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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
VII
- La
dulzura del amor de Dios desecha la amargura del
corazón
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La séptima es
la perfecta mortificación de toda amargura del
corazón.
Cosas que
crean un corazón amargado
Notemos que la
amargura del corazón radica en una de estas cinco
causas. Ante todo, la presunción de las propias obras
virtuosas: muchas penitencias, prácticas piadosas u
otras que parecen buenas a juicio de los hombres, pero que
se originan de un corazón propietario, soberbio,
inmortificado. Son en realidad mortificaciones falsas,
repugnantes a los ojos de Dios. Sirven para enorgullecerse y
despreciar fácilmente a los demás
juzgándolos en el corazón y quizá con
palabras como el fariseo: «No soy como los demás
hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco
como este publicano» (Lc 18,11). No hay nadie en peor
situación que éstos, porque sus propias
virtudes les perjudican y ellos crean fácilmente
discordia entre los demás, pensando y
juzgándolos falsamente, como dice San Gregorio:
«El hombre perfecto se inclina a compasión
fácilmente, pero quien lo es sólo en
apariencia no puede tolerar las flaquezas humanas ni a los
pecadores. Esto es señal de una conciencia amargada,
altanera e intranquila, como dice San Juan
Crisóstomo: El que critica las cosas ajenas con
severidad, esto es, los defectos de los demás, nunca
merecerá el perdón de sus delitos, mientras no
cambie de actitud». Pero si esto lo ha hecho costumbre,
apenas tendrá esperanza de enmendarse.
En segundo lugar,
esta amargura procede de la negligencia en la propia
mortificación. Esta acrimonia se manifiesta
principalmente contra los prelados y superiores, cuando
niegan lo que se les pide o mandan hacer lo
contrario.
Los
murmurantes
Yo te advierto de
verdad que los hombres no cometen cosa más
reprensible ante Dios que la murmuración,
especialmente cuando se ataca a prelados y superiores.
Porque, como advierte San Agustín, el pueblo de
Israel en el Antiguo Testamento ofendió a Dios
principalmente murmurando contra El. Es decir: contra
Moisés y Aarón, los jefes que Él les
había dado. Lo refiere Moisés con estas
palabras: «No van contra nosotros vuestras
murmuraciones, sino contra Yahvé» (Ex 16,16).
Por lo demás, apenas hay esperanza de que
éstos progresen en la virtud.
La
murmuración, hija del Infierno
En efecto, la
murmuración es hija única de los demonios
infernales. Ellos la tomaron por esposa y la mandaron
apacentar todos los monasterios. ¡Oh pecado maldito!
¡Oh bestia aborrecible! Tú devoras las obras
buenas. Tú eres quien atiza el fuego infernal.
Tú haces a la pobre alma demoniforme, no deiforme.
Por merecer tú la ira divina fue necesario que
Datán y Abirón con sus descendientes bajaran
vivos a los infiernos en cuerpo y alma. Por tu culpa
Coré con otros doscientos cincuenta hombres
perecieron en terribles llamas y quedaron sepultados con
cuerpo y alma en los abismos (Núm
16,31-33).
Tercero. Esta
amargura nace de la envidia que brota contra otros, debido a
que han tenido para ellos ciertas palabras, hechos, signos o
gestos displicentes. Lo exageran mucho
interpretándolo todo en el peor sentido, aunque las
cosas no sean malas de por sí. Esto procede de que
quieren ver en el otro solamente lo vituperable y difamante
y lo que pueda ocasionarle daño.
Hay que evitarlo a
toda costa, porque procede de un fondo de odio y
envidia.
La amargura tiene
una cuarta causa: el deseo de la propia complacencia. Porque
quieren ser vistos, amados y alabados; que los superiores o
aquellos con quienes tratan, incluso los seglares, los
tengan por buenos. Cuando ven que uno se va superando cada
día y que merece estima y honor de la gente, entonces
se concentra la envidia en él y se empeñan en
humillarle y quitarle la fama por detracción y otros
medios parecidos.
Una quinta causa de
esta amargura radica en la propia perversidad, y esto por
dos razones: primeramente por mala, intranquila y amarga
conciencia, con lo cual el murmurante se vuelve tan
fastidioso que se hace insoportable para los
compañeros; se convierte en copa rebosante de todas
las faltas. Perverso por sí con los mismos ojos mira
a los demás y todo lo interpreta en el peor de los
sentidos. Como cuentan de los basiliscos, que hieren
mortalmente con su veneno a cuantos alcanzan con la vista.
Así son aquellos que no aciertan a juzgar a otros
más que con el rasero de su propia
mezquindad.
Ceguera
ante la gracia de Dios
La segunda
razón es porque, como ellos siguen siendo tan malos y
poco mortificados, sienten envidia de que la gracia divina
produzca tan notables virtudes en los demás.
Querrían privar de tanto bien a los hombres
virtuosos, humildes y devotos, para caer en los mismos
defectos que ellos tienen. Como no lo pueden conseguir, se
burlan de ellos y, enojados, los persiguen con palabras y
con hechos. Pecan contra el Espíritu
Santo.
Conclusión
Es preciso superar
toda acrimonia y consumirla en el fuego del amor de Dios, si
queremos progresar en las virtudes. Hay que estar dispuestos
a abrazar a nuestros enemigos y perseguidores con sincero
corazón, como si fueran los mejores amigos que
podemos tener. Lo son en realidad, aunque no por el afecto.
Pues aquellos que nos persiguen nos acarrean un
mérito mayor y una más preciosa corona de
gloria.
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