- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
7.
Orar y contemplar
|
"Y
cuando me fuere y os haya preparado un lugar,
volveré otra vez y os tomaré conmigo,
para que, donde yo esté, estéis
también vosotros" (Jn
14,3).
|
El concilio
Vaticano II ha despertado la necesidad y el deseo de
renovación en todos los sectores de la Iglesia.
Está fuera de toda duda que no se trata
únicamente de redimensionar las estructuras
administrativas o de reglamentar los usos y costumbres,
aunque estas reformas sean también importantes. Pero
las estructuras tienen únicamente una función
organizativa con vistas a facilitar la vida. Esta es lo
esencial de la Iglesia, de las personas que viven en
asociaciones o en familias.
El gran
esfuerzo de renovación que hay que hacer va en el
sentido de un audaz crecimiento espiritual de los
sacerdotes, de los religiosos y de los cristianos laicos. En
la medida en que se desarrolla la dimensión
contemplativa de los cristianos, la Iglesia se renueva y
crece. Se trata de una cuestión vital para los
institutos religiosos, cuyos miembros hacen profesión
pública de seguir más radicalmente a
Jesucristo. La misión específica de los
religiosos consiste en dar al mundo el testimonio de Cristo
y el anuncio de la Buena Nueva que él trajo al mundo.
Este testimonio es posible y auténtico en la medida
en que el religioso viva personalmente el misterio de
Cristo. Vivir el misterio de Cristo es imitar a
Jesucristo.
Pero imitar a
Jesucristo no es hacer una parodia de él. La
imitación nace de la admiración. El que
admira, ama. Sólo podemos amar a la persona en que
descubrimos unos valores que nos seducen. La primera tarea
de los que se deciden por la vida religiosa es la de
estudiar a Jesucristo. Tanto más fácil es
conocer a una persona cuanto más cerca de ella se
vive.
Por
consiguiente, la tarea de estudiar a Jesucristo para
conocerlo mejor lleva consigo la necesidad de aproximarse a
él lo más posible. Contemplar es entrar en
contacto íntimo con el Señor: verlo con los
propios ojos, tocarlo, escuchar su mensaje de
salvación de sus mismos labios. La generosa actitud y
vida de oración y de contemplación alcanza de
modo perfecto el doble objetivo de conocer al Señor y
de vivir muy unido a él. Es que no puede haber
auténtico testimonio evangélico si no hubiere
un auténtico y generoso esfuerzo de crecimiento
espiritual. La dimensión contemplativa del religioso
se convierte de este modo en un aspecto esencial de su vida.
Solamente el que vive la dimensión contemplativa vive
de forma realista las verdades históricas del reino
de Dios.
En un discurso
pronunciado el día 24 de noviembre de 1978 ante un
grupo de religiosos, el papa Juan Pablo II expresó
esta importante inspiración: "Vuestras casas tienen
que ser ante todo centros de oración, de
recogimiento, de diálogo -personal y, sobre todo,
comunitario- con aquel que es y debe ser el primero y
principal interlocutor en la laboriosa sucesión de
vuestros trabajos de cada día. Si sabéis
alimentar este clima de intensa y amorosa comunión
con Dios, seréis capaces de llevar adelante sin
tensiones traumáticas ni peligrosas desbandadas esta
renovación de la vida y de la disciplina a que os
comprometió el concilio Vaticano.
Contemplativo
es aquel que se siente atraído irresistiblemente por
el Señor. Esta atracción lo lleva a abrirse a
él y a dejarse trabajar por él en una
progresiva transformación interior. Este es el
resultado natural de la fidelidad con que el hombre responde
a la llamada constante del Señor. El dinamismo
interno que preside este movimiento transformador o de vida
es el amor. El hombre que se deja arrastrar por este
dinamismo de amor da a los hombres un testimonio permanente
de su comunión con el Señor. La capacidad de
testimoniar prácticamente, mediante el ejemplo
personal, el amor de Dios a los hombres es la
condición de eficacia apostólica. Y es
también una condición sin la cual nadie
consigue realizar un verdadero progreso en la vida de
oración.
Sin una
profunda unión con el Señor no hay verdadera
fecundidad apostólica. Sólo el lenguaje del
amor es comprensible a todos los hombres independientemente
de su origen, de su raza o de su cultura. El contemplativo
en acción es un apóstol que participa
íntimamente de la pasión, de la muerte y de la
gloria de Jesucristo. "A todos los miembros de cualquier
instituto les conviene, buscando únicamente a Dios
sobre todas las cosas, juntar la contemplación, por
la que se unen a él con la mente y el corazón,
con el amor apostólico, por el que procuren ser
asociados a la obra de la redención y a la
extensión del reino de Dios".
La fidelidad a
las exigencias de la opción fundamental es la piedra
de toque para juzgar del grado de autenticidad de una vida
religiosa. Para mantener la coherencia íntima, el
religioso debe renovar constantemente su actitud interna y
su comportamiento exterior. Este no es sino la
manifestación de aquélla. Por eso, "la regla
suprema de la vida religiosa, su norma última, es la
de seguir a Cristo según las enseñanzas del
evangelio".
Orar y
contemplar son modos distintos de comunicar con Dios. Orar o
rezar es buscar comunicar con Dios sobre todo por medio de
palabras, de conceptos, de imágenes o de
pensamientos. Contemplar es buscar la misma
comunicación de otro modo, en el cual se prescinde lo
más posible de palabras, de conceptos y de
imágenes. La contemplación pura es vivencia de
comunicación con Dios sin utilizar ninguna palabra,
imagen ni concepto. La mayor parte de las personas que rezan
hacen también un poco de contemplación. Las
que contemplan frecuentemente hacen también un uso
moderado de palabras pronunciadas, murmuradas o solamente
pensadas.
Las almas
profundamente místicas muchas veces tienen la
capacidad de conocer directamente a Dios, de comprenderlo y
de intuirlo sin utilizar palabras ni conceptos. Por otro
lado, de acuerdo con la experiencia de muchos directores
espirituales y de dirigentes de grupos de oración,
prácticamente todos pueden aprender este modo de
orar. Consiste en la capacidad de captar a Dios directamente
por medio de esa facultad que en lenguaje místico se
conoce con el nombre de "corazón". Este concepto es
muy parecido al de "intuición", al de "visión
interior", al de "iluminación interior"..., al de
natural tendencia hacia Dios, que atrae poderosamente al
hombre hacia si.
Las palabras,
los pensamientos, los raciocinios, las imágenes...
constituyen otros tantos obstáculos para la
comunicación directa e íntima con Dios. Los
corazones enamorados se encuentran más
íntimamente en el silencio de una simple
mirada.
Para la mayor
parte de las personas, el primer paso para llegar a este
estado de simple mirada dirigida amorosamente al
Señor consiste en vaciar o purificar la mente de
cualquier pensar, reflexionar, imaginar.., activamente.
Crear el vacío de la mente. Consiste en un esfuerzo
por no hacer nada, por no pensar en nada, por no imaginarse
nada... Observar solamente con fe y con amor ese
vacío en donde se encuentra el Señor de modo
misterioso y escondido. Se aprende a vivir ese estado pasivo
mediante el ejercicio. Se trata de ver al Señor no
con el sentido de la vista, sino con los ojos del
"corazón". Los ojos del "corazón" pueden ver a
Dios únicamente si están ya cerrados para todo
lo demás. Cualquier apego o preocupación por
otra cosa que no sea el Señor hace perderlo
irremisiblemente de vista. Por eso precisamente es por lo
que Jesús declaró bienaventurados a los
limpios de corazón: sólo éstos pueden
ver a Dios.
Hay personas
muy simples, sinceras y auténticas que saben
contemplar sin pasar por el laborioso proceso de aprendizaje
que hemos indicado. Son como ciegos, que, al faltarles la
visión, desarrollan espontáneamente una
elevada sensibilidad en los otros sentidos, lo cual les
permite participar casi tan activamente de la vida como las
personas de vista normal. Hay ciegos que "ven" mejor algunos
aspectos de la vida que otros cuya visión funciona
normalmente. ¿No se dice que hay algunos que tienen
ojos y no ven? El contemplativo en acción vive en su
"corazón" en una unión amorosa con el
Señor, mientras que con su cabeza trabaja con la
misma normalidad que cualquier otra persona.
El ejercicio
de aprendizaje de la contemplación consiste
básicamente en obligar a la mente que piensa y habla
activamente a que se calle, mientras uno permanece
amorosamente en la presencia del Señor. La
continuidad de este ejercicio lleva al descubrimiento del
arte de comunicar directamente con el Señor a
través del "corazón".
El pensar
activo tiene su origen en las sensaciones, en los recuerdos,
en las preocupaciones, en las emociones y en los
sentimientos más o menos intensos... Para contemplar
es necesario purificarse previamente de todo eso. Con la
mente se puede pensar, reflexionar, discutir, crear, hablar,
rezar... Pero contemplar sólo puede hacerse con el
"corazón". Sólo el silencio profundo y total
de la mente lleva a la visión contemplativa de
Dios.
El cerebro es
un motor que siempre funciona. El producto de su actividad
se llama genéricamente pensamiento. No es posible no
pensar. Cuando digo "no pensar activamente" quiero decir
ocupar la mente en algo que no lleva a organizar mentalmente
conceptos ni reflexiones lógicas, y menos aún
a darles la forma de palabras más o menos expresadas.
Esto se consigue fijando la atención activa
más tranquilamente en Dios o, mejor aún, en la
persona de Jesucristo. El que va hacia la presencia de Dios,
que lo atrae amablemente, ve con espontaneidad la imagen del
Señor con los ojos del "corazón". No es
necesario imaginarse a la persona del Señor ni
representársela mentalmente. Basta con buscarlo
amorosamente, con desear que él se haga presente de
algún modo. El que lo ama vive constantemente en su
presencia. Para orar o contemplar basta con fijar
atentamente los ojos del "corazón" en su amable
persona y esforzarse en permanecer en su presencia. Dos
personas que se aman apasionadamente sienten una enorme
felicidad con el simple hecho de encontrarse uno en
presencia del otro.
Para evitar
las distracciones y facilitar la permanencia en el estado de
contemplación basta con habituarse a repetir
mentalmente con cierta frecuencia una palabra clave que
exprese el sentimiento de amor y el deseo de unión.
"¡ Señor mío y Dios mío!...
¡Señor, yo te amo!... ¡Señor
mío Jesucristo, ten piedad de mí!".., etc. Es
conveniente usar siempre la misma expresión. Se puede
formar así el hábito de repetirla con
frecuencia de día y de noche, incluso fuera de los
momentos de oración contemplativa
explícita.
La continuidad
en este ejercicio conduce a la contemplación pura, en
la que el "corazón" vive la amable presencia del
Señor en el más absoluto silencio de la
mente.
La causa
más frecuente de abandono de la vida de
oración está en la persistencia fatigosa y
monótona de un método de oraciones hechas
exclusivamente a nivel de la cabeza. El sujeto acaba
cansándose y hastiándose de esas
prácticas rutinarias. En la mayoría se
necesita una buena dosis de capacidad de resistencia
física y psíquica para no sucumbir a la
tentación del desaliento. El único medio de
huir del problema es aprender a sumergirse en la profundidad
de los misterios del "corazón", que busca al
Señor sin fatiga mental. Contemplar es tan
fácil y tan agradable como amar. Basta con encontrar
el camino de este método. El camino no se detiene en
fatigosas elaboraciones mentales, sino en suaves explosiones
de alegría, de paz, de amor, de entusiasmo, de
ternura del "corazón" que encuentra al amado que lo
llama.
La
contemplación es una experiencia mística que
comunica frescor a la mente, alimento al alma y bienestar al
cuerpo. Llena de una felicidad tan real y tan satisfactoria,
que aquel que la consigue no cambiaría esa riqueza
por ninguno de los deleites que pueden proporcionar los
sentidos, las emociones y la mente. Lo más curioso es
que esta experiencia está al alcance de todos. Todos
pueden aprender a comunicarse con Dios a través del
"corazón". La mayor parte de las personas tienen
necesidad de educar previamente su "corazón" por el
ejercicio para que funcione adecuadamente.
La
oración hace al hombre. Somos lo que llegamos a ser
mediante la oración. "La persona se convierte en
aquello que reza; rezar más para amar mejor; la
verdadera oración no está hecha de palabras,
sino de miradas; cuando estoy con Dios, hago lo más
importante, porque rezar es amar".
Contemplar no
es hablar con Dios. Tampoco es reflexionar o pensar. El
resultado de la contemplación no consiste en unas
cosas hechas, realizadas o alcanzadas. La
contemplación no pretende un conocimiento mental, un
saber. Apunta fundamentalmente hacia el ser de la persona.
Esta se transforma y crece con la contemplación. Se
trata de un beneficio mucho más importante que las
luces y el saber que es posible obtener con otros tipos de
oración y con la meditación.
La
contemplación transforma a la persona con mucha mayor
eficacia que la fuerza de la voluntad. El que tiene el
hábito de orar por el método de la
contemplación se hace generalmente muy sincero,
sencillo, cordial, paciente... Hay vicios que desaparecen
sin un gran esfuerzo: fumar demasiado, afición al
alcohol, dependencia afectiva... En fin, la persona se
transforma en otra distinta.
También
la comunidad religiosa y la familia se benefician
extraordinariamente por el hecho de que uno de sus miembros
tenga el hábito de orar por el método de la
contemplación. El cambio que la contemplación
produce en la persona contagia a todas las de su entorno.
Hay una unión mayor de corazones, hay un clima
favorable al diálogo, hay una mayor
participación en las actividades del grupo, y los
encuentros se realizan en un clima de paz y de amistad.
Contemplar es sensibilizar el corazón para el
descubrimiento, para la aceptación y para el amor a
los demás. Las personas que contemplan juntas en un
mismo lugar entran también en una sintonía
profunda unas con otras. Y acaban sintiéndose
íntimamente unidas, en comunión.
Las personas
que buscan juntas una misma cosa sienten un mayor
estímulo para el esfuerzo común. La
resistencia o el desinterés de uno bloquea el
esfuerzo de todos. Las actitudes y las emociones
individuales positivas o negativas de una persona en un
grupo contagia fácilmente a los demás a
través de una especie de comunicación
inconsciente.
Contemplar es
fijar la atención en el objeto considerado, penetrar
en su intimidad, dejarse penetrar por él sin
resistirse ante el movimiento de encanto y de
admiración que suscita. En la oración
contemplativa, el objetivo de la atracción, de la
atención interior, del encanto y de la
admiración.., es el Señor. El que contempla no
piensa activamente, no calcula, no conversa. Se trata de una
intensa actividad interna, silenciosa. De una experiencia
interior. A veces el sujeto explota en exclamaciones de
alegría, de júbilo, de gratitud, de tristeza,
de maravilla...
Hay quienes
descubren la oración contemplativa simplemente por
miedo a perder el tiempo. Hay quienes creen que orar es
hacer algo: pensar, reflexionar, pronunciar palabras, leer,
cantar, etc. Está claro que todo esto puede ser
también oración; todo depende, naturalmente,
de la disposición interior del sujeto. Pero
contemplar, o sea orar sin decir nada y sin pensar
activamente, es seguramente una oración más
profunda y más provechosa para el crecimiento de la
unión del hombre con Dios que cualquier otra
oración: "¡Marta, Marta! Tú te preocupas
y te apuras por muchas cosas, y sólo es necesaria
una. Maria ha escogido la parte mejor, que no se le
quitará" (Lc 10,41-42).
Una de las
condiciones personales para aprender a contemplar es tener
el coraje de sentarse a los pies del Señor
simplemente para mirar..., para escuchar..., para amar y
dejarse amar. El contemplativo no hace nada. Deja que el
Señor haga con él lo que quiera. Se limita a
tomar conciencia de las maravillas que el Señor
realiza en él.
Es
difícil explicar lo que siente la persona en
oración contemplativa. La mirada fija en Dios y en su
reino, el secreto movimiento afectivo del corazón y
la misteriosa respiración del alma entregada a las
cosas del Espíritu son cosas más o menos
inexplicables. Se trata de una experiencia que se vive. No
hay palabras para describirla adecuadamente. Es tan
imposible querer explicar como querer hacer comprender
qué es el perfume del jazmín a una persona que
nunca lo ha olido. Es un conocimiento que se adquiere
solamente por la experiencia personal. La experiencia
interior de la unión íntima con Dios es tan
simple y tan espiritual, que no puede reducirse a ninguna
idea bajo la forma de imagen sensible. Sólo la
experiencia..., únicamente la
experiencia...
La
contemplación es una vivencia absolutamente personal
e interior. Puede ir acompañada de gestos exteriores
que, sin embargo, no expresan el contenido vivencial de la
oración. Este permanece secreto, conocido
únicamente por el sujeto. Por eso la oración
contemplativa, aunque se haga en grupo, es siempre
estrictamente personal, a pesar de que el sujeto siga siendo
plenamente consciente del hecho de ser miembro de un grupo,
de una comunidad, de la Iglesia.
Podemos
forjarnos una vaga idea de cómo es la unión
íntima con Dios a través de la
descripción que hizo Jesús de su unión
con el Padre. El evangelista Juan afirma que "el Hijo
unigénito está en el seno del Padre" (Jn
1,18). Jesús declaró también: "Yo y el
Padre somos una sola cosa" (Jn 10,30). Y en otro lugar:
"Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que también
ellos sean una sola cosa en nosotros..." (Jn 17,21). Otra de
sus palabras: "Volveré otra vez y os tomaré
conmigo..." (Jn 14,3), es una clara indicación de
cómo actúa el Señor en el alma del que
se deja amar por él. Contemplar es dejarse amar por
el Señor. Es estar enteramente disponible a él
con plena conciencia de esa disponibilidad y de ese deseo de
querer ser únicamente suyo.
La mentalidad
horizontalista que nace de la actitud tendenciosamente
social puede ser un sincero esfuerzo de vida espiritual. Sin
embargo, es sumamente difícil -por no decir
imposible- llegar por ese camino a una verdadera
oración contemplativa. Todo indica que el
descubrimiento de san Agustín es válido para
todos los que buscan un encuentro más profundo y
más personal con el Señor. "Tarde te
amé, oh Belleza, tarde te amé. Sí;
tú estabas en lo más íntimo de mi mismo
y yo estaba fuera de mí. Yo te buscaba fuera de
mí".
Santa Teresa
se extraña de que algunos tengan miedo de entrar
decididamente por este camino para progresar en la vida de
oración: "No entiendo eso que temen los que temen
comenzar oración mental, ni sé de qué
han miedo".
Al hablar de
la necesidad de orar y de la satisfacción que
experimenta el que aprende a orar de veras, la misma santa
escribe: "Para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a
mi (el Señor) es la puerta la oración; cerrada
ésta, no sé cómo las hará,
porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y
regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y
limpia y con ganas de recibirlos. Si le ponemos muchos
tropiezos y no ponemos nada en quitarlos, ¿cómo
ha de venir a nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios
grandes mercedes!"
El
Señor habla a quienes lo escuchan. Su palabra es
misteriosa. Únicamente es perceptible en el silencio
del corazón estrechamente unido a él. Los
sentidos son puertas abiertas al mundo exterior. El reino de
Dios está dentro de nosotros, nos advirtió
Jesús. Por consiguiente, las realidades espirituales
no pueden ser percibidas por los sentidos exteriores.
Sólo los sentidos interiores -la imaginación,
la fantasía, la representación, el
sentimiento, la impresión...- son suficientemente
sensibles para percibir las cosas del
espíritu.
Si quieres
oír lo que el Señor te dice, cierra tus
sentidos exteriores -la vista, el oído, el tacto, el
olfato y el gusto-, recógete en tu interior
más intimo, entra con el Señor que está
allí, permanece en su santa presencia y fija tu
atención en él. El te hablará si
estás suficientemente abierto y atento a sus
palabras. Cualquier distracción es un ruido que apaga
su voz. Sólo puedes oírla en el silencio
más profundo de tu cuerpo y de tu mente.
La
contemplación es un tipo de oración muy
simple. No tiene nada de difícil y complicado. A
muchos les puede parecer difícil precisamente porque
no saben ser sencillos. La excesiva
intelectualización y racionalización llevan al
hombre a calcular sus actitudes y sus comportamientos
delante de las realidades con que se enfrenta. Pero
sólo la actitud simple y auténtica del
niño consigue penetrar en la profundidad de las
vivencias simples y naturales. Aprender a orar es reaprender
a ser simples y puros como fuimos en tiempos de nuestra
infancia. Se trata de un redescubrimiento de aquello que, en
nuestros años infantiles, nos era muy familiar.
Desgraciadamente, en el mundo tecnológico educar
puede significar cambiar la naturaleza espontánea del
hombre en unos comportamientos y actitudes artificiales,
más útiles para los objetivos
pragmáticos de la sociedad de producción y de
consumo. Por fortuna, siempre es posible el retorno a un
humanismo verdadero. l3asta con querer y adoptar los medios
adecuados para ello. Y éstos están actualmente
bastante difundidos gracias a las publicaciones de
divulgación de la psicología aplicada a las
más diversas finalidades. Existen ya buenos estudios
de psicología aplicada a la vida de
oración.
La Virgen
María es un modelo extraordinario de vida
contemplativa. Maria es imprescindible en la vida cristiana.
Ejerce un papel pedagógico indispensable en la vida
del que quiere aprender a orar. Si orar es amar, entonces
hemos de comprender cómo nadie amó tanto como
María a su divino hijo Jesús. Nadie en el
mundo estuvo tan estrechamente unido a él como su
madre. Por eso mismo, nadie jamás entró tan
profundamente como ella en los misterios del corazón
de Dios. Esta es la más importante de sus
credenciales para que la consideremos como nuestra maestra
en los trabajos de aprendizaje de la
oración.
No cabe duda
de que una de las actitudes que más agradan al
Señor en sus amigos es la de una filial
veneración a la Virgen Maria, su augusta madre. El
mismo nos la presenta como modelo: "Jesús, viendo a
su madre y junto a ella al discípulo que él
amaba, dijo a su madre: 'Mujer, he ahí a tu hijo'.
Luego dijo al discípulo: 'He ahí a tu madre'"
(Jn 19, 26-27). Jesús y aquellos a los que él
ama tienen la misma madre. Son hermanos. El es siempre el
hermano mayor. Por eso mismo, en cualquier dificultad
podemos contar con él. En cierto modo, él se
responsabiliza de nosotros.
El primer
modelo de un hijo es siempre su madre. Procura imitarla
espontáneamente. En la medida en que consigue copiar
el modelo que está continuamente ante su vista, va
creciendo en la vida. Se desarrolla en el sentido de la edad
adulta como la madre.
Lo mismo
ocurre con el devoto de la Virgen Maria. En la medida en que
imita el admirable ejemplo de su vida, se aproxima al ideal,
a Jesucristo, su hermano, que a su vez forjó su
humanidad siguiendo el prodigioso modelo de esta mujer
singular. Es ella, la Virgen, madre de Jesús y madre
nuestra, la misteriosa mujer descrita por Juan como "una
gran señal que apareció en el cielo: una mujer
revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de
doce estrellas sobre la cabeza" (Ap 12,1).
La vida de
Maria se caracteriza por unas actitudes espirituales que
estimulan poderosamente nuestra vida de oración.
Maria, la Virgen que escucha, la Virgen en oración,
representa en la Iglesia el modelo más perfecto de
unión con Jesucristo. Ved, por ejemplo, a Maria al
pie de la cruz. ¿Quién contempló
jamás la pasión de su divino Hijo con amor,
con dolor, con sentimiento de compasión, como ella?
Con su ejemplo anima a los cristianos y les indica ese
excelente medio de contemplación del misterio de la
pasión.
El que vive un
amor profundo a Jesucristo no puede menos de amar y de
imitar también a su heroica y santa Madre. Una de las
manifestaciones más tiernas de ese amor es la
celebración de las fiestas marianas. Las
invocaciones, las preces y las celebraciones relacionadas
con el culto de veneración a la Virgen siempre son
muy apreciadas para el que ama al Señor.
La
oración pasiva es una actitud semejante a la de
Maria, que se dejó esclavizar por el Señor.
Santa Teresa lo comprendió muy bien. En la
oración más profunda, el alma, "si se hace
pedazos a penitencias y oración y todas las
demás cosas, si el Señor no lo quiere dar,
aprovecha poco. Quiere Dios por su grandeza que entienda
esta alma que está Su Majestad tan cerca de ella que
ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella
misma con él y no a voces, porque está ya tan
cerca que en meneando los labios la entiende". Y
continúa la santa con la idea de esclavitud: la
oración pasiva "es un recogerse las potencias dentro
de si para gozar de aquel contento con más gusto, mas
no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa de
manera que -sin saber cómo- se cautiva; sólo
da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien
bien sabe ser cautivo de quien ama". Al hablar de la
oración de quietud, dice: Cuando tenía cerca
de veinte años "comenzó el Señor a
regalarme tanto por este camino, que me hacia merced de
darme oración de quietud y alguna vez llegaba a
unión, aunque yo no entendía qué era lo
uno ni lo otro ni lo mucho que era de preciar, que creo me
fuera gran bien entenderlo. Verdad es que duraba tan poco
esta unión, que no sé si era Avemaría;
mas quedaba con unos efectos tan grandes, que, con no haber
en este tiempo veinte años, me parecía
traía el mundo debajo de los pies".
Tan
iluminadora es la descripción de santa Teresa, que no
puedo prescindir de presentar al lector algunas otras
transcripciones de su maravilloso texto: "Tengo para mi que
un alma que llega a este estado que ya ella no habla ni hace
cosa por sí, sino que de todo lo que ha de hacer
tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válgame
Dios, qué claro se ve aquí la
declaración del verso y cómo se entiende
tenía razón y la tendrán todos de pedir
alas de paloma! Entiéndese claro es vuelo el que da
el espíritu para levantarse de todo lo creado y de si
mismo el primero, mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso,
vuelo sin ruido". Al hablar de la oración mental
profunda, la santa comenta: "No es otra cosa oración
mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Y
también: "Entiende (el alma) que no quiere sino a su
Dios, mas no ama cosa particular de él, sino todo
junto le quiere y no sabe lo que quiere; digo no sabe porque
no representa nada la imaginación ni, a mi parecer,
mucho tiempo de lo que está en sí no obran las
potencias; como en la unión y arrobamiento el gozo,
aquí la pena las suspende".
Unos frutos
personales importantes de la contemplación son los
sentimientos de paz, de tranquilidad interior, de
disponibilidad, de gozo de poder amar, de felicidad... Para
el que contempla, estos sentimientos son como un paladar
definitivamente adquirido. Despiertan la tendencia a
buscarlos siempre, de experimentarlos de nuevo
continuamente. El que ha descubierto la verdadera
contemplación no se cansa jamás de
contemplar.
|