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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
PRIMERA
PARTE :
LAS
DOCE MORTIFICACIONES
-
CAPÍTULO
I
-
Del
menosprecio de las cosas temporales y de tres grados de
pobreza
Ante todo
está la mortificación de toda afición a
las cosas temporales. Aquí se podría preguntar
si es necesario, para vivir en estado de perfección,
hacer voto de pobreza voluntaria y renunciar a todas las
cosas temporales, pues se lee en el Evangelio que dijo
Nuestro Señor: «Si quieres ser perfecto, vete,
vende lo que tienes y dalo a los pobres; luego ven y
sígueme» (Mt 19,21).
Los votos
religiosos
A esto responde
Santo Tomás de Aquino diciendo que la
perfección no consiste esencialmente en la pobreza o
en los tres votos, sino en el seguimiento de Cristo,
conformándonos a El por la vida virtuosa. La pobreza
voluntaria y los demás votos son instrumentos, ayudas
y ejercicios para mejor y más rápidamente
llegar a la perfección.
Razón
de la pobreza
La pobreza, pues,
quita los impedimentos que vienen de las cosas temporales;
por ejemplo, la solicitud y deseo de poseerlas. Asimismo se
cierra la puerta a la soberbia, que nace de las riquezas,
como la polilla del paño. Con todo, se puede
conseguir la perfección sin estos tres votos:
Abrahán fue perfecto estando casado y con riquezas.
De igual modo los obispos se hallan en estado más
perfecto que cualquier otro religioso y, sin embargo, tienen
bienes propios. Esto mismo se puede entender de los otros
votos. De aquí se deducen dos cosas.
En
qué consiste la verdadera pobreza
La primera es que
vive con perfección la pobreza voluntaria quien es
capaz de renunciar con paz interior a todos sus bienes
dejándolos al beneplácito del Señor, lo
mismo si se los quita que si se los conserva, y quiere
solamente disfrutarlos por necesidad y para la mayor honra y
agrado de Dios, en cuanto él puede entender, y
teniendo en cuenta además su estado,
condición, naturaleza y otros puntos necesarios a
este respecto; pero si supiese que daba más gusto a
Dios vendiendo todas las cosas y dándolo a los pobres
estaría dispuesto a ello. Tal hombre vive con
perfección la pobreza voluntaria, porque Dios no se
complace tanto en vernos privados de las cosas exteriores
cuanto en la voluntad desnuda de afectos y libre de
ocupaciones. En esto consiste esencialmente la verdadera
pobreza. A ella se refiere San Pablo cuando dice: «Como
quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor
6,10). Esto tiene lugar cuando estamos libres de todas las
cosas temporales de manera tal que, si nos viéramos
desposeídos, permitiéndolo Dios para
probarnos, estaríamos asimismo dispuestos a conformar
libremente nuestra voluntad con la divina. Nada
extraño, claro es, que nuestra natural
condición sentiría cierta contrariedad en un
momento dado, porque somos hombres; pero no habría
culpa alguna ante Dios, siempre que la voluntad deliberada
no consintiera en ello, antes bien mantenga la paz diciendo
con el Santo Job: «Yahvé dio, Yahvé
quitó: ¡Sea bendito el nombre de
Yahvé!» (1,21).
Esta es la pobreza
esencial que deben anhelar y apetecer todos los llamados a
la perfección, y mediante esto podrán ofrecer
siempre mejor a Dios su corazón con sosiego, sin
perturbación y transparente. Estos hombres, aunque
poseyesen un reino, serían siempre pobres
voluntarios. Y, aunque a veces sientan en sus potencias
sensitivas cierto gozo en la prosperidad y tristeza en lo
adverso, en nada disminuye su perfección mientras que
con voluntad deliberada se abandonen libremente al divino
beneplácito y no pierdan la paz en el fondo del
alma.
En segundo lugar se
ha de notar a este propósito que quienes prometieron
pobreza voluntaria, junto con los otros votos, no por eso
han llegado a la santidad, sino que se han obligado a tender
a la perfección con todas sus fuerzas. Cabe
distinguir tres grados de pobreza voluntaria.
Pobreza de
la profesión
En primer lugar,
pobreza de la profesión, que consiste en no tener
nada propio. Es muy imperfecta si se reduce
únicamente a la posesión de bienes materiales,
porque hay muchos en realidad que desean con más
ansias lo que no poseen, y. gr., superfluidad en el comer y
beber, curiosidad en el vestir, y cosas semejantes. Por lo
cual, la pobreza afectiva es lo principal del voto y de la
virtud. Parecen pobres a los ojos de los hombres, pero no
proceden como pobres de espíritu, o sea, con libertad
de corazón, ante Dios.
Canon
En
conclusión, toma esto por norma: cualquier cosa que
usen, aunque fuere por necesidad, trajes, abrigos o cosas
parecidas, si lo poseen con afición desordenada de
manera que si los superiores les privaran de ello lo
llevarían a mal y aun llegarían a murmurar,
entonces ciertamente viven con propiedad a los ojos de Dios
y tendrán que rendir estrecha cuenta ante
El.
Pobreza de
uso
El segundo grado es
la pobreza en el uso de los bienes temporales, es decir, la
de aquellas personas que sólo desean lo estrictamente
necesario y se lamentan de usar lo superfluo, llamativo o
cosas preciosas. Merecen alabanza porque han desprendido su
corazón de todo aquello que no les es necesario, pero
pueden faltar si desean con avidez lo que juzgan necesario.
Porque, por muy necesaria que parezca alguna cosa, y aun
habiéndosenos concedido usarla, nos está
absolutamente prohibido poner en ella el
corazón.
Pobreza
afectiva
El tercer grado es
la pobreza de afecto, que tiene lugar cuando el fiel siervo
de Dios cuida de mantener su corazón en completa
desnudez de manera que ni en las personas ni en las cosas
haya nada capaz de atraerlo. Más aún: acepta
con cierta repugnancia las mismas cosas necesarias; tan
sólo las admite como ayuda y uso necesario al propio
natural para lanzarse mejor con libre y desnudo afecto a los
brazos desnudos del amor crucificado, Jesucristo.
Por tanto, son
realmente pobres de espíritu (Mt 5,3) los que poseen
las cosas temporales con esta libertad de corazón,
como si no las poseyeran. En cambio, quienes hicieron voto
de pobreza y luego ponen su afecto en las cosas son
propietarios a los ojos de Dios.
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