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Herbert
Alphonso, S.J. -
La Vocaci�n personal
(�ndice)
II
La "Vocación
Personal"
Un tema fundamental que atraviesa de parte a parte la
Biblia es el ser "llamado por su nombre". No es éste
el lugar de acumular los numerosos textos bíblicos,
pletóricos de significado. que tratan de este tema.
Se trata de lo siguiente: para Dios, yo no soy uno de
tantos, no un número de serie ni una tarjeta
catalogada; soy irrepetiblemente único, porque Dios
"me llama por mi nombre". Puedo ciertamente definir esta
realidad como "identidad personal", "orientación
personal en la vida", o mi "yo" más íntimo y
verdadero. Yo prefiero usar la terminología
bíblica y llamarla "vocación personal". Hartas
veces hemos restringido la palabra "vocación" a las
vocaciones sacerdotales y religiosas; quizá a
regañadientes empezamos ya a hablar cada vez
más de la vocación matrimonial y laica. La
Biblia llama "vocación" a toda llamada de Dios a
cualquier orientación o misión
específica en la vida.
Como mejor puedo ilustrar el significado de
"Vocación Personal" es seguramente contando uno de
los muchos incidentes que me han ocurrido.
Hace años vino a yerme un jesuita de edad mediana,
ya fallecido. Era un amigo mío. así que
empezó a hablarme de su vida personal con toda
espontaneidad. Me dijo que hacía anos que no
hacía oración, y que las raras veces que se
ponía a hacerla, en realidad no oraba. Estaba
presente física y materialmente, pero nada
más. Según me hablaba, tuve la
impresión de que estaba como obsesionado por esta
supuesta negligencia suya en la oración. Y
pensé que. si tenía que ayudarle, primero
tenía que distanciarlo de su "negligencia en la
oración" para darle perspectiva. Le dije como quien
no da importancia a la cosa: "Dices que llevas mucho tiempo
sin hacer oración. Pero dime: ¿no te has sentido
alguna vez espontáneamente cerca de Dios, no
porque realizases un esfuerzo mental, sino
espontáneamente; no has sentido alguna vez el
corazón levantado y tú mismo en contacto con
Dios, en unión con Él?" Apenas había
formulado mi pregunta cuando exclamó: "Claro que
sí, siempre que echo una mirada a mi vida pasada y
veo lo bueno que Dios ha sido para conmigo, me siento
inmediatamente cerca de Dios, en contacto con Él,
unido con Él". Viendo que se había animado y
que me hablaba con el corazón en la mano, le
interrumpí: "Tal y como hablas, sientes mucho la
bondad de Dios. ¿No se te ha ocurrido orar sobre la
bondad de Dios?". "Nunca", contestó, y sorprendido
por mi pregunta. se puso a la defensiva y me espetó
agresivamente: "Además, ¿cuánto tiempo
piensas que podría orar sobre la bondad de Dios?",
como dándome a entender que pronto se cansaría
de hacerlo. Yo le había escuchado con todo cuidado y
le dije suavemente: "Acabas de decirme que nunca lo
habías probado; ¿qué tal si haces una
prueba antes de pronunciar sentencia?" "Muy bien", dijo, y
se fue.
Unas tres semanas más tarde irrumpió en mi
cuarto y se puso a desembuchar sobre su gran descubrimiento:
"Sabes, Herbie, ya puedo orar sobre la bondad de Dios, puedo
orar siempre sobre la bondad de Dios". Debo hacer una
confesión: supongo que yo había quedado un
poco picado por su actitud agresiva hacía tres
semanas y le dije con no poco cinismo: "Bueno, no han pasado
más que tres semanas; si continuas un poco
más, a lo mejor te cansas". Entonces, aquel jesuita
que se había expresado con tanto entusiasmo sobre su
gran descubrimiento de que podía orar siempre sobre
la bondad de Dios, se desinfló a ojos vistas y se
escabulló de mi cuarto. Comprendí al momento
lo que había ocurrido y me dije: "Oh Dios, le he
perdido por echármelas de listo con mi cinismo". Pero
si yo no había sido bueno aquel día, Dios lo
es siempre.
Contra todas mis expectativas, aquel jesuita de edad
mediana volvió a verme, no después de tres
semanas sino de cuatro meses y medio largos. Esta vez no
"irrumpió" en mi habitación; entró casi
de puntillas y me aseguró hablando muy bajito: "De
veras, Herbie, puedo orar siempre sobre la bondad dc Dios".
Para ahora debí de aprender la lección; le
invité a sentarse. El comenzó a
confiárseme con una sinceridad conmovedora sobre todo
lo que la bondad de Dios había llegado a suponer para
él: no ya el secreto de su oración, sino
también el secreto de su apostolado, de sus
relaciones dentro y fuera de su comunidad jesuita, incluso
de su descanso y su recreo. Cuando terminó, yo estaba
tan conmovido que le dije con toda espontaneidad: "Mi
querido amigo, has encontrado tu Vocación Personal;
la bondad de Dios".
Este incidente me va a permitir ahora desarrollar a
distintos niveles lo que es la "Vocación Personal",
una realidad tan rica y fecunda que no es posible abarcarla
toda entera de una mirada. Tenemos que abordarla desde
distintos ángulos y a diferentes niveles.
1.- El secreto de
unidad e integración en medio de la
vida
Todos deseamos unidad e integración. pero
especialmente los que nos dedicamos al apostolado activo. La
aspiración más profunda que me llega dc los
apóstoles activos en mi labor como director
espiritual es a la unidad y la integración: "Tengo
tantas cosas que hacer a lo largo del día, esto,
aquello y lo de más allá, que acabo la jornada
deshecho, desparramado, disperso. Ojalá pudiera hacer
una sola cosa en profundidad". ¿No es verdad que
cuanto más avanzamos en perfección y madurez,
tanto más sencillos nos hacemos, pero no con una
sencillez de empobrecimiento, sino de plenitud?.
De hecho, podríamos hacer una sola cosa,
como el jesuita de mi historia. El secreto de su
oración era "la bondad de Dios", porque la
oración no es algo que nosotros damos a Dios (no hay
nada que podamos darle): es más bien un abrirle el
corazón para que Él se nos pueda dar. ¿Y
dónde se abre más nuestro corazón sino
en las profundidades de nuestro más íntimo ser
donde nos sentimos más hondamente tocados,
allí donde verdaderamente somos nosotros mismos, en
ese último rincón donde cada uno es
único? El secreto del apostolado de aquel
jesuita, de sus relaciones, de su descanso y su recreo era
también "la bondad de Dios", porque en todo esto,
como decía él, no tenía que hacer
más que ser "el Dios bueno" para los demás. La
"bondad dc Dios" había llenado de tal forma su
corazón y su ser que se sentía obligado a
convertirse en el canal dc la bondad de Dios para con los
demás, tanto en su apostolado como en todo lo
demás. Su "vocación personal", la bondad de
Dios, había llegado a ser el secreto de unidad e
integración dentro de su vida.
Alguno podría preguntar cómo "la bondad de
Dios", siendo una cosa tan general, puede ser algo
irrepetiblemente único. Abrid la Biblia y
encontraréis "la bondad de Dios" cada dos
páginas. Pero permítaseme apurar la imagen: si
yo abro la Biblia y leo las palabras "bondad de Dios",
veré dos palabras importantes, pero dos palabras
importantes entre otras muchas palabras igual de
importantes. En cambio, cuando nuestro jesuita, al abrir la
Biblia, leía la frase "bondad de Dios", no
veía en ellas dos palabras de igual importancia que
las otras; esas dos palabras destacaban sobre las otras como
llamaradas, palabras escritas con fuego: para él eran
"espíritu y vida" (cf. Jn 6, 63).
Hay además una profunda razón
psicológica que nos ayuda a captar cómo una
frase como "la bondad de Dios" puede hacerse
irrepetiblemente única. Si alguna vez hemos intentado
compartir una profunda experiencia personal con un
íntimo amigo, sabemos por experiencia que llega un
momento en que desistimos y decimos impotentes: "Lo siento,
pero no puedo expresarte lo que realmente
experimenté: si no me preguntas, lo sé; si me
preguntas, no lo sé". "Persona est ineffabilis,
persona est incommunicabilis": lo que es más personal
es inefable, incomunicable. El conocimiento personal, lo que
San Ignacio llama tan admirable y repetidamente
"conocimiento interno", no es un conocimiento conceptual; es
un conocimiento del corazón. Sólo podemos
reducir a palabras lo que podemos reducir a conceptos. Esta
es la razón por que, al compartir una profunda
experiencia personal, nos quedamos cortos y no podemos
expresarla adecuadamente. ¿Sorprenderá ahora que
cuando tratamos de formular lo que descubrimos como la
singularidad que Dios nos ha conferido, a saber, nuestra
experiencia personal más íntima, la formulemos
con palabras inadecuadas, que suenan a generalidades, pero
que a nosotros nos hablan, desde lo íntimo de nuestro
ser, de nuestro "yo" más recóndito y
verdadero, nuestra irrepetible singularidad?
Mi propia experiencia al ayudar a otros a discernir y
vivir su "vocación personal", como también mi
propio caso, lo prueban abundantemente. He aquí
algunas "vocaciones personales" concretas de personas reales
que muy amablemente me han autorizado a hacer uso de este
conocimiento, siempre que lo crea oportuno: "Estoy contigo",
"amor paciente", "amor que perdona", "aceptación
incondicional", "permaneced en mi amor", "simplemente
regalo", "solo Él puede siempre allí" (donde
la palabra clave es "allí", terriblemente personal
para el interesado). Y tengo para mí que la
vocación personal del Dios-Hombree, Jesús,
estaba cifrada en esta sola palabra, "Abba", que
resumía toda su vida y misión: me lo
está gritando en los evangelios, por ejemplo, Jn.
5-10 para recoger el único argumento que tiene
Jesús en su controversia con los escribas y fariseos;
Lc. 10, 21 para ver su reacción en una experiencia de
consolación desbordante; Lc. 22, 39 y ss. Para su
reacción en el abismo de la desolación,
siempre es "Abba". Todas las vocaciones personales citadas
nos suenan a generalidades, incluso el "Abba" de
Jesús. También nosotros decimos "Abba". porque
Jesús ha compartido su "Abba" con nosotros. Pero para
Jesús "Abba" significaba algo sumamente personal y
único, muy diferente de lo que significa para
nosotros; algo podemos barruntar en los evangelios de su
irrepetible singularidad. Quiero decir que la
formulación verbal de la "vocación personal"
suena a generalidad a los que la leen u oyen,. Pero lo que
dice a la persona cuya vocación expresa es algo
irrepetiblemente único.
Por lo mismo, no sería nada sorprendente que
varias personas expresen su "vocación personal"
-siempre inadecuadamente- con una misma fórmula, por
ejemplo "Yo estoy contigo" . Pero lo que estas palabras
quieren decir para cada una de estas personas es algo
irrepetiblemente único. Es lo que mi experiencia de
dirección espiritual me ha enseñado: puedo
palpar esa singularidad en la reacción total que
produce en el interesado para su comportamiento en la
vida.
2.- Significado
único dado por Dios
Como año y medio después que recibí
la gracia de discernir mi propia "vocación personal",
leí por primera vez la obra "Man's Search for
Meaning" de Victor Frankl. Conforme avanzaba en su lectura,
los ojos se me iban abriendo más y más: todo
lo que decía el autor encontraba una profunda
resonancia dentro de mí, y yo me decía
entusiasmada y repetidamente: "Creo que sé lo que
dice este señor". En su libro, Frankl cuenta
cómo llegó a descubrir su nueva escuela de
psicoterapia -"Logoterapia"- cuando estuvo internado en el
campo de concentración nazi de Auschwitz. Cuenta
cómo, con su adiestrado ojo clínico,
empezó a advertir que sus compañeros de
prisión se estaban consumiendo y muriendo
físicamente más que nada porque se
consumían y morían psicológicamente: no
encontraban sentido a la vida y se daban por vencidos. Como
quien no quiere la cosa, hablando casualmente con ellos,
Frankl empezó a recoger "significados" en las vidas
de sus compañeros de prisión. Luego, con mucha
naturalidad y sin que ellos cayeran en la cuenta,
empezó a reinsertar estos mismos "significados" en la
vida de los respectivos compañeros de prisión.
Lo que siguió le llenó de asombro. Aquellos
compañeros suyos -y el libro cita ejemplos concretos-
hombres derrumbados que se habían rendido a su sino.
revivieron de pronto y pudieron aguantar cualquier tortura,
cualquier prueba, cualquier dificultad de la vida del campo.
gracias al "significado" o "significados" reintroducidos en
su vida y que ellos habían hecho suyos. Así es
como Frankl descubrió su "Logoterapia", es decir, la
curación ("terapia") por medio del significado
("logos"). La acepción primaria de la palabra "logos"
es "significado"; la segunda, "palabra".
Leyendo y releyendo el libro de Frankl, caí en la
cuenta de que el autor hablaba de uno de tantos
"significados" posibles en la vida de una persona y que se
movía a nivel psicológico, mientras que yo me
movía a nivel espiritual y hablaba, no de uno de
tantos significados posibles dados por el hombre, sino del
único significado conferido por Dios que tiene
toda persona humana. Como estudiante de psicología y
de espiritualidad, he mantenido siempre y crecido en la
convicción de que no debe existir divorcio entre
estas dos disciplinas, o mejor, estos dos mundos: ambos
están íntima y orgánicamente
relacionados, como lo están la naturaleza y la
gracia. Yo lo expreso diciendo que la espiritualidad es el
más alto o el más profundo nivel de la
psicología, según se mire.
Pero además existe una relación muy
íntima entre los dos aspectos de la "vocación
personal" que he venido ilustrando. La "vocación
personal" es el secreto de unidad e integración de
nuestra vida precisamente porque es el significado
único dado por Dios. Nada unifica e integra la vida
en profundidad como el "significado"; instintivamente
dejamos a un lado lo que no lo tiene para retener,
interiorizar y asimilar lo que lo tiene.
un ejemplo familiar lo aclarar�. Cuando no sab�amos
psicolog�a, sol�amos hablar de "resolver" los problemas de la gente.
Si se me permite recurrir a una imagen. dir�a que ech�bamos mano de
un par de tijeras, "recort�bamos" el problema y lo tir�bamos. Ya no
hablamos as�. S� que no puedo desentenderme de mi historia real con
solo desearlo; lo que ha sido un "problema" en mi vida seguir�
siendo parte de m� mismo. Si deja de ser "problem�tico", no es
porque haya dejado de ser parte de mi vida. Deja de ser
problem�tico, decimos y fijémonos de paso en el lenguaje que
usamos- porque ha "encontrado su puesto", "tiene sentido",
"se ha integrado". Era problemático cuando
salía fuera como una arista: ahora está
"pulido", "integrado" en mi vida.
3.- Perspectivas
cristológicas
Objetivamente hablando, ninguna llamada viene de Dios a
persona alguna si no es en la persona de Cristo
Jesús; y nadie responde a una llamada de Dios si no
es en la persona de Cristo Jesús. Esta no es
más que una manera de expresar la verdad fundamental
bíblica de la única mediación de
Cristo: "Sólo hay un Dios y un mediador entre Dios y
los hombres. el hombre Cristo Jesús" (1 Tim 2,
5).
Por lo tanto, toda vocación está contenida
en Cristo Jesús: la personalidad de Cristo
Jesús es tan infinitamente rica que abraza todas las
llamadas y todas las vocaciones. Si cada uno de nosotros
tiene su "vocación personal", ésta debe estar
contenida en Cristo Jesús. Esto quiere decir que la
personalidad de Cristo tiene una faceta, un "rostro", que es
propio de cada uno de nosotros, de forma que cada uno puede
con toda verdad hablar de "mi Jesús", y no
sólo "piadosamente" sino con un profundo sentido
teológico y doctrinal.
Esto es lo que la teología del bautismo cristiano
señala muy significativamente. La frase
neotestamentaria "ser bautizado en Cristo Jesús"
(= baptiszein eis Christon Iesoun, e.gr. Rom 6:3)
sugiere que cada uno de nosotros ha sido "sumergido en"
(=baptizein) Cristo Jesús - sacramentalmente,
desde luego. Inicialmente "se viste de" o "es vestido en"
Cristo Jesús de una manera personal que es
única. El Padre, que sólo tiene sus
complacencias en Cristo, discierne el "rostro" de
Jesús en cada uno de nosotros y dice: "Tú eres
mi hijo amado; en ti me complazco" (cf. Mc 1:11). El resto
de nuestra vida cristiana -la tarea cristiana, por decirlo
así- tiene por objeto ir poniendo este
personalísimo Jesús a la medida de la madurez,
porque el plan de Dios para cada uno de nosotros es que "nos
conformemos a la imagen de su Hijo" (Rom 3, 29). que
"lleguemos... al estado de hombre perfecto, a la madurez de
la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13), no ya de forma
genérica sino de una manera enteramente personal,
única, peculiar.
Entonces, la vocación personal, y es importante
subrayarlo, no es un ideal personal abstracto; es una
persona, la persona de Cristo Jesús, y ello de
una forma profundamente única. Por tanto, puedo con
toda verdad hablar de "mi Jesús" transformando
así toda mi vida cristiana en lo que siempre se me
enseñó que consistía, pero sin decirme
cómo: una relación de amor entre Cristo
Jesús y yo, siempre creciente y profundamente
interpersonal, pero que no deja de abrirse a mis
responsabilidades sociales y compromisos de testimonio y
misión cristianos.
Volviendo a mi relato del jesuita de mediana edad que vio
que su vocación personal era "la bondad de Dios":
¿quién era su Cristo Jesús? Pues el
Buen Jesús de la parábola del Buen
Samaritano, o el de la parábola del Buen
Pastor, o el Jesús del que dice Hechos 10, 38,
resumiendo toda su .vida y misión, "pasó
haciendo bien".
Ahora podemos comenzar a comprender por qué la
vocación personal es el significado
singularísimo dado por Dios a una persona. Para Dios
no hay "significado" fuera de Cristo Jesús: Cristo
Jesús es el "logos" del Padre, y la acepción
primaria de "logos", como ya hemos dicho, es "significado".
En un himno maravilloso de amplias perspectivas
cósmicas, San Pablo proclama que todo ha sido creado
en, por medio de y para Cristo Jesús; que todo ha
sido recreado, renovado y reconciliado en, por medio de y
para Cristo Jesús (Col 1:12-20). Cristo Jesús
es el Alfa y Omega de toda la creación y de toda
recreación; es el único "significado" que
existe para el Padre.
Y así, los tres enfoques que he empleado para
entender la belleza y profundidad de la "vocación
personal" están íntimamente relacionados y
enlazados. Hemos visto que la "vocación personal" es
el más profundo secreto de unidad e
integración en nuestra vida precisamente porque es el
único significado que Dios le ha dado; y es el
único significado que Dios le ha dado precisamente
porque es para cada uno de nosotros su Jesús
personal. Para el Padre no existe significado fuera de
Cristo Jesús.
4.- Consecuencias para
entender la Vocación Personal
Por lo que llevo dicho resulta evidente que la
"vocación personal" no está al mismo
nivel que otras vocaciones jerárquicamente
estructuradas. Sí tornamos como ejemplo un grupo de
diez sacerdotes jesuitas, cada uno tendrá los
siguientes cuatro niveles de vocación
jerárquicamente estructurada: la vocación
cristiana, la sacerdotal, la religiosa y la jesuita. La
"vocación personal" de cada uno de ellos no
sería un quinto nivel añadido a los otros
cuatro, sino el espíritu que anima cada uno de
los cuatro niveles de vocación jerárquicamente
estructurada. En otras palabras, cada uno de estos diez
sacerdotes jesuitas tiene su propia manera personal y
única de ser cristiano, sacerdote, religioso y
jesuita. Y si nos hacemos cargo de lo que tan consistente y
vigorosamente enseña el Nuevo Testamento sobre la
nota y carácter distintivos del "cristiano", a saber,
el criterio típicamente "cristiano" de
discernimiento, que es la donación y entrega de
sí, o sea, la "cruz" en su sentido teológico y
espiritual, entonces, cada uno de nosotros, sin
excepción tiene su propia manera
característica y única de darse y entregarse
en toda experiencia humana. A ninguno de nosotros se le
escaparán las consecuencias que esto tiene para una
profunda transformación personal en la vida real.
Volveré sobre ellas en el último
capítulo de este librito.
Tiene que quedar claro que la "vocación personal"
no se mueve a nivel de hacer o de función, sino a
nivel de ser. Es un trágico error que muchas
personas interpreten la "vocación" en términos
de mera función o mero hacer. El nivel de
función o de hacer está condenado a entrar en
crisis tarde o temprano, es propio de su misma naturaleza.
Si cuando viene la crisis, no me quedan recursos a nivel
de ser en que apoyarme, porque mi idea de
"vocación" está toda ella resuelta en
términos de mera función o mero hacer, mi
crisis será total. Esta es frecuentemente la
trágica historia de no pocas personas. Pero si al
sobrevenir la crisis, puedo apoyarme en mis recursos a nivel
de "ser" -posesión mía personalísima
por mi "vocación personal"- no tengo por qué
temer; puedo capear el temporal y sortear la crisis,
más aún, "integrarla" gracias al "significado"
personalísimo que puedo encontrar en medio de la
crisis a nivel de "ser" Todo hacer fluye del ser,
No estará fuera de lugar indicar aquí las
consecuencias, de largo alcance para la espiritualidad
apostólica, que se siguen de lo que acabo de exponer.
No es ningún secreto que la "disponibilidad para la
misión" es una de las notas distintivas de una
auténtica espiritualidad apostólica. Si el
"significado" de mi vida descansa en el nivel de "ser", que
es mucho más pro fundo y radical que el del "hacer"
en que funciono, entonces puedo encontrar un profundo
"significado" en cualquier "misión" que reciba. Esto
no excluye el diálogo con la autoridad competente
sobre mis dotes, mi capacidad, mi experiencia, incluso de
mis problemas de carácter y temperamento; en
último término, después de un
diálogo sincero estaré verdaderamente
"disponible para la misión" según sean las
necesidades de las situaciones y del mayor servicio
apostólico.
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