- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
6.
El hombre de oración
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"Ellos
ya no tendrán más hambre ni sed; no
les abatirá más el sol ni ardor
alguno" (Ap 7,16).
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"Los
que en un tiempo no erais pueblo de Dios, ahora
habéis venido a ser pueblo suyo" (1 Pe
2,10).
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Cualquier
cristiano consciente y cualquier religioso lúcido y
coherente consigo mismo siente la insaciable necesidad de
orar. La oración es, de hecho, el instrumento
indispensable para la construcción de la propia vida.
El cristiano o el religioso que abandonan la oración
ya no son lo que dicen que son. Han perdido su identidad.
Nadie puede tomar en serio a los que proclaman con la boca y
tal vez con símbolos exteriores que son religiosos,
pero no rezan. Parecen unos desgraciados
travestis.
La
oración es para el hombre la puerta abierta hacia
todos los bienes, el laboratorio donde se construye la
grandeza humana, espiritual y funcional del hombre. La
oración es la forja del amor, del amor que engendra
amistad y fraternidad; la inevitable respuesta del hombre al
Señor que nos amó primero con un cariño
inefable. El amor de la persona que se ha forjado en la
fragua de la oración es la prueba más
elocuente del amor de Dios a los hombres. El amor sencillo,
sincero y discreto del hombre de oración estimula la
fe de los que se acercan a él. El hombre de
oración proclama con el argumento convincente de su
estilo de vida que Dios ama a todos los hombres de una forma
totalmente gratuita. El ejemplo de vida del hombre de
auténtica oración es una nueva palabra de Dios
al mundo. El santo es siempre un sermón de
campanillas del Señor a los hombres. Es una
reafirmación de la verdad y de la vitalidad siempre
actual del evangelio. El hombre de oración es como
una palabra de la Palabra, la personificación de la
parte vital del evangelio. Todo el evangelio es importante,
como aquel que lo dictó. Los hombres de
oración son otros tantos fragmentos del Cuerpo
Místico de Cristo. Dios sigue hablando a los hombres;
sus mensajes de amor, siempre actualísimos, son
escritos en la vida de sus siervos fieles.
La vida del
auténtico hombre de oración es un grito de
trueno de alerta al mundo. Proclama con impresionante fuerza
profética la necesidad de vivir en la presencia de
Dios como condición para desarrollar un nuevo y
verdadero humanismo integrador.
La parte del
ejemplo que hay que imitar en la vida del santo no son tanto
sus gestos y sus obras como sus actitudes. Son éstas
las que condicionan sus gestos, sus acciones y su manera de
comportarse.
El reencuentro
con la oración auténtica y profunda en la
Iglesia, sobre todo en el sacerdocio y en la vida religiosa,
es hoy tal vez el objetivo número uno del esfuerzo
general de renovación. Todos los cristianos, pero
sobre todo los sacerdotes y los religiosos, son llamados por
Dios para vivir intensamente la dimensión
contemplativa propuesta por el evangelio. Del éxito
de este esfuerzo depende la renovación
apostólica. ~l cristiano que se decide a optar por
Cristo, a quemar su vida por él, confunde en una
única expresión de fidelidad y de generosidad
la experiencia de Dios, el amor a Jesucristo, el amor a la
Iglesia y a los hombres.
El hombre de
oración siempre es profeta: amigo de Dios, testimonio
vivo de su experiencia y de su amor. Cuando habla no se
limita a repetir conceptos bíblicos o
teológicos. Comunica experiencias. Por eso su
profecía es más persuasiva. Quienes la reciben
profundizan en el conocimiento de Dios tal como lo revela
por su propia vida el hombre de oración: un Dios
verdadero, sabio, poderoso y misericordioso; descubren que
el Señor los ama por encima de toda medida; es rico,
generoso y hasta pródigo en sus dones; es vivo, real
e irresistible para quien lo descubre; un tesoro por cuya
adquisición el que lo ha descubierto está
dispuesto a vender todos sus bienes. La vida del hombre de
oración es la historia del Señor escrita en la
vida de un hombre.
La fuerza
espiritual de transformación del hombre de
oración reside en su original experiencia
sobrenatural de contemplación de unas realidades que
no son de este mundo. Al vivir totalmente su entrega a la
acción de Dios, su existencia está sembrada de
intervenciones divinas que sorprenden y estimulan a los
hombres a seguir su ejemplo.
Un dato
interesante que se ha observado en las personas que realizan
una auténtica experiencia es que empiezan a sentir
gusto en tratar de asuntos espirituales. Hablan gustosamente
del Señor, lo mismo que el que se siente enamorado se
complace en poder hablar de la persona amada.
La vida de
oración es siempre algo estrictamente personal que
rebosa del sujeto y contamina a los demás. El hombre
de oración vive permanentemente en la presencia de
Dios. Nunca se siente totalmente solo. Por eso la vida de
oración es el modo de vivir constantemente en
oración. La persona puede realmente llegar a adoptar,
en su relación personal con el Señor, una
actitud interior natural y espontánea, semejante a la
del niño en relación con sus padres. Debido a
la influencia de ciertos aspectos del mundo exterior
perdemos esa maravillosa actitud interior para con los seres
queridos y vivimos más o menos dispersos en nuestra
superficialidad. Será menester reconstruirla. Volver
a nuestros sentimientos primitivos de amor en nuestra
relación con Dios. Por eso la mayor parte de las
personas que quieren mejorar su nivel de oración
creen que deberían reconstruir más o menos
laboriosamente su interioridad de amor. No se trata, sin
embargo, de construir o de reconstruir nada. La vida de
oración no es fruto del esfuerzo humano. Es algo muy
natural y espontáneo que ya existe en la intimidad
del hombre. Aprender a orar o a orar mejor es
únicamente dar aliento a esa llama tan débil y
casi apagada, que, en realidad, jamás se
extinguirá por completo. Es un germen de vida
sobrenatural inactivo que es preciso que se desarrolle, que
se abra, que se intensifique.
La vida de
oración es esencialmente vida de fe. Algo muy sutil y
delicado, como la conciencia de la certeza de que se ama al
Señor. El deseo más intimo y más
verdadero del que adquiere vida de oración es el de
Dios. Un deseo permanente, vivido en actitud de mirada
sencilla y sincera dirigida al Señor.
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