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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
V
- Mortificación
de los vanos y peligrosos pensamientos. Daños que
de ellos se siguen
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La quinta consiste
en mortificar perfectamente los deseos de vivir rodeados de
criaturas. Es necesario convertirse a una total soledad no
ya por aislamiento físico, sino mucho mejor liberando
el corazón y los pensamientos, conforme dice
Séneca en el libro de Las Cuatro Virtudes:
«No des cabida a cualquier divagación: tu alma
quedará triste, si te recreares en ello cuando tratas
de ordenar todas las cosas».
Pensamientos
varios
Distingamos tres
clases de pensamientos. Primeramente los superficiales al
hombre, aunque incidan con frecuencia en la sensualidad. Son
como las olas del mar o el vuelo de las aves. Estas
imaginaciones no son de suyo malas ni constituyen pecado;
con todo, vienen a ser impedimento para el progreso en la
vida interior. Revelan un corazón vacío y
entibian la devoción. Cuando el corazón
está lleno de amor divino no hay cabida para la
frivolidad y tibieza, como rebota un clavo si se intenta
meterlo donde hay otro.
Pensamientos
nocivos
Los pensamientos
nocivos tienen lugar, por ejemplo, cuando alguien se detiene
morbosamente en recuerdos o imágenes, aunque no
lleguen a pecado grave. Estos pensamientos traen gran
daño al corazón, porque obstaculizan
seriamente la acción de la gracia divina o las
mociones internas, contristan al Espíritu Santo,
manchan la morada de Dios y causan hastío en las
prácticas piadosas. Si, por el contrario, tales
pensamientos e imaginaciones tuviesen lugar a disgusto
nuestro, resistiéndolas con prontitud y aceptando
esta molestia como un martirio espiritual, nos
proporcionarían entonces notable mérito, a no
ser que nosotros, por deseos inmortificados de la
sensualidad, hayamos dado ocasión a esos pensamientos
e imaginaciones, como queda dicho.
Causa de
los malos pensamientos
Las dos clases de
pensamientos mencionados se originan generalmente de nuestra
incuria e inmortificación. Porque no somos diligentes
para enderezar con energía el corazón hacia
los buenos pensamientos, sino que le dejamos, por costumbre,
divagar en cosas superfluas y pensamientos inútiles o
nocivos, perdiendo el tiempo tontamente. En especial,
mientras nos sentimos privados de la gracia y
devoción sensible, experimentamos desgana para todo
ejercicio espiritual, y entonces requerimos cierto consuelo
fuera de nosotros, distrayéndonos, hablando, riendo y
otros pasatiempos. Cuando queremos luego recogernos en
soledad, el corazón está saturado de
distracciones. Ocupado con tales pensamientos es imposible
progresar en la virtud. La soledad, el silencio y la
estrecha guarda de nuestro corazón son el principio y
fundamento del progreso espiritual.
Pensamientos
que intranquilizan el corazón
La tercera clase de
pensamientos son de suyo buenos, pero hacen perder la paz
del alma. Unos provienen del justo cuidado de los bienes
temporales. Otros por devaneos escrupulosos y
pusilánimes. Pueden ser también sobre bienes
espirituales, como ocurre a los que investigan curiosamente
los misterios de Dios y la vida eterna.
A los hombres de
sutil ingenio y activos por naturaleza les resulta
más difícil librarse de todo pensamiento. Sin
embargo, es necesario deshacerse de cuanto pueda turbar la
paz del corazón: esta paz favorece en gran manera la
comunicación amorosa con Dios. Dios es uno: nada
mejor que la simplicidad de corazón para encontrarle.
Y porque es amor eterno, el mejor modo de conquistarle es el
deseo y el .amor.
Memoria de
Cristo en el corazón
Esto no quiere decir
que te prives de toda representación. Te propongo la
imagen Jesucristo, «reflejo de la luz eterna, un espejo
sin mancha de la actividad de Dios» (Sab 7,26).
Tendrás siempre ante tus ojos la imagen de Cristo
crucificado con deseos de imitarle y grabarás en tu
alma su disposición de humildad profunda,
menosprecio, paciencia, suavidad, y las demás
virtudes insondables, que sobrepasan la capacidad humana.
Actualiza esta imagen en todo lugar, en todo tiempo, en toda
palabra, en toda ocupación; interior y exteriormente,
en la prosperidad y en la adversidad. Si estás
comiendo, moja tus bocados de pan en su sangre. Cuando
bebas, acuérdate del brebaje que le dieron estando
crucificado. Si te lavas las manos o el cuerpo, piensa en la
sangre con que Él lavó tu alma. Si vas a
dormir, considera el lecho de la Cruz y acuérdate de
la corona de espinas al apoyarte sobre la almohada. Con
estas consideraciones aumentarás la compasión
amorosa y el deseo de seguir sus pisadas. Con mayor
fidelidad reflexionarás sobre el amor infinito con
que todas las cosas fueron creadas por Él. Considera
asimismo el misterio de la Encarnación, a Cristo
dechado de todas las virtudes, cómo nos
redimió con su muerte, nos preparó la vida
eterna y ha prometido dársenos a sí mismo. De
este modo, los pensamientos que pudieran distraer se
convertirán en combustible para la llama del amor. El
conocimiento se trocará en caridad perfecta, porque,
a impulsos del amor sobrenatural, brota la
mortificación de la naturaleza, aumenta la vida
divina en el alma, se vigorizan las virtudes más
nobles y nos elevamos a Dios por el desprendimiento de las
criaturas.
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