|
Inicio
Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
-
CAPÍTULO
II
- Desarraigo
del amor propio.
- La
triple intención
La segunda
mortificación tiene por objeto rectificar todo deseo
de buscarse a sí mismos al practicar el bien o
absteniéndose del mal, porque proviene del amor
servil con que se aman a si mismos y en todas las cosas
buscan más su provecho que el beneplácito
divino. Por eso Dios tiene en poco sus buenas obras y ellos
mismos se reprueban justamente. Conviene tener en cuenta que
las obras del amor filial y del amor servil son
aparentemente iguales, como los cabellos de la misma cabeza,
pero el amor filial difiere mucho del servil en la
intención.
Amor
filial
La principal
intención del amor filial, al hacer cualquier bien o
rechazar el mal, está en aplacar a Dios, conocer,
agradar, alabar, dar gracias, honrar y cumplir su voluntad
de beneplácito.
Tres modos
de conocer el amor servil
En cambio, el amor
servil se conoce primeramente porque en todos los pecados
que se evitan o en las obras virtuosas y ejercicios que
tratan de poner en práctica se buscan a si mismos.
Huyen de toda mortificación, por ejemplo,
humillaciones, reprensiones, pérdida de bienes
temporales, remordimiento de conciencia, penas del infierno
o purgatorio y cosas semejantes. Buscan el provecho propio,
como alabanzas, honras y glorias humanas, riquezas, bienes
espirituales, gracias sensibles, devoción, dulzura,
visiones y cosas por el estilo. Aun la misma vida eterna. En
todo esto procuran la utilidad personal más que
complacer a Dios. Emprenden cosas grandes, voluntaria,
decidida y alegremente; desprecian el mundo, la sensualidad,
amigos y parientes; practican penitencias serias, entran en
monasterios, observan rigurosamente ordenanzas, estatutos,
silencio, ayunos, disciplinas y cosas semejantes. Pero de
nada les sirve todo cuanto hacen, porque ni entienden ni
cumplen el precepto del amor de Dios.
El amor servil puede
conocerse, además, porque consideran importantes sus
buenas obras y grandes prácticas piadosas más
bien apoyándose en la esperanza y méritos
personales que en la libertad de los hijos de Dios,
redimidos por la preciosísima sangre de Jesucristo
(Rom 8,32; Ap 1,5). Por eso, cualquier gracia sensible,
devoción, dulzura o visión que reciben queda
al instante empañada por su culpa. La propia
complacencia y vanagloria los hace caer en soberbia,
imaginando que son algo y en realidad «siendo
nada» (Gál 6,3). Consiguientemente caen en
avaricia, ansiosos de mayor dulzura, devoción,
revelaciones y visiones.
En tercer lugar
faltan por gula espiritual, o sea, se deleitan en las cosas
precedentes sólo por el gusto natural que ellas
proporcionan. Por último, cometen adulterio
espiritual, o sea, se complacen en las cosas sólo por
el gusto natural que ellas proporcionan. Por último,
cometen adulterio espiritual, es decir, se empeñan de
tal modo en conseguirlo de Dios, recrearse y descansar en
ello, que vienen a olvidarse del mismo Dios y su
beneplácito. Esto lo podrás advertir, porque,
al sentirse privados de devoción, se vuelven
insoportables, pierden la paz, caen en tibieza y llegan a
ser negligentes y perversos. Entonces buscan su consuelo en
las criaturas por obras, palabras, pensamientos y deseos. Se
puede concluir, por tanto, que nunca servirían a Dios
con fidelidad, si supieran que no iban a recibir de
Él recompensa alguna, ni temporal ni eterna, por
ejemplo: gracias sensibles, devoción, consuelos y la
gloria futura. Los que así proceden se hallan en muy
mal estado, porque se sirven de los dones del Cielo para
mayor daño propio.
Mortificación
del amor propio. Intención recta. Los rectos de
corazón
Es necesario
purificar la intención para librarnos del amor propio
al practicar el bien y abstenemos del mal. Para lograrlo se
ponen aquí los tres grados siguientes:
intención recta, intención simple e
intención deiforme.
Se procede con recta
intención cuando se hace el bien o se deja de hacer
el mal principalmente porque así lo quiere Dios.
Refiriéndose a esta intención dice San
Gregorio en Los Morales: «Recto es aquel que no
cede en la adversidad, los bienes terrenos no le doblegan,
se eleva plenamente a las cosas superiores y acata sin
reserva la voluntad de Dios».
Esta
intención, por recta que sea, no basta para la
perfección, porque no es todavía espiritual o
simple, sino que versa sobre la vida activa y la
multiplicidad; gira en torno a las muchas cosas en que se
distrae y altera, aunque tenga a Dios como fin de sus
actividades.
Intención
simple
La intención
simple toca más directamente al alma, porque se llega
a Dios sin medio alguno y es propia de la vida
contemplativa. Obra o deja de obrar ante todo para agradar a
Dios, honrarle, alabarle y proclamar su gloria. Más
aún: hace que todas las obras y ejercicios vayan
ordenados a Dios, o sea, contribuyan a disfrutar plenamente
de la presencia de Dios en abrazo amoroso. Esto quiere decir
simple: que no sólo es recta en el sentido de
fijarse directamente en los actos virtuosos con referencia a
Dios, sino que se orienta primaria y exclusivamente a
Él, centrándose totalmente en El, sin ninguna
dispersión a la multiplicidad exterior. Porque la
intención simple es una cierta inclinación
amorosa del espíritu interior hacia Dios, iluminada
por el conocimiento divino, adornada con la fe, esperanza y
caridad. Constituye el fundamento interno de la vida
espiritual. Así, pues, esta intención se
endereza a Dios inmediatamente, en cuanto es posible,
teniendo como fin primario el agradarle, amarle y honrarle.
Pero nótese que no es únicamente por amor de
Dios, porque aún mantiene algo propio, como es el
hecho de que también en su ejercicio gusta de
consuelos y devoción espiritual. Es verdad que
algunos no lo pretenden propiamente hablando; pero se
sienten contrariados cuando se les priva de toda
devoción y dulzura, o no las reciben con abundancia,
o les visita la adversidad en lugar del favor, desprecios en
vez de honores y así de otras pruebas.
Intención
deiforme
Sólo
sabrán superarlo todo cuando lleguen al tercer grado,
que se llama intención deiforme, porque ésta
se ha unido y asimilado con Dios de tal forma que busca y
ama solamente el honor, la voluntad, gloria y
beneplácito divino, lo mismo en lo adverso que en lo
próspero. Feliz aquel que ha llegado hasta
aquí, pues, como dice San Bernardo, disponer la
voluntad con tal pureza de intención equivale a
unirse con Dios, transformarse en Él y gozar de Dios
en Dios.
Anterior
�ndice
Siguiente
|