- Pedro
Finkler
Orar
(Capítulo
11 de su libro "Buscad al Señor con
alegría)
9.
Orar siempre
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"Estad
siempre alegres, orad sin cesar" (1 Te: 5,
16).
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Esta
recomendación de Cristo, repetida luego por san
Pablo, no puede, ciertamente, interpretarse como un consejo
para que estemos continuamente rezando oraciones. En primer
lugar, orar o rezar no consiste fundamentalmente en hacer
algo. Es más bien un modo característico de
ser del cristiano que ama de verdad al Señor. Es ser
algo así como el que está apasionadamente
enamorado. Estar enamorado es ser y sentirse muy diferente
de cuando no se estaba enamorado o se ha dejado de
estar.
El estado de
oración supone también la experiencia de una
esperanza alegre. Estar enamorado no es todavía el
gozo de estar casado. Este es el último estado que se
presiente en el enamoramiento. La alegría de la
esperanza de poder realizar el anhelo más
íntimo de unión con otro ser nace en la
adolescencia, crece en el enamoramiento, se incrementa en el
noviazgo y se consuma en el matrimonio. En el desarrollo de
la vida espiritual, las cosas ocurren de una manera
semejante. Hay primero una etapa de adolescencia espiritual:
es el momento en que se descubre al Señor como un
valor capaz de satisfacer el deseo profundo de darse a
alguien. La etapa siguiente es aquella en que se escucha la
llamada concreta del Señor; se trata de una etapa
parecida al enamoramiento; la persona procura multiplicar
los encuentros con el otro: vocación para la vida de
oración. Cuanto más se profundiza en el
espíritu de oración, tanto más unida al
Señor se siente la persona. Se va intensificando el
deseo de una unión más estrecha y el vago
presentimiento de que esa unión se va realizando
progresivamente. Algo así como un compromiso de
matrimonio. Este es un estado de una seguridad tan grande de
estar ya el alma tan unida al Señor, que el simple
pensamiento de un rompimiento eventual le asusta y le hace
sufrir horriblemente. Al mismo tiempo crece de un modo
extraordinario la alegre esperanza de poder algún
día gozar cara a cara de la presencia de aquel con
quien se vive ya místicamente una unión
inseparable. La experiencia de esta permanente
alegría al ver aproximarse un gran acontecimiento
largo tiempo soñado y percibido como irreversible es
un estado de la persona. En el caso presente es el estado de
oración. "Tomar conciencia de este gozo no es
apoderarse totalmente de él. Es rozarlo levemente con
la punta de los dedos. Pero lo poco que se consigue percibir
tiene ya cierto sabor a infinito y hace presumir un todo
situado más allá".
Así
pues, ser contemplativo es disfrutar de la constante
alegría interior de ser del Señor, de estar
siempre con él, de estar en sus manos, de ir siempre
acompañado por él. Es un sentimiento
permanente de paz y de seguridad semejante al del
niño que se sabe amado por su madre, que sabe que
podrá contar siempre con ella. Esta atmósfera
de alegría, de paz, de tranquilidad y de seguridad es
la señal de la presencia del Señor. La
oración es una actitud delante de Dios, la cual nos
transforma interiormente en un alma orientada hacia
él.
El estado
contemplativo es el resultado de una gracia muy simple: la
de la fidelidad a los importantes deberes de la vida
cristiana. El que se preocupa de cumplir los deseos del
Señor demuestra que lo ama de veras. El Señor
está siempre presente en la vida de esa persona
amiga. Su vida se transforma realmente en vida de
oración. Un gran amor al Señor produce el
sentimiento de su constante presencia. Cuanto más
profundo, intenso y auténtico sea ese sentimiento,
tanto más profunda será la
oración.
Orar es amar.
Amar es abrirse a alguien, acogerlos permanecer
interiormente con él; es estar vinculado a él
vitalmente; es comunión en el pleno sentido de la
palabra; es tener conciencia de no estar uno solo... Un
misterio sublime que satisface los anhelos más
íntimos del ser humano. Una humilde, simple y
silenciosa presencia junto al Señor que nos
seduce.
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