|
San
Benito José Labre
Por
Camilo José Cela

|
Ese hombre
-suele decirse ante el desvalido- va dejado de la
mano de Dios. Se acierta, sí, cuando tal se
dice y cuando, ingenua y reverenciosamente, se toma
la mano de Dios por el próvido cuerno de la
abundancia. Pero sucede que los designios de Dios
-los modos que tiene Dios de dar la mano- son
infinitos como las arenas de la mar,
innúmeros, como no llegan a serlo, siendo
tantas, las mismas arenas de la mar.
Aquel
hombre desvalido, Benito José Labre, no iba
dejado, sino guiado por la mano de Dios, conducido
por su andadura clemente y amorosa, providencial y
tierna.
Benito
José Labre nació en Amèttes el
26 de marzo de 1748. Regía el orbe cristiano
el papa Benedicto XIV, cantado por Voltaire en
verso latino, y reinaba en Francia, «bajo
Voltaire», Luis XV, el firmante del Pacto de
Familia, el galán de la marquesa de
Pompadour y el protector de la porcelana de
Sèvres.
|
|
Si los vagabundos
tuviéramos un santo patrono, Benito José Labre
lo sería. Con alas en los pies, Benito José
Labre devoraba las leguas y los caminos en busca de la
huella de Dios, que en todas partes se presenta.
Nacido para la
miseria del cuerpo, Benito José Labre sintió
la llamada siendo aún niño. A los doce
años dormía con la cabeza reclinada sobre un
madero y a los dieciséis, pareciéndole corto
el sacrificio, descansaba sobre el frío y duro suelo
de ladrillo: el «santo suelo» dícese, con
frecuencia, en español.
Dos curas de pueblo
parecen disputarse, ante la Historia, la siembra de la
semilla cristiana en la huerta feraz del alma de Benito
José: el cura de Conteville, que le inició en
la práctica piadosa, y el cura de Érin, su
padrino, que le abrió las puertas de la
liturgia.
Cuando Benito
José oyó hablar de la Gran Trapa y sus
humildes perfecciones, se estremeció como un
iluminado. Sus padres prefieren que siga estudiando, y
Benito José cae en una honda sima de dudas. De un
lado, su vocación que le fuerza. Del otro, lo que no
acaba de ver claro: la validez, la ley, de su
vocación.
Sobre Érin
pasa, con su mano de luto, la epidemia, y su padrino, el
cura, sucumbe atacado del mal. Benito José se
esfuerza por llevar la caridad a los hogares en los que hizo
su nido el dolor y, cuando el mal pasa y se sabe desvalido y
solo, se vuelve a Amèttes, a la casa paterna. Es el
año 1766, el del motín de Esquilache, y Benito
José es todavía un adolescente.
Sus padres le mandan
a Conteville, a que continúe sus estudios. Al cura
-Santiago José Vincent, que todo se lo da a los
pobres- le llaman el nuevo San Vicente por su inmenso amor
al desvalido. El cura de Conteville, viendo a Benito
José tan dispuesto para la vida monástica,
habla con los padres del mozo y obtiene de ellos el
necesario permiso.
En el mes de abril
de 1767, pintándose la primavera en los campos,
Benito José, con el corazón radiante de gozo,
llama a la puerta de la cartuja de Val Sainte Aldegonde,
tras la que había de esperarle la desilusión.
La cartuja es pobre, demasiado pobre para acoger a un solo
monje más, y Benito José no cabe en
ella.
Sigue su peregrinaje
y en octubre del mismo año consigue entrar en otra
cartuja, la de Notre-Dame de Pres. Pero su temple
había de ponerse una vez más a prueba. Los
cartujos viven en la contemplación y Benito
José siente las tentaciones constantes del diablo.
«No; en la cartuja -piensa Benito José- no
quepo...» Y vuelve a casa de sus padres.
Benito José
tiene ya veinte años y consigue que sus padres le
permitan hacer otra tentativa, ahora en la Trapa. Emprende
el camino y tras sesenta leguas a pie y bajo la lluvia,
llega hasta el viejo portón de la Gran
Trapa.
-¿Cuántos
años tenéis, hermano?
-Veinte,
ya.
-Veinte años
no son bastantes para entrar aquí; os faltan cuatro
todavía.
Y a Benito
José, ante la puerta que se cerró, se le
cayó el alma a los pies. Siguió su camino y
llamó a otra puerta trapense: la de Sept-Fons. Pero
los años que le faltaban para poder profesar eran los
mismos y la puerta tampoco se le abrió.
El obispo de
Boulogne le aconseja que no pruebe en la Trapa y que pruebe
otra vez fortuna en la Cartuja. Benito José obedece
el consejo del obispo e ingresa en la cartuja de
Neuville.
Como en la
Notre-Dame de Pres vuelven a asaltarle las tentaciones y
Benito José Labre, huyendo de ellas, abandona por
segunda vez la cartuja. Fue el prior quien le animó a
que dejase la lucha cortando por lo sano.
Benito escribe a sus
padres para comunicarles su nuevo norte: otra vez la trapa
de Sept-Fons, a cien leguas de andar, durmiendo al raso y
comiendo el parvo y sabroso pan de la limosna.
El día 2 de
noviembre de 1769, sin tener los veinticuatro años
que previene la regla, Benito José fue admitido entre
los trapenses. Su dicha era inmensa y una inefable paz
invadió su alma. Pero los escrúpulos no
tardaron en aparecer, la noche se extendió de nuevo
sobre su atormentado espíritu y la galerna
azotó otra vez las flacas carnes de Benito
José. A los seis meses fue llevado, exánime, a
la enfermería y poco más tarde al hospital de
pobres, fuera de la clausura. El prior le llamó a su
presencia:
-Vuestra alma,
hermano, no está en su lugar. Debéis abandonar
la cogulla y volver al mundo.
Benito José
bajó humildemente la cabeza.
-Hágase la
voluntad de Dios.
Benito José
volvió al campo abierto, a los caminos sin fin, al
cielo por techo y las estrellas, en medio del alto cielo,
como brújula y compañía. Toda su vida
anterior la entiende como el forzoso noviciado de lo que se
propone ser: un monje errante, un vagabundo de Dios, una
pura llama que, olvidada de su cuerpo, vivirá de lo
que a los demás les sobre.
El abad de Sept-Fons
le bendice y Benito José emprende, serena el alma y
el llanto brillándole en los ojos, el largo camino de
Roma.
Desde Chieri, ya en
tierra italiana, Benito José escribe a sus padres su
última carta: una ingenua y patética despedida
entre cuyos trazos se adivina la beatitud.
Benito José
es ya, y para siempre, el mendigo errante que se propuso
ser. Vestido con la túnica y el escapulario de
Sept-Fons, de los que no habría de desprenderse en
vida; con un rosario al cuello, un crucifijo sobre el
corazón y el fardelejo, entre mendrugos de pan, el
Evangelio, la Imitación de Cristo y un breviario,
Benito José era la imagen misma del vagabundo si a
los vagabundos, ¡ay!, nos habitase Dios con la misma
clemencia con que se posó sobre aquel pecho
elegido.
Entra en Roma el 3
de septiembre de 1770 y pasa las tres primeras noches en el
hospicio de Saint Louis-des-Français; después,
pesaroso quizá ante lo que entiende como un
innecesario regalo, dormirá siempre al raso, en el
quicio de una puerta, bajo un puente, al cobijo de una
escalera, donde la noche le alcanza.
A fines del
año siguiente va a Loreto -donde ya se detuvo al
venir a Roma-, a visitar la Santa Casa. Su anual
peregrinación a Loreto sólo fue interrumpida
por la muerte. Benito José reza, en Fabiano, ante el
sepulcro de San Romualdo, fundador de los camaldulenses, y
en Bari, ante la tumba de San Nicolás. También
en Bari Benito José se postra en oración al
pie de los presos de la cárcel, que se ven, a
través de las rejas, desde la calle, y entre quienes
reparte las limosnas que le dan.
Benito José
tiene un pobre, un desdichado aspecto. Vestido de harapos,
daba asco a casi todos y producía, sin embargo, una
honda admiración en los menos. Cierto día,
preguntado sobre la rara sustancia de que estaba hecho su
corazón, respondió:
-De fuego para Dios,
de carne para el prójimo, de bronce para conmigo
mismo.
Su filosofía
era la del pájaro del cielo, la de la poética
avecilla que todo lo confía en Dios.
-Se ofende a Dios
-dijo al cura de Cossignano- porque no se conoce su
bondad.
En Roma se
unía al Vía Crucis de los mendigos y, a
diferencia de los mendigos, llegaba a rechazar lo que le
daban. Nada quería porque nada, tampoco, le era
menester. En la plaza Monte Cavallo, mientras dormía,
tan breve y miserable era su carne mortal que con frecuencia
era confundido con un perro. Por las noches rezaba ante las
puertas de las ermitas y más de una vez fue apaleado
por los anónimos golfos de la oscuridad. Benito
José, bajo la lluvia de palos, sonreía y
adoraba a Dios.
En Loreto, un
clérigo, al verle sobre el duro suelo de la iglesia,
le preguntó:
-¿No sabe,
hermano, que el frío de la piedra y el aire colado
del campanario pueden matarle?
Y Benito
José, con la sonrisa de la bienaventuranza
pintándosele en el semblante, le habló con su
más humilde voz:
-Dios lo quiere
así. Los pobres dormimos en el lugar donde nos llega
la noche... Los pobres no necesitamos buscar una cama
demasiado cómoda... Además, padre, me gusta
estar solo con Dios...
El padre Temple,
penitenciario de Loreto, dejó constancia escrita de
los hechos de Benito José, que tanto le admiraran
después de que tanto y tanto le hicieran
dudar.
Un viejo noble
persa, Jorge Zitli, antiguo gobernador de Teherán,
que, convertido a la fe cristiana, tuvo que huir de su
tierra, se encontró a Benito José medio muerto
de hambre y le dio de comer. El día antes Jorge Zitli
había sabido de la milagrosa curación de un
niño por aquel vagabundo de tan ruin aspecto. En una
casa del camino en cuyo establo Benito José se
había guarecido, una mujer rompió a gritar
desesperadamente porque su único hijo, entre
horribles dolores, se moría. Benito José
salió de la cuadra, tocó la cabeza del
niño y habló a la madre.
-Cálmese,
madre; vuestro hijo ya no llorará
más.
El niño se
quedó dormido y al cabo de varias horas se
despertó, sano como una manzana. El milagro se
había producido.
Benito José,
andarín infatigable, recorrió durante ocho
años los más renombrados santuarios de Europa.
En España visitó Montserrat y
Compostela.
En 1777, antes de
llegar a los treinta años de aquel cuerpo que se
quemó en el sacrificio, Benito José abandona
la vida del vagabundo para quedarse en Roma, dedicado a la
oración. De sus largas jornadas de caminante
sólo le queda el rumbo de Loreto, adonde nunca
faltó.
En 1780 -y en
Loreto- conoció a Gaudencio Sori, el santero, y a
Barba, su mujer, que le socorrían esforzándose
en que Benito José no lo notase. El padre Almerici,
que le confesaba a menudo, le preguntó dos
años más tarde:
-¿Volverá
el año que viene, hermano?
-No,
padre.
-¿Por
qué?
-Porque debo ir a mi
patria -respondió, con diáfana clave, Benito
José.
En 1783 el padre
Daffini, familiar del cardenal Achinto, vio a Benito
José, en la iglesia de los Santos Apóstoles,
circundado por un nimbo de luz. María Poeti, una
piadosa mujer que solía rezar en la iglesia de
Nuestra Señora de los Montes, vio resplandecer, en
medio de la penumbra, la faz de Benito José, cuyo
cuerpo se elevaba por encima del peldaño en que
estaba arrodillado. El abate Luigi Pompei, en Santa
María la Mayor, vio arder en llamas la cara de Benito
José.
Nuestro vagabundo,
ardiendo en su propia santa sustancia, se consumía a
la vista de todos sus admiradores y atónitos amigos.
El Miércoles Santo, después de asistir a los
oficios, Benito José rodó las escaleras del
templo. Todos le socorrieron y el carnicero Zaccarelli le
llevó a su casa. Recibió la
extremaunción y a la una de la mañana,
mientras las campanas de Roma repicaban el anuncio de la
Salve, Benito José Labre, claro espejo de vagabundos,
cerró los ojos para siempre. Su alma, también
para siempre, voló, escoltada por el sonar de los
clarines del gozo, hasta el alto cielo de los
elegidos.
Camilo
José Cela, San Benito José Labre, en
Año Cristiano, Tomo II, Madrid, Ed. Católica
(BAC 184), 1959, pp. 110-116.
|