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El desierto es
indispensable
en el itinerario del coraz�n a Dios
"Él
te condujo por el desierto, y en esa tierra seca y sin agua
ha hecho brotar para ti un manantial de agua de la roca
dura" (Dt 8,15).
Te
invito a entrar en una experiencia de Jes�s en el desierto: en
soledad de comuni�n, en el silencio del encuentro, en la presencia
amorosa de Dios en ti, y la tuya en �l.
El desierto te expone, en desnudez total, ante el misterio
de Dios que envuelve. Nada ni nadie podrá interferir
tu encuentro, "lo
verás cara a cara, y llevarás su nombre en tu
frente" (Ap 22,4).
Sé consciente de que el lenguaje del Amor te es
revelado como don del Espíritu que te capacita para
entenderlo y vivirlo.
El desierto es el lugar del despojo del propio yo. La
inmensa aridez que te rodeará, hará
desaparecer de ti todas aquellas cosas que no son
imprescindibles en tu vida. Desnudará tu alma, y te
despojará de todo, incluso de lo que consideras como
más amado.
Te acercará al encuentro con Dios, porque la vaciedad
en la que vivirás, te hará plenamente
disponible para Él, postrado ante el misterio
insondable de su voluntad.
El desierto es indispensable para todo aquel que busca a
Dios, fijos los ojos en Jesús, alentado por la
nostalgia que el Espíritu hizo nace en ti gracias al
don del agua que te dio vida.
El desierto te libera, te deja desnudo delante de Él,
te ayuda a comprender las cosas desde dentro, desde otra
perspectiva que todo tiene en Dios.
En el desierto la oración se simplifica mucho:
descubres que orar es ser simplemente tú, ante
Él. Porque nada ni nadie te condiciona, te
limitarás a estar, en la transparencia de tu realidad
ante Dios, al que buscas porque lo añoras, con un
amor cada vez más fuerte. Y aprendes a vivir con un
amor confiado, abandonado, en medio del desierto, y
sumergido en el mar del Amor... consumido por su
agua.
El Pueblo de Israel caminó por el desierto durante
cuarenta años. Moisés vivió en
él antes de acoger la misión que Dios le
quería confiar.
Jesús fue al desierto para enfrentarse a los cuarenta
días de tentación y de prueba, en los que se
preparó para la predicación del Reino,
después de haber vivido en la plena voluntad del
Padre que lo había enviado al mundo, para ser Palabra
visible y cercana del Amor Salvador de Dios.
María vive sus años de Nazaret, en el silencio
de una vida oculta en la sencillez de lo cotidiano, como un
tiempo largo de desierto en el que se prepara para acoger el
misterio del proyecto de amor del Padre para ella, en el
Espíritu.
Pablo cruza el desierto en el camino de conversión a
Damasco. Allí experimenta la fuerza de la luz que,
deslumbrándole, le hace caer del caballo e iniciar un
intenso proceso de conversión.
El desierto también es indispensable para ti.
Será un tiempo de gracia, ya que es una etapa por la
cual ha de pasar todo aquel que quiera dar fruto en Dios.
Descubrirás la necesidad del silencio, de la
interiorización y de la renuncia a todo lo superfluo,
para que Dios pueda construir en ti su Reino y hacer crecer,
en cada uno, el espíritu interior, la vida de
intimidad con Dios, en el diálogo directo con
Él.
El Espíritu que te ha conducido al desierto, te
llevará a mantenerte en una comunión interior
en la fe, la esperanza y la caridad.
Después, purificado por la fe, alentado por la
esperanza confiada, y transformado por el Amor que te
invade, podrás dar fruto, en la medida en la que tu
ser interior se ha dejado convertir al Amor.
En el silencio de María, en el abandono confiado en
las manos del Padre, en la comunión sincera y cordial
con los hermanos, "manteniendo tu mirada en Jesús",
entra en el camino interior del desierto, porque necesitas
andar por sendas de paz y de encuentro hacia el
océano de Amor que es Dios.
Senderos de
silencio
El objetivo de tus primeros pasos, en esta experiencia
espiritual que estás iniciando, es sencillo y claro:
En la serenidad y en la paz, busca el silencio.
Reencuéntrate con la unificación interior en
Él.
Tu camino se desenvuelve habitualmente en un entorno de
actividad, más o menos intensa. Desde tu
opción por Jesús se supone que lo vives todo
en una perspectiva de fe. Ahora, se te va a pedir que te
reencuentres con el núcleo central de tu
opción de vida, que es Él, y en una actitud de
amor, vives en disponibilidad tu relación fraterna, y
el don que haces de ti mismo en la cotidianeidad de tu
tierra. Todo ha de ser expresión de un mismo y
único amor que se vive en ti.
En él vives en la armonía y el equilibrio
interior, en la paz y la serenidad del alma. No olvides el
objetivo final: ser coherente con tu opción de vida y
las exigencias que comporta. Tu coherencia tendrá su
raíz en el amor, y su fruto será
también la ofrenda que haces de ti mismo.
Podrás afirmar: Amor... Amor... Amor... sólo
quiero dar amor, comunicarlo. Sólo quiero amar...
entrar a descubrir el misterio que encierra el
Amor.
Es el corazón de la vida, es el alma del silencio:
abres tu vida al Misterio del proyecto de Dios para ti. En
el silencio, el Espíritu correrá el velo que
lo cubre.
Déjate guiar por Él. Porque el encuentro con
el amor, muchas veces, se hace en una ruta de pura fe, en el
que, aunque no lo sientas, estás viviendo en la ruta
del amor.
De este amor que vives y experimentas en tu encuentro "cara
a cara" con el Señor Jesús, nacerá como
un manantial de agua que, después, revertirá
en bondad, comprensión, compasión y ternura en
tu relación con los demás.
En el itinerario de tu corazón hacia Dios, el
desierto será indispensable para ti.
Entra en él, a pie descalzo, disponible para
encontrar la voluntad de Dios para ti, en el misterio del
Reino.
"No
deb�is nada a nadie, s�lo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)
(Tomado de
http://www.dominicosaragon.org/)

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