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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
IV
- La
mortificación del amor
desordenado.
- Diferencias
de amor
-
La cuarta es la
mortificación perfecta de toda pasión de amor:
mundano, natural y adquirido. Y esto porque toda
percepción amorosa suscita en el corazón
imágenes muy vivas, especialmente al procurar
reconcentrarse en Dios. Causan distracción, turban la
paz, manchan el corazón y lo indisponen para el
servicio de Dios. En cambio, si amásemos de todo
corazón al Señor y por amor de Él
diéramos de mano a todas las criaturas, incluso al
amor propio, nuestra imaginación estaría
más llena de lo celestial y la atención a Dios
nos cautivaría hasta sentirnos absortos en el amor
divino.
Amor
mundano
Distintas son las
maneras de mortificar el amor, como diferentes son sus
clases. Ante todo está el amor mundano, así
llamado porque se propone complacer al mundo y teme
disgustarle. Muchas obras resultan defectuosas y viciadas
por el afán de complacer a la gente. Se hacen en
realidad para recibir honores o evitarse humillaciones, y no
para agradar a Dios. Estas acciones carecen de valor. Otros
que las hacen por Dios gustan, sin embargo, de que redunden
en alabanza y honor personal, más por la propia honra
y alabanza que por el amor de Dios y edificación del
prójimo. De igual modo cometen, o están
dispuestos a cometer, muchos defectos y pecados y dejan de
practicar las virtudes con su progreso consiguiente, con tal
de evitar la pérdida de bienes materiales, honras,
favores, amistades. No aguantan a sufrir confusión,
burla, reprensión y desprecio por amor de Dios y bien
de los demás. De todos éstos dice David:
«Pues Dios dispersa los huesos del apóstata, se
les ultraja porque Dios los rechaza» (Sal
53,6).
Amor
natural
Otro es el amor con
que nos amamos a nosotros mismos, al padre, a la madre, a
los hermanos, hermanas y demás parientes. Dios no
prohíbe este amor, porque brota como exigencia
natural; pero es una de las mayores virtudes orientarlo
conforme a la recta razón bajo el amor de Dios,
porque nuestra naturaleza es sutil y se busca a sí
misma en todas las cosas. Resulta dificil superar las
pruebas del amor natural hacia los parientes, desde el
momento que este amor es por si mismo bueno. Dios
probó a Abrahán mandándole sacrificar a
su hijo por amor de Él. Y porque el amor divino
sobrepujó todo amor natural (pues estaba dispuesto a
inmolar a su hijo Isaac en su honor) Abrahán
mereció llamarse amigo de Dios (Gén
22).
* Lo
amable y lo aborrecible en el hombre
Si queremos
conseguir nombre tan feliz, es necesario que no amemos en el
hombre ninguna otra cosa más que a Dios y cuanto a
Él divinamente se refiere, es decir: las virtudes y
la gracia. De igual modo debemos aborrecer solamente los
vicios. Sin acepción de personas, padre, madre,
amigo, consanguíneo, vecino, enemigo. Nadie
aplaudirá las faltas de un amigo por mucho que le
quiera, ni le adule, o desee su presencia,
conversación y familiar compañía, si no
es con la esperanza de poder ayudarle a conseguir la
salvación. Por otra parte, tampoco le considere tan
enemigo que odie en él su natural y virtudes o se
avinagre contra él, mientras pudiera haber esperanza
de salvación. Sirva de ejemplo Cristo Jesús,
quien «con lágrimas y fuerte voz pidió
perdón al Padre Celestial para sus enemigos» (Lc
23,34).
*
Criterio
Ten esto como norma
general: todo amor (natural o cualquiera que sea) que
produce desasosiego en el corazón, alterando su paz
con imaginaciones, especialmente en el tiempo de la
oración, y que pone deseos de ver, hablar o tener
ante sí a la persona amada es amor desordenado. Cabe
la única excepción de que ello sea motivado
por la salvación e instrucción espiritual del
alma. Desagrada a Dios y causa daño grave a los que
desean aprovechar en la vida espiritual.
Amor
adquirido
El tercero es el
amor adquirido, y esto de dos maneras. Primero, por los
encuentros frecuentes y conversaciones. Luego, por los
regalos, servicios, ayudas y pruebas de amistad mutua. Estos
dos amores son buenos, pero tienen el peligro de inducir a
los hombres fácilmente hacia un amor desordenado, que
puede llevarlos hasta el pecado o distraerlos del progreso
en la virtud.
Amor
racional
Al cuarto se le
llama amor racional. Se origina y aumenta con la
consideración de las virtudes de otros santos,
especialmente en el caso de Nuestro Señor. Mediante
esto, la razón nos estimula a amar la virtud y sus
frutos. Y así acontece que algunos, por
inclinación natural o por el constante ejercicio
personal, tienen vivos deseos de amar al Sumo Bien, que es
Dios, hasta anhelar la muerte por El. Puede ocurrir, sin
embargo, que todo ello provenga de la naturaleza, sin la
virtud de la caridad ni gracia de Dios. Por tanto, la
devoción y amor basado en los sentidos no es
garantía de perfección, porque el amor de Dios
se robustece en la medida que el alma sabe negarse a
sí misma practicando los mandamientos y consejos
evangélicos. No hay otro camino.
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