Pedro Finkler
Orar

(Capítulo 11 de su libro "Buscad al Señor con alegría)


2. Orar es natural

"Todos los pueblos vendrán a postrarse delante de ti, porque tus juicios se han manifestado" (Ap 15,4).

Orar o estar en relación familiar con Dios es una necesidad natural del hombre. Es una manifestación espontánea de la "ley que el Creador puso en el corazón del hombre". Dios habita en el corazón del hombre. El hombre atento a sí mismo no puede dejar de entrar en contacto con su misterioso huésped. La experiencia de este encuentro con él en lo más íntimo de uno mismo es decisiva. Constituye un marco histórico en la encrucijada de la vida. Después de esa experiencia, todo cambia. Sin ese descubrimiento casi fulminante es difícil aprender a orar a gusto.

El corazón de piedra, insensible al amor, incapaz de ternura, es también impenetrable a este misterio. El que no siente las cosas del amor tiene que suplicar antes muy intensamente al Señor que le humanice el corazón según la promesa que nos ha hecho por boca del profeta Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo y os infundiré un nuevo espíritu; quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ez 36,26).

Los misterios más profundos del arte de orar no están en las lucubraciones filosóficas, psicológicas, teológicas, metafísicas o metodológicas... Están en las cuerdas más finas y sensibles del fondo del corazón. Todos los hombres saben orar, del mismo modo que todos saben amar. Estrictamente hablando, no se aprende a orar; lo mismo que tampoco se aprende a amar, a llorar, a reír. Esa capacidad es innata, como un instinto o como cualquier otra predisposición. Para que se haga realidad basta con descubrirla y empezar a ejercitarla. Pero no se trata de un ejercicio como aquel que se realiza para el aprendizaje de una técnica. Este ejercicio consiste fundamentalmente en la imitación de los gestos de aquel que enseña la técnica. Orar es como amar. El que ama siempre encuentra las palabras y los gestos para expresar sus sentimientos. No los copia de nadie. El amor se define y se perfecciona en la medida en que consigue expresarse adecuadamente.

El descubrimiento de la oración se vive como un nuevo nacimiento. "En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios... Lo nacido de la carne, carne es, y lo nacido del Espíritu, espíritu. No te extrañes que te diga: 'Os es necesario nacer de nuevo'. El viento sopla donde quiere y se oye su ruido, pero no se sabe de dónde viene ni adónde va; así es todo el que nace del Espíritu" (Jn 3,3.68). El científico, el intelectual, el técnico y el artista nacen de la carne. Son productos de la cultura, del estudio... El hombre de oración, el santo, nacen del Espíritu. Aquí la cultura no aprovecha mucho, sobre todo si no es muy profunda. El Espíritu Santo no forja la inteligencia del científico, sino que actúa sobre el corazón del hombre. Le comunica la sabiduría.