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Herbert
Alphonso, S.J. -
La Vocaci�n personal
(�ndice)
Apéndice
I
EL EXAMEN DE
CONCIENCIA
Llevo ya años oyendo a sacerdotes, religiosos y
seglares comprometidos, durante los ejercicios y fuera de
ellos, que han abandonado hace mucho la práctica del
"Examen de Conciencia". Se les ha convertido en pura rutina
sin sentido. ¿Qué sentido tiene, preguntan,
recorrer un día tras otro, cuando no dos veces al
día, los puntos de lo que se les enseñó
que era el "Examen de Conciencia": primero, dar gracias a
Dios por los beneficios de creación,
redención, santificación, vocación,
dones personales, etc.; seguidamente pedir luz para ver sus
faltas y pecados; luego examinarse para encontrar algunos
pecados, etc. (con frecuencia no pueden encontrar ninguno,
dicen, pero seguramente que tienen alguno...); y por fin
hacer un acto de contrición y propósito de la
enmienda, sin saber exactamente lo que se proponen enmendar,
hacer o dejar de hacer...?.
Tanto me ha impresionado esta historia tan repetida que
me he preguntado seriamente cual podría ser la
razón por la que esta práctica tradicional,
pero profunda y espiritual, se ha convertido en "rutinaria"
para tantos cristianos comprometidos y consagrados. Creo que
he averiguado la razón: el "examen de conciencia" lo
hemos convertido en un ejercicio de pura moralidad,
cuando de hecho es el ejercicio diario de
discernimiento.
La moralidad como tal pertenece al Antiguo Testamento; lo
típico del Nuevo no es la pura moralidad sino el
discernimiento. Como cristianos, discípulos de
Jesús, nuestro criterio de conducta y acción
no es puramente lo justo en cuanto se opone a lo injusto, lo
bueno en cuanto se opone a lo malo. La ley del Nuevo
Testamento es la ley del amor, escrita no en placas de
piedra fuera de nosotros mismos, sino en nuestro interior,
en nuestros corazones. El cristiano, persona del Nuevo
Testamento, pregunta dónde está el "mayor
amor": no es moralmente libre para escoger una de dos
alternativas cuando las dos son buenas. Por medio del
discernimiento, trata de encontrar dónde le llama el
"mayor amor", y según eso decide. En este sentido,
como ejercicio de discernimiento, el "Examen de Conciencia"
es el ejercicio típico del Nuevo
Testamento.
Lo característico del discernimiento cristiano es
que está basado en la experiencia: el
discernimiento de espíritus es un cerner las
experiencias internas para rastrear su orientación, y
así determinar su origen, si son de Dios, para
abrazarlas y hacerlas propias; si del mal espíritu,
para rechazarlas. Segundo, para ocuparnos de nuestras
experiencias tenemos que empezar por hacernos conscientes de
ellas, por eso, precisamente, porque se trata de un
ejercicio de discernimiento, el "Examen de Conciencia" es un
examen de consciencia, consciencia de nuestra
experiencia real y concreta, cualquiera que sea.
Llama la atención que, tanto en latín como
en las lenguas derivadas del latín, una misma palabra
significa la conciencia moral y la psicológica:
castellano, francés, italiano. Ignacio
popularizó el examen de conciencia, que es en
realidad el "examen de consciencia", como un ejercicio de
discernimiento.
¿Cómo lo hemos de hacer?. ¿Cuáles
son los pasos concretos?
1.- Acción de
gracias
Porque se trata de un ejercicio típicamente
cristiano, comenzamos dando gracias. La imagen de la vida
espiritual cristiana no es la de una persona que lucha por
llegar hasta Dios. Según la revelación
bíblica, la primacía o iniciativa la tiene
Dios: Él es el que está siempre viniendo a
nuestras vidas con sus dones, su gracia, su amor y su poder;
nuestro papel es el de recibirle activamente a
Él y a su acción salvadora.
Por eso, para situar nuestro "examen de conciencia" en su
contexto apropiado como ejercicio típicamente
cristiano, comenzamos por reconocer la venida de Dios a
nuestras vidas, sus dones, su gracia, su acción
dentro de nosotros: le damos gracias.
2.-
Experiencia
Dentro de ese contexto típicamente cristiano
empezarnos nuestro ejercicio de discernimiento. Lo cual
quiere decir que primero nos fijamos en la experiencia
real del día, sea positiva o negativa. Si hemos
de afrontarla, tenemos que hacernos conscientes de
ella, y luego aceptarla como es.
a) Conciencia o caer en la cuenta de la
experiencia como ha tenido lugar en realidad.
b) Aceptación de la misma.
Tenemos que detenernos en esta fase de la
aceptación porque con harta frecuencia se da por
hecha. Deberíamos distinguir claramente entre
"aprobar" y "aceptar": "aprobar" o "desaprobar" implica un
juicio, mientras que "aceptar" o "no aceptar" es
una actitud. Hay muchas cosas que Dios no puede
"aprobar" en lo que digo o hago, y no obstante me "acepta"
incondicionalmente en esas mismas cosas. Estoy
certísimo de ello. Esta actitud de Dios para conmigo
la debo tener también yo. La experiencia me ha
enseñado que o confundimos "aprobación" y
"aceptación", "desaprobación" y "no
aceptación". o damos por descontado que la
"conciencia" o "caer en la cuenta" de una experiencia supone
ipso facto su "aceptación". Lo que pasa de hecho es
que tenemos una especie de dinámica interna
espontánea de "no aceptación" que funciona en
cada uno de nosotros. Y uno de los grandes frutos de mi
experiencia de dirección espirituales es haber visto
que la "no aceptación" de la experiencia humana real
es un obstáculo fundamental que en tanta gente de
buena voluntad bloquea el crecimiento efectivo humano y
espiritual.
Valdría la pena explorar lo espontáneamente
que esta dinámica interna nuestra de "no
aceptación" nos domina en la práctica. O
huimos de la experiencia que hemos tenido, o le cobramos
miedo, o nos sentimos culpables, la reprimimos o suprimirnos
-todas formas de "no aceptación"-. ¿Cómo
vamos a tratar una experiencia si comenzamos por hacer
tabula rasa de ella?
Pongamos por ejemplo mi consciencia de haber sido
impaciente, de haberme enfadado y perdido los estribos. Sin
caer en la cuenta, adopto en mi interior, pero sin
formularla en palabras (ahí está la insidia,
porque si la formulara muchas veces la reconocería),
una de estas dos posturas: o comienzo a lamentarme, en
términos que implícitamente quieren decir: "En
el fondo soy un buen chico, lo que pasa es que no me
entienden, desgraciado de mí"; o me atrinchero
justificándome, como si dijera: "Es que me han
provocado y se han llevado lo que se merecían". No es
difícil descubrir que la queja del uno y la
autojustificación del otro son,
psicológicamente una forma de "no
aceptación".
Ahora bien, para demostrar que en mi "Examen de
Conciencia" tengo que tratar no solamente los casos de
experiencia "negativa" sino también "positiva",
tomemos este ejemplo: veo que he sido verdaderamente
servicial. También aquí puedo tomar una de dos
posturas extremas: o comienzo a "sentirme incómodo
por sentirme complacido" en el sentido que no me atrevo a
reconocer que he obrado bien (se me ha acostumbrado a no
reconocer lo bueno que hago por temor de enorgullecerme); o
hasta tal punto exagero mi experiencia que me considero como
un modelo de virtud por haber sido tan amable (me encuentro
dispuesto a que se proponga como modelo), que no son sino
otras tantas formas sutiles de "no aceptación".
Esto demuestra la absoluta necesidad de emplear tiempo y
energía para aceptar realmente nuestra
experiencia: no podemos dar esta "aceptación" por
descontada.
3.- "Libertad" por
medio del discernimiento
Sólo cuando hayamos aceptado
conscientemente nuestra experiencia real y concreta,
cualquiera que sea, podemos ser cristianos auténticos
en y por medio de esa misma experiencia. Lo
característicamente cristiano, hemos visto, es
darse y entregarse al Señor, es decir, hacerse
"libre" para el Señor, abrírsele, y a los
demás en Él en la experiencia humana concreta
y real.
Pero cada uno de nosotros tiene, en su "vocación
personal", su manera profundamente personal y
única de ser "cristiano", es decir, de darse, o
hacerse "libre", en toda experiencia humana. Dicho con
otras palabras, cada uno de nosotros tiene un criterio de
discernimiento único y secreto en medio de toda
nuestra experiencia humana.
La fase específicamente "cristiana" del "Examen de
Conciencia" es, por tanto, que al llegar aquí nos
pongamos en la actitud de nuestra "vocación
personal", la cual nos "liberará" de nosotros mismos
para llegar hasta el Señor en y por medio de nuestra
experiencia real y concreta. Y ello tanto en las
experiencias llamadas "negativas" como en las
"positivas.
Poniendo juntos todos estos pasos, puedo ahora ofrecer
esta definición o descripción del "Examen de
Conciencia": es, en la oración, una
reorientación del corazón que comienza
por la acción de gracias, y pasa seguidamente a
centrarse en el Señor por medio de la propia
experiencia real y conscientemente aceptada.
El sacramento de la reconciliación
está íntimamente ligado con el "Examen de
Conciencia" tal como lo hemos definido. Para la
mayoría de los católicos, que tienen la idea
cristiana justa de la economía sacramental, la
práctica de la "confesión" obligatoria en el
caso de pecados graves no presenta dificultad. Lo que muchos
de ellos no parecen entender ni estimar es el sentido que
pueda tener la "confesión de devoción".
Si el "Examen de Conciencia" significa, como he dicho, mi
esfuerzo diario para entregarme a mí mismo en el
crisol de mi experiencia real y concreta que es mi esfuerzo
diario por ser auténticamente "cristiano", entonces
la "confesión de devoción" significará
llevar ese esfuerzo, de vez en cuando o a intervalos
periódicos (quincenales, mensuales
) al culmen
de la expresión sacramental.
La mejor manera es concentrarse en una o dos zonas que la
práctica fiel del examen de conciencia nos revele
como particularmente necesitadas. El arrepentimiento se
concentra así en una zona concreta, y la gracia del
sacramento se canaliza también hacia la misma, lo que
nos ayuda a crecer en ese preciso aspecto de la vida y
servicio cristianos. La experiencia ha demostrado que,"en la
práctica, la "confesión de devoción" no
surte sus efectos de vida cristiana a causa de la
disgregación del esfuerzo en demasiadas zonas y un
terreno demasiado amplio.
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