- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
8.
Orar con satisfacción
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"Así
como abundan en nosotros los padecimientos de
Cristo, así también, por Cristo,
abunda nuestra consolación" (2 Cor
1,5).
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"Bendito
sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo..., que nos consuela en todas nuestras
tribulaciones (2 Cor 1,34).
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En el
capítulo 4 de su carta a los Filipenses, san Pablo
habla de la alegría, del gozo y de la paz de aquellos
que viven junto al Señor y permanecen
íntimamente unidos a él por medio de la
oración constante: "Alegraos en el Señor
siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra benignidad sea
notoria a todos los hombres. El Señor está
cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino
más bien en toda oración y plegaria presentad
al Señor vuestras necesidades con acción de
gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos
en Cristo Jesús" (Flp 4,4-7). La paz, la
alegría y la satisfacción interior son
sentimientos que sólo pueden percibirse en una
actitud interior de sencillez. Es que "el que no reciba el
reino de Dios como un niño no entrará en
él" (Mc 10,15). Y Jesús se alegra de que estas
cosas hayan sido dispuestas de esta manera: "Yo te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
habiendo ocultado estas cosas a los hombres sabios y
hábiles se las has revelado a los sencillos" (Lc
10,21).
Ir a Dios es
fácil. No es tan complicado como esos pasos que han
de dar los hombres para encontrarse con algún
personaje importante. No es necesario ser
diplomático, o político, o experto en
cualquier tipo de conocimiento. Basta con ser pobre, es
decir, tan limitado y tan sencillo como un
niño.
Orar no es
hacer cosas, pronunciar palabras simbólicamente
ricas. Estas no son en la oración más que unos
vehículos sensibles, más o menos elocuentes,
de los contenidos de la intimidad del corazón. La
oración no es algo que se cree o que se invente a
partir de palabras, de ideas o de técnicas
psicológicas. Como el amor, y también como el
odio, la envidia, el orgullo, etc., la oración es
algo que nace del corazón que ama. Es un estado del
alma.
Hay quien
lleva en su pecho un corazón orante sin saberlo. Una
fuente riquísima que no puede brotar porque
está tapada por una pesada piedra. Espiritualmente,
este hombre vive adormecido. Ignora la riqueza de vida que
está oculta en él. Le basta con apartar la
piedra para que la oración brote
espontáneamente a chorros. El hombre de
oración es un hombre nuevo, regenerado. Un hombre
cuyo adorno no es lo exterior, "sino el interior, que radica
en la integridad de un alma dulce y tranquila: he ahí
lo que tiene valor ante Dios" (1 Pe 3,4).
En el caso de
los educadores y de los formadores no se trata de educar a
sus alumnos para la oración por medio de
técnicas. Se trata siempre y exclusivamente de un
problema de autoformación. Aquí el papel del
educador y del formador consiste en crear condiciones
favorables, condiciones que estimulen y faciliten la
búsqueda para el descubrimiento. La semilla de la
oración duerme en lo más íntimo del
corazón de todos los hombres. Sólo puede
germinar y crecer si se la estimula convenientemente por
medio de factores de orden educacional. Los educadores y
formadores plantamos, Apolo riega, pero sólo Dios
puede hacer crecer.
El que no ora
es como el hombre que duerme espiritualmente. Sus funciones
orgánicas existen, pero no tiene conciencia de ellas.
Es igualmente incapaz de controlar sus movimientos y de
ordenarlos con vistas a un comportamiento libre. Aprender a
orar es también aprender a despertar y a dar vida a
la gracia bautismal, que permanece inactiva por
congelación.
En el hombre
natural se constata una falta de consistencia. Una
discrepancia entre el cuerpo y el espíritu, que
repercute en su ser como un desequilibrio y una disonancia
existencial. Todos los hombres experimentan un anhelo
profundo de unificación y de armonía.
Sólo la oración es capaz de sanar esa
contradicción interna. Desencadena energías
latentes, que son las únicas capaces de restablecer
el equilibrio primitivo perdido por el pecado, cuyas
nefastas consecuencias todos hemos heredado.
La
auténtica experiencia de Dios sigue generalmente el
modelo paulino. Antes de conocer y de aceptar la buena
nueva, la fe de Saulo, un hombre integro, pero que
perseguía ferozmente a los cristianos, se regulaba
únicamente por los dictados de la antigua ley
mosaica. El acontecimiento estrepitoso en el camino de
Damasco puso a aquel hombre en contacto directo con la nueva
realidad del evangelio de Jesucristo. La evidencia de
aquella realidad lo aplastó. Lo dejó
triturado. No pudo ya resistir al ímpetu de la gracia
como hasta entonces. Sucumbió a la evidencia de los
hechos. Resolvió entregarse en cuerpo y alma a ese
Jesucristo que, unos meses antes, él mismo
había ayudado a crucificar en uno de los suyos como
un pérfido impostor. Entonces se le abrieron los ojos
a una verdad deslumbradora: Jesucristo ha resucitado de
entre los muertos y es el hijo de Dios vivo entre
nosotros.
A partir de
este encuentro personal con Jesucristo, Pablo empezó
a apasionarse por el nuevo amigo. Luchó con él
y por él para la expansión de su reino de
salvación sobre la tierra. Se llenó de orgullo
por Cristo. Lo siguió con decisión. Y por
él arrostró toda clase de dificultades y de
peligros, resuelto a no retroceder ni siquiera ante la
muerte.
Cualquier
persona que en cualquier momento de su vida haya hecho un
descubrimiento semejante al de san Pablo sigue generalmente
los mismos pasos que él en su crecimiento espiritual.
El que ha descubierto experimentalmente a Jesucristo no
puede menos de vincular a él toda su vida. La santa
humanidad de Jesucristo permite vivir la relación con
Dios de un modo más palpable, más activo y
más humano. Esto lo facilita todo en la vida
espiritual. La experiencia de Dios se hace más viva,
más concreta y más humana cuando se vive de
este modo. Santa Teresa de Jesús afirma que no hay
otro camino más rápido, más verdadero y
más eficaz para llegar a la unión
íntima con Dios que éste. A partir de la
humanidad de Jesucristo, el misterio de Dios se hace
más accesible al hombre.
Santa Teresa
de Jesús, la maestra de espiritualidad en Occidente,
hizo personalmente la experiencia de esta realidad
mística. Afirma que es más fácil llegar
a Dios a través de la relación personal e
íntima con la santa humanidad de Jesucristo.
Aconsejaba decididamente seguir este método en la
búsqueda de progreso espiritual. La persona de
Jesucristo era el punto central de todas sus preocupaciones
en su vida de oración, de trabajo y de relaciones
interpersonales en la comunidad y fuera de ella. Habla de
Jesucristo como una mujer apasionadamente enamorada de su
amado. Todo en su vida giraba en torno a Jesucristo. El era
también el objeto de sus amores juveniles. Deseaba
morir mártir por él. Realizó la
maravillosa experiencia del matrimonio místico con
Jesucristo, al que se refería apasionadamente como
"mi divino esposo". Hasta el fin de su vida vivió
intensamente esta realidad mística.
Entre los que
poco o nada entienden de vida espiritual hay algunos que
consideran el extraño modo de vivir de santa Teresa
de Jesús como un conjunto de fenómenos
histéricos y mitomaníacos. Fuera del contexto
de la fe esos fenómenos no encuentran realmente otra
explicación. Pero si la santa se hubiese casado y
hubiera vivido esos mismos sentimientos en relación
con el hombre amado, sus ignorantes detractores la
considerarían probablemente tan sólo como una
mujer normalmente apasionada. Y su hipotético marido
se sentiría, ciertamente, un verdadero
afortunado.
Pero la fe
simple y encarnada (no la mitomanía o la paranoia),
vivida con mucha generosidad, puede llevar al hombre a esas
realidades místicas. La verdadera mística no
es sinónimo de histeria, de fanatismo o de
mitomanía. Es una actitud y un comportamiento normal
y coherente de una persona capaz de creer en una realidad
más allá de las cosas materiales y sensibles.
La realidad religiosa del cristianismo no ha nacido de una
imaginación exaltada o de las piadosas suposiciones
de una mentalidad fanática. Tiene el aval de la
irrefutable revelación divina y la garantía
plena de la historia, junto con el apoyo moral de la
experiencia plurisecular de los hombres.
Santa Teresa
de Jesús recomienda vivamente que el punto de
referencia de nuestra relación con Dios sea la santa
humanidad de Jesucristo: "¿Quién nos quita estar
con él después de resucitado, pues tan cerca
le tenemos en el sacramento adonde ya está
glorificado?... Con tan buen amigo presente, con tan buen
capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo
se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es
amigo verdadero. Y veo yo claro y he visto después
que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes,
quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima,
en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy, muy muchas veces
lo he visto por experiencia; hámelo dicho el
Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de
entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes
secretos"'. Y continúa la santa: "Así que
vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque
esté en la cumbre de contemplación; por
aquí va seguro. Este Señor nuestro es por
quien nos vienen todos los bienes; él lo
enseñará; mirando su vida es el mejor dechado.
¿Qué más queremos de un tan buen amigo al
lado, que no nos dejará en los trabajos y
tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado
quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe
sí".
Imitar a
Jesucristo es aprender a decir "¡Abba, Padre!",
"Padre, Padre mío", como él. Para poder
repetir con toda sinceridad, con autenticidad y
espontaneidad estas palabras, es necesario ser un poco como
Jesús, sentirse realmente hijo del Padre.
Se trata de
todo un proceso de transformación interna. El medio
más excelente, tal vez el único realmente
eficaz, de estimular y de dinamizar este proceso es la
oración. El que quiera progresar tiene necesidad de
revisar constantemente su vida para verificar si está
o no en ese proceso. Únicamente aquellos que se
encuentran realmente envueltos en este proceso de
crecimiento pueden rezar con todo su corazón:
"¡Padre nuestro, que estás en los cielos...!"
¡Cuántos hermanos nuestros no conocen al
Señor! Entrar en el proceso de transformación
del hombre natural en hijo de Dios y hermano de Jesucristo
supone una decisión y un trabajo personal de
colaboración con la gracia. Sin esa revisión
constante corremos el peligro de dejarnos enredar por la
presión materialista que hoy se hace sentir por todas
partes.
Hay un trabajo
personal en el que nadie puede sustituirnos. Nadie puede
llevarnos a una mayor y más generosa entrega a Cristo
si nosotros mismos no estamos dispuestos a ello. El
descubrimiento de la realidad personal, quizá
más negativa que positiva, puede despertar un primer
movimiento interior dirigido a una progresiva
transformación. Ser sinceros con nosotros mismos es
una buena señal para el comienzo de este trabajo de
una lenta conversión.
Cada persona
se representa al Señor como puede. La imagen que
aparece en la fantasía coincide generalmente con una
de las muchas que hemos visto y que nos impresionaron
profundamente en el pasado. Es importante saber que
Jesús no está realmente presente del modo como
nosotros nos lo representamos mentalmente. Pero lo cierto es
que él está de algún modo junto a la
persona que se pone en su presencia de acuerdo con lo que
él mismo nos explicó. El nos escucha. Para
orar basta con que sintamos que él está
ahí, a nuestro lado, de la misma manera como el ciego
siente la presencia de una persona a la que no puede
ver.
Imaginar que
Jesús está a nuestro lado es uno de los
métodos más prácticos de vivir
constantemente en la presencia de Dios. Permite entretenerse
familiarmente con él incluso durante nuestras
ocupaciones. Santa Teresa de Jesús practicaba este
método de oración y lo recomendaba vivamente a
todos. Afirma que por este medio se puede llegar
rápidamente a una estrecha unión con el
Señor.
Ciertos tipos
de contemplación pueden presentar dificultades a
algunas personas. Hay algunos que encuentran difícil
sumergirse en una situación imaginativa porque no
comprenden la significación simbólica profunda
que esto encierra. Confunden el símbolo con la
irrealidad. De ellos dice Tony de Mello, autor de
Sadhana, un camino de oración, que esas
personas "están tan enamoradas de la verdad de la
historia, que pierden la verdad del misterio. La verdad para
ellos está únicamente en la historia, no en la
mística". Los santos viven sus piadosas imaginaciones
y fantasías como verdades místicas. Saben muy
bien que ésta es una realidad distinta de las
realidades materiales. Vividas con fe, estas piadosas
imaginaciones o fantasías se convierten en
maravillosas realidades espirituales de las que los
contemplativos sacan ricos efectos de crecimiento en el amor
al Señor y a la Virgen María.
Todas las
contemplaciones imaginativas utilizan ciertos
símbolos o se basan en ciertos hechos
históricos. Ayudan a descubrirse a si mismo, a Dios y
la relación que se puede establecer con él. El
sujeto se proyecta en ellas de modo parecido a como se
proyecta en los sueños. Los sueños no
engañan. Dicen siempre algo verdadero de la realidad
interior del soñador. Por eso mismo permiten conocer
al verdadero yo. En la profundidad de su ser, la persona es
realmente tal como aparece en sus sueños... y en su
modo auténtico de contemplar.
A pesar de la
sorprendente semejanza de algunos aspectos de la actividad
contemplativa con la actividad onírica, es preciso no
confundir la una con la otra. Desde el punto de vista
epistemológico hay por lo menos una diferencia
esencial entre contemplar y soñar. Contemplar es un
acto libre con valor de acto intencional y humano. Por
consiguiente, confiere a quien lo realiza una
responsabilidad personal igual a la de cualquier otro acto
humano libre. Por el contrario, el acto de soñar se
reduce a una manifestación espontánea
determinada por una necesidad instintiva de autodefensa del
equilibrio de la personalidad. Contempla el que quiere. El
soñar es una función psicobiológica
espontánea semejante a las necesidades de descansar,
de trabajar, de crear, de comer.
Vivenciar una
auténtica fantasía o una contemplación
imaginativa significa transformarse en un ser más
verdadero. Cambia entonces el modo de relacionarse con Dios
y con los demás hombres. De ahí se deduce la
gran utilidad que tiene este tipo de oración. Sirve
para la expansión del hombre y para darle su
verdadera dimensión humana y espiritual.
Santa Teresa
de Jesús, la maestra espiritual más docta del
Occidente, defendió siempre con denuedo la
utilización de la imaginación y de la
fantasía en la oración. Vivenciaba en la
profundidad más íntima de su ser las escenas
piadosas que se imaginaba. Afirma que éste fue
siempre el modo más simple y más fácil
de sumergirse en los secretos del Señor. Mejor que
cualquier otro santo, ella supo huir del pensamiento activo
para orar y contemplar en el ámbito del afecto y de
la imaginación. Oraba de seguido, imaginándose
estar junto al Señor en su agonía del huerto
de los Olivos. Procuraba consolarle en esta situación
de extrema penuria. Imaginaba y vivenciaba amorosamente
otras muchas situaciones, en las que conseguía
comunicarse íntimamente con el Señor para su
gran provecho espiritual. Para que se dé un
aprovechamiento real de crecimiento espiritual en este tipo
de oración contemplativa es imprescindible que la
vivencia no se limite a una actividad puramente mental.
Tiene que ser, sobre todo, una experiencia interior del
"corazón".
De la manera
con que santa Teresa de Jesús escribe y explica su
método de orar se puede deducir que aquella mujer
estaba realmente enamorada de Dios. Le doy a esta
palabra la fuerza que se le da cuando la utilizamos para
decir que fulano o fulana está enamorado o enamorada
de éste o de aquél, de esta mujer o de
aquélla. "Puede representarse delante de Cristo y
acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y
traerle siempre consigo y hablar con él, pedirle para
sus necesidades y quejársele de sus trabajos,
alegrarse con él en sus contentos y no olvidarse por
ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras
conforme a sus deseos y necesidad. Es excelente manera de
aprovechar y muy en breve, y quien trabajare a traer consigo
esta preciosa compañía y se aprovechare mucho
de ella y de veras cobrare amor a este Señor a quien
tanto debemos, yo le doy por aprovechado". La santa
explicó también que tenía dificultades
en representarse imaginariamente cosas no concretas que
pudiese ver como si estuviesen allí: "Yo sólo
podía pensar en Cristo como hombre; mas es ansi que
jamás le pude representar en mi -por más que
leía su hermosura y veía imágenes-,
sino como quien está ciego o a oscuras, que, aunque
habla con una persona y ve que está con ella (porque
sabe cierto que está allí, digo que entiende y
cree que está allí), mas no la ve. De esta
manera me acaecía a mi cuando pensaba en nuestro
Señor; a esta causa era tan amiga de imágenes.
¡Desventurados de los que por su culpa pierden este
bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le
amaran holgáranse de ver su retrato, como acá
aún da contento ver el de quien se quiere
bien".
Esta parece
ser una indicación más o menos clara respecto
a los momentos de sequedad espiritual que la santa
conocía como cualquier otro mortal: "Ni yo gozaba de
Dios ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en
los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a
Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del
mundo me desasosegaban; ello es una guerra tan penosa, que
no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto
más tantos años".
Al comentar el
sufrimiento de la sequedad espiritual, santa Teresa de
Jesús escribe: "Si el hortelano se descuida y el
Señor por sola su bondad no torna a querer llover,
dad por perdida la huerta (i. e. las consolaciones), que
así me acaeció a mi algunas veces, que,
cierto, yo me espanto y, si no hubiera pasado por mi, no lo
pudiera creer. Escribolo para consuelo de almas flacas como
la mía, que nunca desesperen ni dejen de confiar en
la grandeza de Dios. Aunque después de tan
encumbradas como es llegarías el Señor
aquí cayan, no desmayen si no se quieren perder del
todo, que lágrimas todo lo ganan; un agua trae
otra... Yo quisiera aquí tener gran autoridad para
que se me creyera esto... Digo que no desmaye nadie de los
que han comenzado a tener oración con decir: si torno
a ser malo es peor ir adelante con el ejercicio de ella. Yo
lo creo si se deja la oración y no se enmienda de el
mal; mas, si no la deja, crea que le sacará a puerto
de luz".
Creo que es
muy interesante para nuestro propósito reproducir a
continuación una página de la
autobiografía de la santa, en donde nos habla de su
sufrimiento interior debido a la aridez espiritual: "Para
mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me parece a
mi conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con regalos,
por que pueda sufrir algunos trabajos que ha querido Su
Majestad tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo,
de letras, de entendimiento, que veo hacer tanto caso de que
Dios no los da devoción (sensible), que me hace
disgusto oírlo, no digo yo que no la tomen -si Dios
se la da- y la tengan en mucho, porque entonces verá
Su Majestad que conviene; mas que cuando no la tuvieren, que
no se fatiguen y que entiendan que no es menester -pues Su
Majestad no la da- y anden señores de si mismos;
crean que es falta, yo lo he probado y visto; crean que es
imperfección y. no andar con libertad de
espíritu, sino flacos para acometer.
Esto no lo
digo tanto por los que comienzan (aunque pongo tanto en
ello, porque les importa mucho comenzar con esta libertad y
determinación), sino por otros; que habrá
muchos que lo ha que comenzaron y nunca acaban de acabar. Y
creo es gran parte este no abrazar la cruz desde el
principio, que andarán afligidos pareciéndoles
no hacen nada; en dejando de obrar el entendimiento no lo
pueden sufrir, y por ventura entonces engorda la voluntad y
toma fuerza, y no lo entienden ellos. Hemos de pensar que no
mira el Señor en estas cosas, que aunque a nosotros
nos parecen faltas no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra
miseria y bajo natural mejor que nosotros mismos y sabe que
ya estas almas desean siempre pensar en él y amarle.
Esta determinación es la que quiere; estotro
afligimiento que nos damos no sirve demás de
inquietar el alma y, si había de estar inhábil
para aprovechar una hora, que lo esté cuatro... Y
ansi es bien, ni siempre dejar la oración cuando hay
gran distraimiento y turbación en el entendimiento ni
siempre atormentar el alma a lo que no puede".
¿Y las
distracciones en la oración? Oiga el lector lo que
santa Teresa de Jesús dice sobre ello: "Harta mala
ventura es de un alma que ama a Dios ver que vive en esta
miseria y que no puede lo que quiere, por tener tan mal
huésped como este cuerpo... Ansi que tomo a avisar -y
aunque lo diga muchas veces no va nada- que importa mucho
que de sequedades ni de inquietud y distraimiento en los
pensamientos nadie se apriete ni aflija. Si quiere ganar
libertad de espíritu y no andar siempre atribulado,
comience a no se espantar de la cruz y verá
cómo se la ayuda también a llevar el
Señor y con el contento que anda y el provecho que
saca de todo...".
En contra de
lo que a veces se oye decir respecto a las consolaciones en
la oración, santa Teresa de Jesús cree que son
un cosa buena y útil para una buena oración.
Habla de orar con satisfacción. "Era tan
grande el deleite y suavidad que sentía, y muchas
veces sin poderlo excusar, puesto que veía en
mí por otra parte una grandísima seguridad que
era Dios, en especial cuando estaba en la oración, y
veía que quedaba de allí muy mejorada y con
más fortaleza".
En otra
página de su admirable autobiografía la santa
continúa: "Bien entendía yo -a mi parecer- le
amaba (a Su Majestad), mas no entendía en qué
está el amar de veras a Dios como lo había de
entender... No me parece acababa yo de disponerme a quererle
servir, cuando Su Majestad me comenzaba a tornar a regalar.
No parece sino que lo que otros procuran con gran trabajo
adquirir granjeaba el Señor conmigo que yo lo
quisiese recibir, que era ya en estos postreros años
darme gustos y regalos. Suplicar yo me los diese ni ternura
ni devoción, jamás a ello me atreví;
sólo le pedía me diese gracia para que no le
ofendiese y perdonase mis grandes pecados; como los
veía tan grandes, aun desear regalos ni gusto, nunca
de advertencia osaba... Sólo una vez en mi vida me
acuerdo pedirle gustos estando con mucha sequedad, y como
advertí lo que hacia, quedé tan confusa que la
misma fatiga de yerme tan poco humilde me dio lo que
había atrevido a pedir. Bien sabia yo era licito
pedirla, mas parecíame a mi que lo que es a los que
están dispuestos con haber procurado lo que es
verdadera devoción con todas sus fuerzas, que no es
ofender a Dios y estar dispuestos y determinados para todo
bien".
Que vea el
lector amigo cómo la misma santa, maestra en la vida
de oración, vivió la llamada oración de
quietud: "Esta quietud y recogimiento del alma es cosa que
se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella
se pone con grandísimo contento y sosiego de las
potencias y muy suave deleite... (Es oración que se
hace) no con ruido de palabras, sino con sentimiento de
desear que nos oiga. Es oración que comprende mucho y
se alcanza más que por mucho relatar el
entendimiento. Despierte en si la voluntad algunas razones
que de la misma razón se representarán de
verte tan mejorada para avivar este amor y haga algunos
actos amorosos de qué hará por quien tanto
debe, sin -como he dicho- admitir ruido del entendimiento a
que busque grandes cosas. Más hacen aquí al
caso unas pajitas puestas con humildad (y menos serán
que pajas si las ponemos nosotros) y más le
ayudarán a encender, que no mucha leña junta
de razones muy doctas -a nuestro parecer- que en un credo la
ahogarán... Porque por la voluntad de Dios todos
llegan aquí y podrá ser se les vaya el tiempo
en aplicar escrituras; y aunque no les dejarán de
aprovechar mucho las letras antes y después (de la
oración), aquí en estos ratos de
oración poca necesidad hay de ellas -a mi parecer- si
no es para entibiar la voluntad; porque el entendimiento
está entonces de verse cerca de la luz, con
grandísima claridad, que aun yo, con ser la que soy,
parezco otra".
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