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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
VI
- De
cómo debemos ahorrarnos toda preocupación
innecesaria y de la administración de las cosas
externas
-
La sexta es la
perfecta mortificación de las cosas externas, que no
son estrictamente necesarias, ya sea por necesidad
espiritual o en virtud de obediencia. Podemos comprender
aquí la verdadera diferencia entre la vida activa y
la contemplativa. En la primera se procede como criados
fieles de Dios; en la otra se vive íntima amistad con
el Señor.
Algunos, al
convertirse, eligen obedecer a Dios, a la Santa Iglesia y a
sus superiores; se ejercitan en las virtudes, buenas
costumbres, fiel observancia de los estatutos y ordenanzas,
buscando en todo honrar a Dios y no a sí mismos.
Creen que la máxima perfección consiste en los
ejercicios propios de la vida activa: oraciones vocales,
meditación de los propios pecados, de la muerte, del
juicio. La Pasión del Señor tan sólo
para moverse a compasión. Pero son incapaces de
penetrar en los ejercicios de la vida contemplativa. La
razón es porque en la vida activa se sienten
más satisfechos y les parece ser más
meritoria. Por eso en su conciencia ocupan un primer plano
las obras que ellos hacen y no Dios, por quien se hacen.
Están divididos en su corazón,
distraídos e inestables; porque viven todavía
en ellos las pasiones naturales, que fácilmente les
impacientan, mientras no lleguen a la vida contemplativa.
Sólo ésta amortigua todas las pasiones
naturales, es decir: el desorden de la alegría,
tristeza, complacencia, vanagloria, impaciencia, esperanzas
vanas, excesiva timidez, etc. Se privan a sí mismos
de la paz y del conocimiento del hombre interior, porque no
andan bien recogidos ni están unidos plenamente a
Dios. Sólo entonces descubrirán los
íntimos, ocultos y amables caminos del
Señor.
Voz de
Jesús al alma
Entenderán la
voz de Jesús en el alma: «No os llamo ya
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a
vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he
oído de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn
15,15).
Cómo
se consigue la vida interior
Por consiguiente, el
que quiera vida interior necesita desearla vivamente y
pedirla a Dios, aplicándose a ella con toda
diligencia. De Nuestro Señor vienen la gracia y
auxilios para las prácticas externas y para los
ejercicios amorosos del hombre interior, en la medida que
cada uno se dispone, haciendo lo posible de su
parte.
Prácticas
externas y deseos de vida interior
Así, pues, si
quieres ser hombre de vida interior, es necesario que
purifiques tu corazón hasta vaciarlo de todo lo que
no sea Dios. Y que todas las obras exteriores y ocupaciones
hechas por causa razonable o en virtud de obediencia
aprendas a hacerlas sin dispersión ni ansiedad, con
la mente y corazón puestos en el Señor. Es muy
de alabar todo lo que se hace en oculto; pero en esas mismas
obras hay que evitar la dispersión y ansiedad del
corazón, que entibian la devoción y exponen al
hombre a muchas tentaciones y asechanzas del enemigo. La
naturaleza y la sensualidad se complacen más en
sí mismas, en sus vanidades y caprichos. El
entendimiento se oscurece, el alma y todo ejercicio resulta
desabrido.
Modo de
superar las tentaciones
Si quieres, pues,
vencer las tentaciones del demonio, de la carne y del mundo,
todas tus fragilidades e imperfecciones y tus naturales
pasiones, esfuérzate en todo tiempo por mantener el
ánimo introvertido y tu deseo en Dios. Procura poner
más actos interiores de amor que prácticas
exteriores de virtud. Porque una ocupación, que viene
a disipar el corazón, con la costumbre termina por
crear cierto desasosiego e intemperancia, aunque se trate de
cosas buenas. Llega a tal punto la divagación de la
mente que resulta imposible frenarla en el tiempo de la
oración. Impide que las potencias inferiores del alma
consigan recogerse con cierto sosiego. Nadie es capaz de
llegar a este recogimiento, si no tiene el corazón
libre de toda criatura hasta el punto de sentirse
atraído por Dios Nuestro Señor y gustar de
menospreciarse por amor de Dios. Porque el amor puro crea un
espíritu puro, simple y libre de todas las cosas;
levanta sin dificultad el vuelo hasta Dios. Donde
está el amor allí va la memoria y el
corazón; allí hay capacidad para recogernos en
intimidad con Dios y a la vez para ejercitarse divinamente
en las obras exteriores.
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