- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
4.
Saber rezar
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"Alegres
en la esperanza, sufridos en las pruebas,
constantes en la oración" (Rom
12,12).
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El saber rezar
no es un conocimiento racional o científico. El
botánico estudia la flor y la clasifica
científicamente. El biólogo estudia el
pájaro de acuerdo con las leyes de la
biología. En ambos casos se trata de un conocimiento
racional. El niño no conoce racionalmente la rosa, ni
el gorrión, ni la mariposa. Admira, habla al
animal..., se sumerge en el mundo de las cosas y las conoce
intuitivamente. Para él las flores sonríen,
lloran, duermen... No razona según las leyes de la
ciencia, sino que contempla. Contemplar no es pensar ni
reflexionar. Es más bien ver, es comprender, es tener
conciencia de algo, es estar con todo el ser con el objeto
de la atención y del interés. Rezar es
amar...
El raciocinio
es importante para el conocimiento científico del
mundo y de las cosas. Pero con el corazón
también se conoce. Y éste es un conocimiento
distinto; más profundo, más intimo. Se puede
conocer a Dios de dos maneras: mediante el estudio
sistemático de la teología como ciencia o bien
conocerlo como el niño conoce, aprecia y ama las
flores, los árboles, los pájaros, los
torrentes de agua... También el ateo puede apreciar
el estudio científico de la teología. Pero
conocer mucha teología no es una condición
para amar a Dios. La teología ayuda a amar a Dios
sólo cuando se la estudia con el
corazón.
A los dos
primeros discípulos que lo seguían con
curiosidad les preguntó Jesús:
"¿Qué buscáis?" Ellos respondieron:
"Rabí, ¿dónde vives?" Y Jesús:
"Venid y lo veréis" (cf Jn 1,38-39). Entonces, buscar
al Señor, descubrirlo y conocerlo, saber dónde
vive, con quién vive.., es posible mediante una
experiencia. La experiencia de búsqueda, de
observación, de atención a sus palabras, de
encuentro con él... El estudio intelectual no basta
para saber lo que es rezar. Este conocimiento es el
resultado de una experiencia. Del mismo modo, sólo
aquel que cree sabe lo que es la fe. Conocer una verdad
sobrenatural es vivirla, experimentarla. Por eso, lo primero
que hay que hacer para aprender a rezar es realizar una
auténtica experiencia de Dios.
En su primera
carta, san Juan cuenta el resultado de esta experiencia: "Lo
que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos
contemplado, lo que han tocado nuestras propias manos acerca
del Verbo de la vida..." (1 Jn 1,1).
El
Señor puede manifestarse de muchas maneras a una
persona. Pero ordinariamente lo descubrimos en una
auténtica experiencia de oración hecha en el
desierto, en la soledad: "Pero he aquí que yo la
atraeré (a la esposa fiel, es decir, a Israel) y la
guiaré al desierto, donde hablaré a su
corazón... Entonces te desposaré conmigo para
siempre..., te desposaré conmigo en la fidelidad, y
tú conocerás a Yavé" (Os
2,16.21-22).
No sabemos
nada del coloquio íntimo de Jesús con los dos
primeros discípulos que querían saber
dónde vivía. Ninguno de los dos habló
de ello. Esta discreción es natural en todos los
auténticos contemplativos. No revelan nada de su
intimidad con el Señor. Son cosas tan personales como
lo que ocurre en los coloquios íntimos de dos
personas apasionadamente enamoradas una de la otra. Tienen
sus secretos. Uno de ellos, Juan, escribió tan
sólo lacónicamente: "Fueron, pues, y vieron
dónde vivía, y estuvieron con él aquel
día" (Jn 1,39). ¿Pero de qué
hablarían entonces entre ellos y con Jesús y
Jesús con ellos?...
La
oración contemplativa es un acontecimiento de
fe. Se basa en una realidad que no es material, ni
biológica, ni psicológica, sino
mística.
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