dolores y todo lo hizo bien para salvarte,
y tú ¿no toleras el sufrir nada por El?
Seamos sobrios, vigilantes, oremos y hagamos su
voluntad para que nos salvemos. ¿No fue
vendido José a Egipto, tierra extranjera?
¿No condenaron a muerte a los tres
jóvenes en Babilonia? Sin embargo, Dios los
protegió, los acogió y los
glorificó, porque le temían. El que
entrega su alma a Dios, ya no tiene voluntad
propia, sino espera los deseos de Dios y ya no
sufre. Pero si quieres hacer tu voluntad, y no
colaboras con Dios, te cansarás
mucho».
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9 |
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Preguntó
un hermano al abad Pastor: «¿Qué
significa ese pasaje de la Escritura: "No os
preocupéis del mañana"». (Mt
6,34). El anciano le dijo: «Esto se refiere al
hombre que aquí abajo padece
tentación y desfallece, para que no piense
cuánto tiempo durará este estado,
sino que lo de hoy, y lo de cada día, lo
haga con generosidad y mire confiadamente el
futuro».
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Preguntó
un hermano al abad Juan: «¿Cómo un
alma que tiene sus propias faltas, no se
avergüenza de hablar mal de su
prójimo?». El anciano le
respondió con esta parábola:
«Era un hombre pobre que tenía mujer.
Vio otra mujer más hermosa y también
se casó con ella. Las dos estaban desnudas.
Estaban en un lugar donde se celebraba un mercado y
le rogaron las dos: "Queremos ir contigo al
mercado". El las metió en un tonel, las
subió a una barca y así llegaron al
lugar. Al mediodía, una de ellas, al ver que
la gente se había ido, salió en
silencio y rápidamente del tonel, y
encontró en un sirio cercano unas ropas
viejas, se cubrió con ellas y se puso a
pasear tranquilamente. La otra que estaba dentro
desnuda, decía al marido: "Mira esa
meretriz, va desnuda y no le da vergüenza". Y
el marido le contestó amargamente: "¡Oh
maravilla!, ésa cubrió su desnudez y
tú en cambio totalmente desnuda no te da
vergüenza el acusar a la que está
vestida". Así es el detractor, que no ve sus
propias faltas, y crítica siempre las
ajenas».
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Unos
hermanos dijeron al abad Antonio: «Queremos
escucharte una palabra con la que podamos ser
salvos». Pero el anciano replicó:
«Ya habéis escuchado la Escritura, con
eso os basta». E insistieron: «Queremos
oírte a ti, Padre». El anciano les
contestó: «Oísteis al
Señor que dice: "Al que te abofetee en la
mejilla derecha, preséntale también
la otra"». (Mt 5,39). Ellos le dijeron:
«Eso no lo podemos cumplir». El abad
Antonio les dijo: «Si no podéis
presentarle la otra mejilla, al menos llevad con
paciencia la bofetada de la primera». Y
contestaron: «Tampoco podemos hacer eso».
El anciano les vuelve a decir: «Si tampoco
podéis hacer esto, al menos no
prefiráis el golpear al ser golpeados».
Dícenle los hermanos: «Tampoco nos es
posible hacer esto». Entonces el anciano dijo
a su discípulo: «Prepara una medicina
para estos hermanos porque están muy
enfermos». Luego dirigiéndose a ellos
les dijo: «Si no podéis ni esto, ni
aquello, ¿qué puedo hacer con vosotros?
Lo que necesitáis es mucha
oración».
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12 |
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El abad
Juan contó a unos hermanos: «Eran tres
filósofos amigos, y uno de ellos al morir
encomendó a los otros a su hijo, el cual al
llegar a la juventud cometió adulterio con
la mujer de su tutor. Descubierto su delito fue
arrojado fuera. Más tarde, aunque
profundamente arrepentido y hecha penitencia, no le
concedieron que volviese, sino que le dijeron:
"Vete, estáte tres años entre los
condenados que trabajan en las minas y luego te
perdonaremos tu culpa". Al volver al cabo de los
tres años, le dicen de nuevo: "Vete otros
tres años y paga dinero para que te insulten
y te injurien". Y así gastó otros
tres años. Y de nuevo le dijeron: "Vete a
Atenas a aprender filosofía". A la puerta de
la ciudad se sentaba un viejo filósofo que
se burlaba de los que entraban en ella.
Injurió también al joven, pero
éste se echó a reír. Entonces
el anciano le dijo: "¿Cómo es esto, que
te insulto y te echas a reír?". El joven le
dice: "¿Cómo quieres que no me
ría, si durante tres años he estado
pagando dinero por padecer injurias, y hoy
tú me las ofreces gratis? Por eso me
río". Y el anciano le rogó: "Sube y
entra en la ciudad"». Después de contar
esta historia, el abad Juan, dijo: «Esta es la
puerta del Señor y nuestros Padres, por
muchas injurias alegrándose en ellas,
entraron por ella».
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Contaba el
abad Juan a propósito del alma que quiere
hacer penitencia: «En una ciudad había
una bellísima meretriz que tenía
muchos amantes. Un varón de alta alcurnia le
dijo: "Prométeme que guardarás
castidad y me caso contigo". Ella se lo
prometió, se casaron y la llevó a su
casa. Los amantes la buscaban y al saber que se
había casado con un hombre de tanta
categoría, dijeron: "Si vamos a la puerta de
la casa de un hombre tan poderoso y llega a saber
lo que pretendemos sin duda nos castigará.
Vayamos pues por la puerta trasera, lancemos el
silbido acostumbrado y ella bajará y no
correremos ningún peligro". Al oír
ella la señal, taponó sus
oídos, entró dentro de su casa y se
cerró por dentro». Así
habló el anciano y añadió que
la meretriz era el alma, los amantes los vicios, el
jefe o príncipe Cristo, su casa la
mansión eterna del cielo y los que silbaban
los perversos demonios. Si el alma es casta y fiel,
siempre acude a Dios.
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Dijo el
abad Pastor: «En el Evangelio está
escrito: "El que no tenga espada que venda su manto
y compre una" (Lc. 22,36). Esto significa: "El que
tenga paz que la deje y se prepare para la
lucha"». Se refería a la lucha contra
el diablo.
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Decía
también: «Un anciano vivía en
Egipto en una celda y le servían un hermano
y una joven. Un día vinieron los dos a ver
al anciano. Se hizo tarde y no podían
regresar a sus casas, y entonces el anciano puso su
estera entre ambos a la hora de descansar. El
hermano no pudo resistir la tentación,
violó a la muchacha y a la mañana
siguiente se marchó. Al saberlo el anciano,
previendo lo que sucedería más tarde,
optó por callar de momento. Siguieron
sirviendo al anciano, que no demostraba estar
atribulado y se preguntaron el uno al otro:
"¿Crees que el anciano se dio cuenta de
nuestro pecado o no?". Movidos a penitencia
acudieron al anciano y le preguntaron: 'Santo
anciano, ¿caíste en la cuenta de
cómo nos sedujo y venció el enemigo o
no?". Y él contestó: "Sí, me
di cuenta, hijos". Y ellos insistieron: "Y,
¿qué pensabas en el momento de nuestra
caída?". Y les respondió el anciano:
"Mi pensamiento en aquel momento estaba puesto en
Cristo crucificado. Estaba en pie llorando por
mí y por vosotros. Y como prometí al
Señor vuestro arrepentimiento y penitencia,
os aconsejo que para vuestra soberbia
insistáis en estos sentimientos de
arrepentimiento y de dolor". Aceptaron la regla de
penitencia que les impuso el anciano, y trabajaron
y lucharon intensamente cada uno de ellos, hasta
que pudieron ser vasos de
elección».
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16 |
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Un
filósofo preguntó a san Antonio:
«¿Cómo puedes vivir contento,
Padre, si prescindes del consuelo que proporciona
la lectura de libros?». El respondió:
«Mi libro, filósofo, es la naturaleza
de las cosas creadas por Dios, y siempre que
quiero, Dios me suministra los libros que deseo
leer».
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17 |
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Uno
llegó a la celda del abad Macario con el
calor del mediodía, devorado por la sed y
pidiendo agua para beber. «Bastante tienes con
esta sombra, le dijo Macario, que muchos caminantes
y navegantes la necesitan ahora mismo y no pueden
disfrutar de ella».
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18 |
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Estando
tratando de la continencia con el citado abad
Macario, éste dijo: «Ten confianza,
hijo, pues yo durante veinte años
consecutivos no me he saciado ni de pan, ni de
agua, ni de sueño. El pan lo tenía
tasado, el agua medida y en cuanto al sueño
me inclinaba furtivamente contra la pared pero en
seguida despertaba.»
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19 |
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Un hermano
preguntó a un anciano si debía comer
con los hermanos a los que acudía a visitar.
Y el anciano le respondió: «No
comerás con mujer».
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20 |
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Un hermano
preguntó al abad Isidoro de Scitia acerca de
los pensamientos impuros. El anciano le
contestó: «El que venga un pensamiento
impuro que nos distrae y conturba, pero que no nos
arrastra a la acción, no ayuda sino que es
obstáculo para la virtud. El varón
vigilante atacado por ellos, al punto acude a la
oración. »
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21 |
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El mismo
anciano acerca de esos mismos pensamientos,
respondió: «Nosotros no tenemos
pensamientos, pues somos semejantes a los animales.
Pero así como el enemigo pide lo que no es
suyo, nosotros debemos cumplir lo que es propio
nuestro. Perseveremos en la oración y el
enemigo huirá. Entrégate a la
contemplación de Dios y vencerás. La
perseverancia en el bien es señal de
victoria. Lucha y serás coronado.
»
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22 |
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Dijo un
anciano: «El hombre que tiene siempre presente
su muerte, a todas horas vence el
desaliento».
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23 |
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Decía
la abadesa Sinclética: «Nuestro enemigo
es vencido más fácilmente por
aquellos que nada poseen. Porque a éstos no
tiene por donde atacarles. Muchos, por el
contrario, fueron vencidos ante la angustia y la
tentación que los apartaba de Dios, al
serles arrebatados el dinero y demás
posesiones».
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24 |
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Dijo
también: «Los que con grandes trabajos
y peligros del mar amasaron grandes riquezas,
cuanto más tienen más desean, y no
estiman en nada lo que ya poseen. Por eso nosotros,
por amor de Dios, renunciamos a tener aun lo
necesario».
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25 |
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Decía
un anciano: «El que admite en su alma deseos
perniciosos, es como el que oculta el fuego entre
las pajas».
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26 |
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Dijo un
anciano: «Si das a alguno un consejo de vida
eterna, dáselo con lágrimas y
compunción. En caso contrario no se lo des,
no sea que resulte inútil
apresurándote a salvar a otros con palabras
ajenas. Pero al impío Dios le dice:
"¿Qué tienes tú que recitar mis
preceptos, y tomar en tu boca mi alianza?" (Sal
50,16). Di pues: "Soy un perro. Aún
más, el perro es mejor que yo, pues ama a su
dueño y no será llevado a
juicio"».
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27 |
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Preguntó
un hermano a un anciano: «¿Por qué
el alma ama la inmundicia?». El anciano le
respondió: «El alma ama muchas pasiones
corporales, pero el espíritu de Dios es
quien la retiene. Por tanto, debemos llorar y
prestar atención a nuestras miserias. Viste
como María se inclinó llorando hacia
el sepulcro y al punto la llamó el
Señor. Así le sucederá a
nuestra alma».
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28 |
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Un hermano
preguntó a un anciano: «¿En
qué consiste el pecado?». Y le
contestó el anciano: «Se da el pecado
cuando el hombre tiene en nada sus delitos e
intenta enseñar a los demás. Por eso
dice el Señor: "Hipócrita, saca
primero la viga de tu ojo, y entonces podrás
ver, para sacar la brizna del ojo de tu
hermano"». (Mt 7,5).
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29 |
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Un hermano
le preguntó a un anciano:
«¿Qué debo hacer pues me desanimo
ante un pequeño esfuerzo?». El anciano
le dijo: «Considera cómo José,
siendo joven en Egipto, tierra donde se daba culto
a los ídolos, sobrellevó varonilmente
las tentaciones y Dios le glorificó hasta el
final. Y mira a Job que no cesó nunca en el
temor de Dios y nadie consiguió apartarle
de su esperanza en El».
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30 |
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Un soldado
preguntó a un anciano si Dios acoge al
penitente. El anciano, después de haberle
instruido con mucha doctrina, le dijo finalmente:
«Dime, querido, ¿si se te rompe la capa,
la tiras?». Y el soldado respondió:
«No, la coso y la sigo usando». Y el
anciano le arguyó: «Si tú tratas
de ese modo a tu propio vestido, ¿Dios no va a
perdonar a su propia imagen?».
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31 |
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Había
un hermano en las Celdas que después de
terminada la misa, cuando el sacerdote
despedía a los asistentes, esperaba a que
salieran todos, para que alguno le invitara a
comer. Un día, al terminar la
reunión, salió el primero de todos y
corrió hacia su celda y al verlo el
sacerdote se admiró mucho. Y cuando a los
siete días volvió a la
celebración eucarística, le
abordó: «Dime, de verdad, hermano,
¿por qué motivo, tú que siempre
te quedas el último, en la reunión de
la semana pasada saliste el primero de
todos?». Y el hermano respondió:
«Porque antes no cocinaba y esperaba a que
alguno me invitara a comer. Pero la semana pasada,
antes de venir a la iglesia, me preparé unas
pocas lentejas, y por eso al terminar la misa
salí antes que los demás». Al
oír esto, el sacerdote dio el siguiente
aviso: «Antes de venir a la iglesia para la
misa, preparaos algo de comer, para que así
con este motivo os deis prisa en volver a vuestras
celdas».
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32 |
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En una
ocasión, vino el juez de cierta
región al territorio del abad Pastor y
acudieron los habitantes del lugar a pedirle que
intercediese ante él. El anciano les dijo:
«Dadme tres días e iré». El
abad hizo oración al Señor diciendo:
«Señor, no me concedas esa gracia. Si
no, no me dejarán en paz y no podré
vivir aquí, en este lugar». El anciano
habló al juez, pero éste le dijo:
«Padre, ¿pides gracia para un
ladrón?». El anciano se alegró
de no haber obtenido ante el juez el favor que
había pedido, y se volvió a su
celda.
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33 |
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Decían
los Padres: « Cuando Moisés entraba en
la nube, hablaba con Dios. Cuando salía de
ella, con el pueblo. Así también,
cuando el monje está en su celda habla con
Dios, cuando sale de ella está con los
demonios».
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34 |
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Vino un
joven a buscar al abad Macario para que le librase
del demonio. Y mientras estaba fuera esperando,
llegó un hermano de otro monasterio y
pecó con aquel joven. Al salir el anciano
vio al hermano abusando de aquel muchacho, pero no
le reprendió, pues pensó: «Si
Dios que los creó, los ve y tiene paciencia
con ellos, cuando si quisiera podría
anonadarlos, ¿quién soy yo para
corregirlos?».
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35 |
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Contaban
que un anciano vivía en el Bajo Egipto y le
servía un seglar fiel. El hijo de
éste cayó enfermo y rogaba
intensamente al anciano para que fuese a orar por
el muchacho. Se levantó el anciano y se fue
con él. El seglar se adelantó y
entró en su casa diciendo: «Venid al
encuentro del ermitaño». El anciano los
vio de lejos que salían con lámparas
encendidas y se dio cuenta de que venían a
su encuentro. Se quitó los vestidos, los
metió en el río y se puso a lavarlos
quedando él desnudo. El seglar que le
servia, se avergonzó al verle desnudo y dijo
a los que le acompañaban: «Volved,
porque este Padre ha perdido la cabeza». Y
acercándose al anciano le dijo:
«¿Por qué has hecho esto? Todos
decían, este anciano lo que tiene es un
demonio». Y el eremita le respondió:
«Eso es lo que yo quería
escuchar».
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36 |
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Unos
ancianos preguntaron al abad Pastor: «¿Si
vemos pecar a un hermano, debemos
corregirle?». Y el abad Pastor les
respondió: «Yo pienso primero si es
necesario pasar por allí, y si veo a alguno
que comete alguna falta, sigo adelante sin decirle
nada, pues está escrito: "Lo que han visto
tus ojos, no te apresures a llevarlo a juicio"
(Prov 25, 78). Por eso os digo que si no lo
tocáis con vuestras manos no
juzguéis. En cierta ocasión un
hermano se precipitó en esto y le
pareció que otro hermano había pecado
con una mujer. Y abrumado por esta idea, pensando
que estaban abrasados, fue y llamó a la
puerta a puntapiés, diciendo: "Ya
está bien". Y se encontró con que
eran haces de trigo. Por eso os he dicho que si no
lo tocáis con vuestras manos, no
juzguéis».
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37 |
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Se contaba
de un hermano que vivía en el desierto y que
hacía muchos años que era
engañado por el demonio, aunque él
creía que era un ángel. De vez en
cuando iba a verle su padre carnal, que un
día llevó consigo un hacha de doble
filo, diciéndose a sí mismo: «Al
volver traeré un poco de leña».
Al saberlo uno de los demonios dijo al hijo:
«Mira, viene el diablo disfrazado como si
fuera tu padre, y trae un hacha de dos filos en su
saco para matarte. Tú, ya prevenido por
mí, quítale el hacha y lucha con
él». Llegó el padre, como de
costumbre, y tomando el hijo el hacha,
golpeó a su padre y lo mató. Y al
punto se echó sobre él el
espíritu maligno, y lo
ahogó.
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