Pedro Finkler
Orar

(Capítulo 11 de su libro "Buscad al Señor con alegría)


5. Orar es ser auténtico

"Andad como hijos de la luz, porque el fruto de la luz consiste en la bondad, en la justicia y en la verdad" (Ef 5,8-9).

La oración más perfecta fue la de Jesús. Nadie como él conocía al Padre y lo amaba de todo corazón. Son éstas precisamente dos condiciones que confieren a la oración más valor: conocer al Señor y amarlo. Cuanto mejor lo conoce alguien, más lo ama. Conocer a Cristo es también conocer al Padre. "Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me habéis conocido, Felipe? El que me ha visto ha visto al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?" (Jn 14,9-10). Nadie puede ir al Señor si el Padre no ejerce sobre él su fascinación paternal: "Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae" (Jn 6,44). Orar es reconocer al Señor y unirse a él con lazos de amistad y de amor.

Lo más importante para rezar bien no es saber qué es rezar o cómo hay que rezar. El que es auténtico y sencillo siempre sabe orar y sabe cómo orar. Su oración brota naturalmente, como la manifestación espontánea del niño a su madre. Por eso el niño y todos los que se parecen a él en su sencillez, en su autenticidad, en su confianza, en su espontaneidad, en su humildad..., saben orar muy bien. Así era la oración de los que pedían alguna cosa al Señor:

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"... Señor, dame de esa agua..." (Jn 4,15).

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"Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; tenme como a uno de tus jornaleros..." (Lc 15,18-19).

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"Señor, que pueda ver de nuevo" (Lc 18,41).

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"Señor, si quieres, puedes limpiarme" (Lc 5,12).

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"Señor, el que me amas está enfermo" (Jn 11,3).

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"Señor, no tengo un hombre que, al agitarse el agua, me meta en la piscina y, en lo que yo voy, otro baja antes que yo" (Jn 5,7).

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"Señor, hijo de David, ten compasión de mi; mi hija está atormentada por un demonio" (Mt 15,22).

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"Señor, ¿a quién iremos?" (Jn 6,68).

La persona sencilla, pobre y espontánea se siente siempre bien con el Señor porque él, el Señor, es también así. La oración más profunda y más íntima adquiere una forma parecida a la de una conversación familiar entre amigos o entre dos niños que se conocen. Jesús hablaba así en su conversación con los pobres, los necesitados y los amigos. Que vea el lector si no es verdad:

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"Yo soy el buen pastor" (Jn 10,11).

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"Hombre, tus pecados quedan perdonados" (Lc 5,20).

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"... tu fe te ha salvado" (Mt 9,22).

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"Queda limpio..." (Lc 5,13).

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"No llores" (Lc 7,14).

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"... No peques más" (Jn 8,11).

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"Venid a mi todos..." (Mt 11,28).

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"Me da compasión..." (Mt 15,32).

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"... ¿por qué me pegas?" (Jn 18,23).

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"¿Quieres curarte?" (Jn 5,7).

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"Tengo sed" (Jn 19,28).

El que ama siempre encuentra tiempo para estar con la persona amada. El que no tiene tiempo para orar no ama. Los pensamientos hermosos, los sentimientos delicados o las palabras elocuentes no son de suyo oración. Esta consiste más bien en decir al Señor amado nuestro amor, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestras preocupaciones, nuestros temores... El pobre y el niño aman así y... rezan así. Esta actitud de autenticidad fue la del publicano en el templo, la de la samaritana en conversación con Jesús junto al pozo de Jacob, la del hijo pródigo en su reencuentro con el padre, la de Saulo en el camino de Damasco. Este modo de hablar con el Señor supone una gran confianza y un clima de familiaridad. De semejantes encuentros la persona sale más alegre y confiada.

El trato familiar con el Señor es fruto espontáneo del amor. No se aprende con actitudes intencionales asumidas artificialmente. El modo de orar refleja el modo de vivir. La calidad espiritual de una vida condiciona la calidad y la profundidad de la oración. No hay que realizar grandes esfuerzos para orar. Basta con ser conscientes de si mismo, ser como Dios nos creó: auténticos, sencillos, fundamentalmente buenos, afectuosos, amantes del bien, de lo hermoso y de lo verdadero. El Señor está siempre donde está el hombre auténtico, porque éste es como salió de las manos del Creador. El hecho de haber pecado y de ser débil no es ningún impedimento para la presencia del Señor. Basta con reconocer esta limitación y esta pobreza, o sea, basta con ser auténtico. ¿Acaso él no declaró enfáticamente, para que todos lo supieran y no cupiera duda alguna: "... el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10)?

Cualquier persona normal es sensible al amor. Es precisamente la capacidad de amar lo que permite al hombre ser cristiano o religioso. Vivir como materialista o, al contrario, como espiritualista y más aún como cristiano o religioso, es una cuestión de escala de valores. Entre los valores afectivos que sensibilizan de forma especial el corazón del cristiano, y sobre todo de los religiosos, está el amor a Dios y al prójimo, reconocido como hermano en Jesucristo. Responder con una intensidad particular al amor de Cristo a los hombres es orar. La actitud interior más o menos permanente de amorosa unión con el Señor transforma el comportamiento del hombre. Este se va convirtiendo poco a poco en un hombre nuevo, algo semejante al Señor en su modo de pensar, de sentir, de relacionarse y de actuar. Esta limitada identificación con Jesucristo puede manifestarse de diversos modos en la persona, según el modo de ser de su personalidad. En unos aparece más claramente a nivel intelectual; en otros se manifiesta a nivel afectivo; hay quienes se parecen algo a Cristo en su modo de hablar y de actuar apostólicamente.

La auténtica vida de oración afecta inevitablemente al modo de ser de la persona. Una característica inconfundible del que ama mucho al Señor es el celo apostólico: un deseo irresistible de llevar a todos los hombres al conocimiento de Dios, al descubrimiento de la inagotable riqueza de su amor y de su misericordia y a la correspondencia generosa a su llamada.

En Cristo no hay nada complicado. Es persona sencilla, como es sencillo el mismo Dios. Por eso se muestra más claramente en el pobre, en el limitado, en el niño. Es auténtico el que reconoce su realidad, su originalidad.

La gracia actúa más eficazmente en el corazón pobre, limpio de apegos terrenales. El corazón del pobre está abierto a la novedad, acoge la noticia, vive de esperanza. "Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados" (Mt 11,4-5). El pobre ve con más claridad, distingue mejor la verdad porque no está condicionado por compromisos; descubre mejor hasta qué punto el Señor es imprescindible para satisfacer nuestra ansia de vivir, de amar. Y también comprende mejor que Dios nos ama tal como somos.

"Orar es estar con aquel que sabemos que nos ama", dice santa Teresa de Jesús.

La oración es auténtica cuando el que ora asume la actitud del pecador, esto es, del pobre, del limitado. La respuesta del Señor a quien se dirige a él como pobre pecador es siempre una palabra de compasión y de perdón. El corazón arrepentido es siempre objeto de una extrema ternura del Señor, cuyo único anhelo es ver felices a todos sus hijos. Así fue como se mostró a la Magdalena, a la adúltera, a la samaritana, a Pedro, a Zaqueo. Su sorprendente exclamación: "¡ Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré!" (Mt 11, 28), es una manifestación elocuente del cariño paternal del Señor para con todos los que sufren. Esta finura de sentimientos de amor para con el pecador arrepentido aparece también de modo inequívoco en las maravillosas alegorías del fariseo y del publicano (cf Lc 18, 9-11) y del hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32). Sin una sincera actitud de arrepentimiento de las propias infidelidades y flaquezas humanas no hay oración auténtica. El sacramento de la confesión es una práctica que pone a prueba nuestro grado de sinceridad con el Señor. Ir a la confesión es reconocerse públicamente pecador. Es vivir en la realidad. El gesto de absolución del confesor es la señal externa del perdón de Cristo. Es la manifestación inequívoca de su misericordia y de su paternal compasión.