- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
3.
Aprender a orar
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"Mirad
que subimos a Jerusalén y se cumplirá
en el Hijo del hombre todo lo escrito por los
profetas" (Lc 18,31).
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Aprender a
rezar es realmente reaprender a ser natural, es
decir, sencillo y espontáneo con el Padre. Cuando
éramos niños, nuestra conversación con
nuestro padre o nuestra madre brotaba espontáneamente
del corazón. Los sucesivos errores en la
educación y la formación hicieron que
perdiésemos esa naturalidad en nuestra
comunicación con las personas y, por
extensión, con Dios, nuestro Padre celestial.
Afortunadamente, siempre cabe la posibilidad de volver a la
actitud de inocencia primitiva. Es una cuestión de
aprendizaje.
Hoy existen
muchas iniciativas para descubrir métodos que
faciliten este aprendizaje. Una contribución
importante para el descubrimiento de este camino es el que
nos ofrecen las ciencias humanistas, especialmente la
psicología, la antropología, la
sociología y las antiquísimas prácticas
de la espiritualidad pagana de Oriente. Sin la ayuda de esos
conocimientos científicos, la mayor parte de las
personas encontrará dificultades para encontrar el
camino del redescubrimiento de la comunicación
directa, inmediata, simple y espontánea con Dios. Se
trata de una conquista lenta, que exige mucho
ejercicio.
Hay tres
obstáculos principales que superar:
1) La falta de
fe sencilla, auténtica, del niño, que cree lo
que el padre y la madre le dicen, incluso cuando no puede
comprender. Cree por la sencilla razón de que sus
padres lo aman y que por eso le dicen siempre la verdad. No
pueden engañarlo. Cuando descubrimos que Dios es un
padre que nos ama infinitamente, no tenemos ninguna
dificultad en aceptar con sencillez toda la
revelación bíblica, porque el Padre lo dijo y
no puede engañar al hijo. Sin esta actitud de fe
sencilla no es posible recorrer un verdadero camino de
oración.
2) La
dificultad de penetrar en el aspecto misterioso y oscuro de
la oración contemplativa: un diálogo mucho
más intimo y más profundo con Dios que la
conversación más entrañable que podamos
tener con una persona muy amiga.
3) La toma de
conciencia de que se trata de nuestro propio destino
existencial: amar a Dios de todo corazón, al
prójimo como a nosotros mismos e imitar a Jesucristo
como nuestro hermano mayor. Nuestro destino es vivir
eternamente en comunión con el Creador.
La
auténtica vida de oración es experimentada por
el sujeto como un descanso, como una gran paz, como
tranquilidad interna y alegría en Dios. Hoy hay
muchos jóvenes que buscan la experiencia de esa paz y
de esa alegría interior en las drogas, en la yoga, en
la meditación trascendental. Podrían encontrar
ese estado de alma que andan buscando con mucha mayor
facilidad en la auténtica oración
contemplativa cristiana.
El ejemplo de
los santos, modelos de hombres de oración, constituye
un importante estímulo para no dudar de la
posibilidad de aprender a orar. Pero el simple esfuerzo de
imitación del modelo no es, generalmente, el mejor
método para descubrir la oración. Aquí
el proceso no es el mismo que en el descubrimiento
científico. Cualquier científico curioso que
recorra rigurosamente los mismos pasos de una determinada
experiencia piloto llegará infaliblemente al mismo
resultado de ésta. En este caso el rigor de la
objetividad es la condición de éxito de la
experiencia. Pero en cualquier experiencia espiritual
participan como variables ciertos elementos absolutamente
personales, tan nuevos y tan originales como la
individualidad personal del experimentador. No hay dos
caminos de santificación absolutamente iguales. Cada
santo vive de modo personal su visión del evangelio.
"En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo
hubiera dicho. Voy a prepararos un lugar. Y cuando me fuere
y os haya preparado un lugar, volveré otra vez y os
tomaré conmigo para que, donde yo estoy,
estéis también vosotros; ya sabéis el
camino para ir adonde yo voy" (Jn 14,2-4). Jesucristo es, de
hecho, el único verdadero camino para el
descubrimiento de la oración: "Yo soy el camino, y la
verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn
14,6).
Cuando el
Señor nos advirtió que solamente los
niños y quienes se parecen a ellos pueden entrar en
su reino, señaló esa maravillosa capacidad que
tienen los niños para dejarse guiar por el instinto
hacia el descubrimiento del mundo y de la vida. Para poder
vivir, el niño sigue los impulsos espontáneos
de su naturaleza. Así es como descubre lo que es
respirar, comer y beber, andar, luchar, etc. Aprende sin
conocer la teoría de esos aprendizajes. Pues bien, la
oración se aprende de manera semejante. Basta con no
reprimir ni sofocar el impulso natural para que se
manifieste. Pero para ello es necesario volver a ser un poco
como éramos de niños: sencillos, puros,
libres, espontáneos, auténticos, expresivos,
humildes, verdaderos...
El punto
crucial de la conversión que hay que realizar se
sitúa precisamente en esto: volver a ser como
niños. Con nuestro vicio occidental de conceptuar
todas las cosas que existen en nuestro mundo exterior e
interior, esto es lo que constituye el mayor de los
obstáculos para este retorno a nuestro
origen.
Convertirse es
reencontrarse consigo mismo en lo más íntimo
del propio ser. En ese centro perdido en las profundidades
del ser humano es donde puede llevarse a cabo la maravilla
de las maravillas: la unión del hombre con su Dios.
Esta síntesis significa la unificación de dos
seres hechos para existir unidos. Solamente el
Espíritu Santo puede realizar esta maravilla. Primero
realizó la humanización del Verbo. Y ahora
trabaja intensamente en la deificación del hombre que
se deja trabajar dócilmente.
La actitud de
disponibilidad al Espíritu Santo que nos quiere
transformar se manifiesta especialmente en la
oración. El esfuerzo por vencer la repugnancia y las
dificultades naturales relacionadas con los ejercicios de
oración son muchas veces recompensadas generosamente
por el Señor. Cuando el sentimiento de verdadera
generosidad ocupa el lugar que ocupaba el tedio, el
aborrecimiento, tal vez la rebeldía, entonces Dios no
deja nunca de recompensar ese gesto.
Santa Teresa
nos advierte que no hemos de dejarnos vencer por las
dificultades iniciales en el esfuerzo de aprender a rezar:
"Por esto y por otras muchas cosas avisé yo en el
primer modo de oración... que es gran negación
comenzar las almas oración comenzándose a
desasir de todo género de contentos y entrar
determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo"
La misma santa indica también el modo de dar los
primeros pasos en el aprendizaje de la oración: "Como
no podía discurrir con el entendimiento, procuraba
representar a Cristo dentro de mí y hallábame
mejor -a mi parecer- de las partes en donde le veía
más solo; parecíame a mi que, estando solo y
afligido, como persona necesitada me había de admitir
a mi. De estas simplicidades tenía muchas...
Comencé a tener oración sin saber qué
era, y ya la costumbre tan ordinaria me hacia no dejar esto
como el no dejar de santiguarme para dormir".
Básicamente
existen dos modos de comunicar con Dios: orar y contemplar.
Los dos favorecen la unión con él. Hay
personas que alcanzan un elevado grado de unión con
Dios por medio de oraciones devotas hechas con profunda fe y
con mucho amor. Otras, sin embargo, sólo consiguen
semejante resultado espiritual por medio de la
contemplación. Cada uno tiene que descubrir el modo
de oración que mejor se adapte a su propia manera de
ser. La misma persona puede también sentirse mejor
con un modo de orar en un determinado momento y preferir en
otro momento otro modo de orar. En vez de hablar de
momentos, también podría decirse lo
mismo en relación con diferentes días o
épocas de la vida.
También
la oración de devoción guarda relación
con el "corazón". Es que no hay oración que
nazca solamente de la cabeza. Con la oración sucede
lo mismo que con la relación interpersonal. Las dos
pasan por el corazón. Todo lo que nace
únicamente de la cabeza es puramente objetivo. No
tiene nada que ver con la intimidad del sujeto.
El lugar donde
oramos influye en la cualidad de la oración. Hay
lugares y circunstancias que ayudan a orar bien, mientras
que otros dificultan la oración. Al Señor le
gustaba retirarse a lugares desiertos y a los montes para
orar. A veces se retiraba en el templo. A nosotros nos
aconsejó que nos metiéramos en nuestro
aposento, cerráramos puertas y ventanas y
orásemos al Padre en secreto. Por todo esto y por
otras cosas que sabemos de la psicología del hombre,
es cierto que existen lugares y circunstancias más
favorables y otros menos propicios para la oración.
Entre los primeros podemos citar: una iglesia un tanto
sobria y silenciosa, el silencio de una habitación
retirada en un rincón de la casa, la naturaleza
salvaje, el descampado en una noche estrellada, en una playa
desierta...; en fin, un lugar que ayude y que estimule a
levantar la mente y el corazón a Dios.
La profunda
vida de oración se desarrolla en un determinado clima
existencial. Crear ese clima favorable a la vida
contemplativa es un problema de ascesis. Transcribo a
continuación algunas reglas fundamentales que
señala el padre Pablo de la Cruz:
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1.-
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Vivir
interior y exteriormente tranquilo.
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2.-
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Acoger
de buen humor, sin miedo y sin rebeldía,
todos los acontecimientos y
obligaciones.
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3.-
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Actuar
sin precipitación.
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4.-
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No
hacer al mismo tiempo más de una
cosa.
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5.-
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No
preocuparse. Empeñarse por completo en lo
que está uno haciendo.
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6.-
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Durante
el trabajo, tomar conciencia de si mismo, de la
propia actitud y de los propios
sentimientos.
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7.-
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Eliminar
o limitar las ocupaciones u obligaciones
secundarias. Tener ocupaciones libres tan
sólo para descansar y para gozar la
alegría de vivir.
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8.-
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Conocer
bien la naturaleza del hombre, su unidad
psicosomática. Educarse y ayudar al
espíritu a imponer cierta disciplina al
cuerpo.
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9.-
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Alimentarse
adecuadamente. Evitar un régimen alimenticio
a base de carnes, bebidas fermentadas y
café. La sal es veneno. También el
azúcar. Preferir los cereales, las legumbres
verdes, las hierbas silvestres, las frutas y
productos lácteos. Alimentarse sobre todo de
productos lácteos, de frutas de la tierra,
de pan tostado, de aceite de oliva, de miel y agua
pura es un régimen sumamente favorable a la
vida espiritual.
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10.-
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Ayunar.
No se trata únicamente de privarse de
alimentos. El ayuno supone también eliminar
el pensamiento y el deseo de comer, esto es, el
hambre. Comer menos y tomar más agua. Cuanto
menos se coma, más agua hay que beber. El
agua lava el cuerpo y el alma. El agua
también alimenta y ayuda a engañar el
hambre. El hombre puede vivir bastante tiempo sin
comer con la condición de que beba mucha
agua.
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