- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
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Orar
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"Quiero,
pues, que los hombres oren en todo lugar,
levantando sus manos puras, sin ira ni discusiones"
(1 Tim 2,8).
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Todo cuanto se
lee o se oye respecto al Señor sólo puede
comprenderse y servir de provecho en la medida en que se
convierte en diálogo con el Señor. El
único modo de sintonizar con la palabra de Dios es
meditarla en lo íntimo del corazón.
Aquí está el punto crucial que explica el
hecho de que unos comprendan fácilmente lo que es
orar mientras que otros no pueden entenderlo. La
comprensión de las cosas del espíritu se hace
posible en la medida en que se espiritualiza el sujeto. El
saber es siempre de verdad el fruto de un descubrimiento.
Este se lleva siempre a cabo a través de unas
experiencias.
El problema de
la oración no debe tratarse como algo abstracto. Es
una cuestión de amor. Sólo puede comprenderse
entonces en ese nivel. La disponibilidad para ese amor sin
el que la oración es algo imposible puede muy bien
aprenderse en la escuela de María. Nadie fue
más generoso, más sencillo y más
disponible que ella para dar un auténtico sí
al Señor. Amar es la disponibilidad permanente para
decir sí a las sucesivas invitaciones del
Señor a su amor.
El sentido de
la vida, como todas las demás cosas, se descubre por
la experiencia. Si existo, es porque alguien
me ama y me ha indicado el camino que tengo que seguir:
realizarme en el amor y por el amor y construir la historia
junto con los demás seres humanos. Nuestra
vocación de cristianos y de religiosos consiste, por
tanto, en insertarnos en el plan de salvación de
Cristo. El sueño del Señor al llamarnos a la
vida espiritual fue que nos transformásemos en una
señal visible de su amor a los hombres.
Rezar no es
solamente pensar cosas edificantes respecto a Dios, respecto
a la Virgen...; no es tener sólo sentimientos
piadosos y palabras bonitas; no es sólo reflexionar
con atención sobre las verdades sagradas. Rezar es,
sobre todo, vivir una realidad de la gracia; es estar
consciente de la constante presencia del Señor en
nuestra vida y abrirnos por completo a ella. Orar es creer
en este misterio insondable.
Orar no es
tampoco contemplar mentalmente una verdad teológica.
Es vivir simplemente la presencia de alguien con un don
precioso recibido gratuitamente. Con humildad y con
modestia. Sin pretensiones. Sentir que pertenecemos a
alguien que nos quiere sólo para él. Esta
misteriosa presencia no es fantasía. Es una realidad
sorprendente a la que nos adherimos con toda la fuerza de
nuestra fe lúcida y encarnada como una
convicción infantil ingenua e inocente.
La
oración no se hace sólo con la cabeza. Se hace
sobre todo con el "corazón". De la misma manera que
el amor, la oración es más sentimiento que
pensamiento. Pensamos generalmente en cosas del pasado o del
futuro. La emoción y el sentimiento están
más bien relacionados con el presente.
El tiempo
pasado es para recordar. El tiempo futuro, para planear.
Estas dos actividades pueden tener ocasionalmente su
importancia. Pero la oración es vivencia. "Para tener
éxito en la vida de oración es decisivo
desarrollar la capacidad de entrar en contacto con el
presente y permanecer en él". Por consiguiente, para
orar es necesario dejar de pensar para darse cuenta o para
vivenciar conscientemente los hechos de la vida
presente.
Pensar es una
actividad fatigosa. Es trabajo mental. La oración es
vivencia que tiene lugar en el terreno de la emoción,
del sentimiento, como el amor, la intuición, la
sensación... El pensamiento, el raciocinio, el
cálculo, etc., son actividades que sólo
indirectamente influyen en el modo de ser humano.
Generalmente, no cambian nada en el hombre. La calidad de
nuestro ser no depende de lo que pensamos, sino de lo que
sentimos. Únicamente por eso lo que sentimos,
vivenciamos o experimentamos tiene el poder de
transformarnos.
Orar no
consiste en esforzarse por ir al encuentro del Señor.
Es vivencia de apertura, de acogida y de espera... El
Señor no está esperándonos; está
siempre ahí, junto a nosotros. Pide y suplica que le
prestemos atención, que le escuchemos, que no le
demos la espalda, que lo acojamos... Nuestra respuesta a su
incesante invitación es una acogida.
Empecé
mi libro sobre la oración -Cuando el hombre ora .
. . - afirmando que "cuando el hombre ora, algo cambia
en él y en su ambiente". Esto es relativamente
fácil de entender cuando recordamos que orar es estar
en relación con Dios. Siempre que dos personas se
relacionan de un modo más profundo tienen lugar
ciertos cambios en la situación en que viven. Para
que la comunicación sea constructiva para los
protagonistas, es necesario que ambos acepten a priori las
consecuencias de esa comunicación. Las más
importantes de esas consecuencias son: los cambios que
cualquier comunicación lleva consigo, la necesidad de
aceptar el misterio que revela, la urgencia de respetar la
libertad y el modo original de ser del otro, el
descubrimiento del modo de ser de la propia libertad
interna, la revelación de las características
de su personalidad, de su propia ignorancia...
La
oración vocal bien hecha nos puede revelar la
realidad viva de Jesucristo. Realidad simultáneamente
profunda y sublime que jamás llegamos a entender. Es
misteriosa. Cuanto más profundamente conocemos a un
amigo, tanto más misteriosa se hace a nuestros ojos.
La palabra humana nos revela algo del misterio de las cosas.
La palabra de Dios nos revela la inconmensurable grandeza de
aquel que la pronunció.
Orar es
esencialmente consentir en la gracia. Es responder a la
invitación del Señor: "Aquí estoy,
Señor, a tu disposición; haz de mí lo
que quieras". Nadie llega a orar únicamente por el
esfuerzo personal. Todo lo que hacemos por nosotros mismos
para orar no pasa de ser una señal de buena voluntad,
que siempre es muy bien acogida por Dios. El espera esta
señal. Es la condición para que él
pueda hacer algo que nos ayude a descubrir la
oración.
El esfuerzo
personal para rezar consiste esencialmente en una actitud
voluntaria de silenciosa atención y escucha. Cuando
nos disponemos para la oración personal, es
aconsejable no escoger de antemano el tipo de oración
que vamos a hacer. Es preferible empezar siempre por fijar
silenciosamente la atención en la presencia del
Señor que nos acoge amablemente. Una vez creado ese
clima de amorosa presencia junto al Señor, seguir
ocupándose de él de la forma más
espontánea posible de acuerdo con la
disposición y la inspiración del momento.
Orientarse por aquello que se puede percibir en la intimidad
de la conciencia. Allí es donde se manifiesta con
mayor claridad aquello que el Señor espera de
nosotros. Muchas veces el Señor no nos pide
más que permanezcamos amorosamente en su presencia.
Esto es ya contemplación, que, ciertamente, produce
una mayor unión con Dios que muchos piadosos
pensamientos respecto a él o que la recitación
de textos hermosos. Sin embargo, la oración vocal
también es, ciertamente, un precioso tipo de
oración.
Para entrar en
el clima de oración hay que servirse de los medios
que más nos pueden ayudar. Esos medios pueden
escogerse entre las diversas técnicas
psicológicas más o menos especializadas de
iniciación en esas prácticas tan
útiles. Lo esencial de esas técnicas siempre
consiste en la búsqueda de simplicidad y de
autenticidad.
El grado de
fidelidad a la oración indica el grado de
autenticidad de vida de un religioso. Un elevado
espíritu de oración es la actitud personal
necesaria para que Dios pueda manifestarse al hombre. Y esa
manifestación sólo puede realizarla el
Señor por medio del amor. Únicamente un gran
amor a Dios nos permite comprender y aceptar creativamente
los grandes valores de la vida cristiana y
religiosa.
Tan
sólo la experiencia de un verdadero amor a Dios puede
enseñar al hombre a descubrir el rostro del
Señor en el corazón de los hermanos. La
verdadera caridad fraterna nace del amor al Señor.
Las dificultades de relación interpersonal encuentran
su explicación más profunda en la
relación defectuosa del hombre con Dios. El hombre de
oración establece una excelente relación de
diálogo con el Señor. En la vida
práctica de esa persona, el aprendizaje de una buena
relación con el Señor se transfiere
espontáneamente a su relación interpersonal
con los hombres. Por consiguiente, es innegable que el
remedio de tantos conflictos humanos es la vuelta a la
oración, a la contemplación. ¿No
será esto precisamente lo que tantos jóvenes
desilusionados de hoy andan buscando cuando corren
detrás de gurús carismáticos que
prometen una relación más profunda con el
Absoluto? Un absoluto existencial y nada más. Pero el
cristianismo ofrece la posibilidad de satisfacer mucho mejor
ese deseo profundo del hombre a través de la
experiencia de auténtica oración
contemplativa. En ésta, el hombre entra en
comunicación directa no con una entidad abstracta o
con un simple absoluto existencial disfrutado de un modo
más o menos egocéntrico. Al contrario, la
auténtica oración profunda permite al hombre
establecer una verdadera relación interpersonal con
la persona de Jesucristo. De acuerdo con la
revelación que Dios nos ha hecho de sí mismo,
él está espiritualmente presente en la vida de
cada uno de los hombres de modo concreto y real, aunque
imperceptible a los sentidos exteriores. Comunicar con una
persona realmente presente, aun cuando no pueda ser vista ni
tocada, es algo que satisface el anhelo natural del hombre
trascendental. Sin embargo, ese objetivo jamás
podrá ser alcanzado por una supuesta
comunicación con cualquier otra cosa distinta,
llámenla lo absoluto de esto o de aquello. En
realidad, no existe más que un Absoluto: Dios. Y Dios
es una persona, no una cosa o un concepto
filosófico.
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