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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
III
- Tres
modos de mortificar la sensualidad. Diferencia de pecados
veniales
La tercera
mortificación versa sobre las inclinaciones de la
propia sensualidad. Por sensualidad se entiende lo que se
expone a continuación.
El placer
de los sentidos
En primer lugar, el
placer de los sentidos, que se acrecienta con el deseo de
manjares y bebidas finas, vestidos y lechos de lujo, etc.
Bien entendido que no se prohíbe usar de todo esto,
cuando se hace por exigencias de estado o condicionamiento
social o porque así lo requiere la naturaleza o una
enfermedad. Lo único reprochable está en usar
de ello por mera complacencia de los sentidos, conforme nos
amonesta San Pablo: «No os preocupéis de la
carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13,14).
El placer puede también consistir en pensamientos
lascivos, afectos, palabras, obras, gestos y
múltiples conversaciones con otras personas,
motivadas por el amor sensual.
Apetitos
sensitivos
Viene luego la
sensualidad del apetito que busca gloria y honras humanas,
ostentación, alabanzas, favores y amistades. Asimismo
el deseo de disfrutar de todas las cosas que entran por los
sentidos, mirando cosas bellas, oyendo novedades y cosas
semejantes.
Curiosidad
en el decoro
Lo tercero puede ser
una sensual curiosidad y arreglo exquisito de la casa,
habitaciones, muebles, trajes, vestidos de gala. Del mismo
modo otras muchas cosas que pueden sobrevenir o poseerse con
afición sensitiva haciendo descansar en ello el
corazón. Hay que evitar estos y toda otra clase de
gustos sensibles, como la jarana, cotilleo, comodidades y
regalos, buscados únicamente por el gozo sensitivo.
Porque esto impide progresar en la virtud, e incluso motiva
el retroceso. Se van tornando más difíciles
las prácticas de piedad y toda devoción
resulta insípida, según dice el
Apóstol: «El hombre naturalmente no capta las
cosas del Espíritu de Dios» (1 Cor 2,14). Tales
personas parecen tener a veces devoción y amor de
Dios; sin embargo, esto es ficción y engaño o
un gusto meramente natural de devoción y amor, como
podemos observar que hay hombres alegres y amables por
temperamento, los cuales con cualquier cosa
fácilmente se encienden en amor y deseo. Y aunque la
bondad del Espíritu Santo alguna vez les regale, con
gracias de devoción, lágrimas, amor sensible,
o algo parecido, no aciertan a usarlas provechosamente para
su santificación; y lo que es peor, les perjudican.
Esto es así mientras no hayan muerto a la
sensualidad, porque el principio de aprovechamiento en la
vida espiritual supone la mortificación de todos los
pecados veniales.
Principio
de aprovechamiento. Diferencia de pecados veniales. Los
pecados por fragilidad
Adviértase
aquí la gran diferencia que existe entre cometer
pecados veniales por afición desordenada y caer por
flaqueza u ocasión. Ciertamente que, por debilidad de
nuestra naturaleza, es imposible evitar todos los pecados
veniales. Pero si podemos, en cambio, mortificar la
afición a ellos. Así, pues, faltan solamente
por ocasión o fragilidad natural aquellos que,
estando libres y a solas consigo mismos, antes o
después de la caída, no desean nada que sea
pecado, ni siquiera la mera satisfacción de los
sentidos. Por ejemplo, conversaciones o
compañías de pasatiempo, comer y beber bien,
complacerse en sí mismos o en otros, vanagloria y
cosas semejantes. En cambio, llegada la ocasión, por
su debilidad natural, al instante caen en pecados veniales.
Pero, tan pronto como vuelven sobre si mismos, se duelen de
esto y sienten perfecta aversión y disgusto de todo
aquello que les pudo alejar de Dios. Este pecado venial es
de poca importancia y Dios le perdona tan pronto como el
pecador se siente compungido.
Pecados de
afición
Pecan
voluntariamente aquellos que, antes y después de
haber faltado, hallándose libres de toda
ocasión de pecado, desean tener oportunidades no por
el pecado en sí mismo, sino por el gusto que de ello
redunda, como ocurre, por ejemplo, cuando se tiene
afición a ciertos compañeros por la broma,
conversación y juego; el gusto especial en el comer,
beber, oir novedades, vestir llamativamente u otras mil
maneras parecidas. A éstos nunca les serán
perdonados los pecados veniales, aunque los confiesen muchas
veces, mientras no mortifiquen su afición. Algunas
veces parece que tienen dolor de ellos; sin embargo, no
procede sinceramente del fondo del alma, ni es suficiente
para desarraigar por completo las aficiones del
corazón. Estas personas nunca progresarán en
la virtud, porque todas sus obras están mezcladas de
muchas imperfecciones y abusan de toda gracia y
devoción que reciben del Señor,
convirtiéndolas en ocasión de pecado (Jn
12,10).
Por tanto, es
necesario morir a la sensualidad, sintiendo una perfecta
aversión a todo aquello a que se adhirieron los
sentidos con desordenado afecto. Es la única manera
de salvar el cúmulo de virtudes, penitencia,
misericordia y obras buenas. Del mismo modo que
Caifás profetizó de Cristo diciendo: «Es
mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda
la nación» (Jn 11,50). ¡Oh si
conociésemos la muchedumbre de los que obran grandes
cosas inútilmente o casi sin provecho!
Quedaríamos realmente muy sorprendidos, porque con
frecuencia a los ojos de Dios es podredumbre lo que parece
maravilloso al juicio de los hombres.
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