|
Inicio
Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
-
CAPÍTULO
VIII
- La
vanagloria y soberbia bajo los pies. Deseo del propio
menosprecio
-
La octava es la
perfecta mortificación del deseo de vanagloria y
propia complacencia, honor mundano y soberbia, mediante el
perfecto conocimiento y deseo de todo desprecio. Dos cosas
principalmente se pretende significar con esta palabra. Lo
primero, que es menester renunciar por completo a toda
vanagloria y complacencia que pudiera resultar de cualquier
obra virtuosa, gracias o regalos de Dios. Es necesario saber
morir a todo esto mediante el conocimiento perfecto de la
propia vileza.
La
vanagloria, lo que más aborrece Dios
Porque nada hay tan
pernicioso para el hombre espiritual, ni hay nada que
desagrade tanto a Dios como la vanagloria y propia
complacencia. Por eso, cuentan de un alma consagrada,
llamada Clara, que por una breve tentación de
vanagloria Dios la retiró, durante quince
años, la abundancia de su divina dulzura y espiritual
iluminación. Y que en todo ese tiempo ni siquiera con
sus lágrimas, trabajos y súplicas pudo
recuperar la primera consolación. No debe
asombrarnos, ya que en esto consiste la diferencia entre los
siervos fieles y los infieles.
Diferente
motivación
El siervo bueno
puede ayunar, vigilar, orar, hacer limosnas y otras obras
virtuosas de verdad. El infiel puede hacer aparentemente lo
mismo; pero le falla la intención: no lo hace
únicamente por agradar a su Señor ni lo
atribuye a su gracia. Se lo apropia y se gloría en
estas cosas con particular complacencia, ensalzándose
y teniéndose por grande, mientras que debería
humillarse y juzgarse indigno. En resumen: el abuso de la
gracia le causa más daño que
provecho.
Los tres
ojos de la verdadera humildad
Por consiguiente,
debe andar solicito y reconocer sin fingimiento que es
indigno de toda gracia y que es el pecador más
despreciable entre todos los hombres. Para llegar a este
resultado procederá abriendo los tres ojos siguientes
del conocimiento. Con el primero considere la muchedumbre,
torpeza y gravedad de sus pecados. Reconozca asimismo la
inmensa gratitud a la gracia que Dios le dio para
consolidarse en las virtudes y abandonar los
pecados.
Con el segundo ojo
piense en los muchos pecados de que le ha preservado
solamente la gracia de Dios; no porque él por si
mismo los haya podido rechazar. Dios le ha librado de
ocasiones y tentaciones de pecados mortales, en que hubiera
caído más gravemente que cualquier otro, de
haberle faltado la gracia divina.
Sírvale el
tercero para reflexionar sobre la abundante liberalidad de
la gracia divina, que recibió sin méritos
propios. El mayor pecador del mundo, si hubiera recibido
tanta gracia, seria más grato a Dios, la hubiera
conservado mejor y más fielmente la habría
cultivado. Y lo que es más: el mayor pecador del
mundo hubiera podido convertirse y vivir muy santamente,
como sucedió con Pablo, la Magdalena y otros.
Meditando en esto, la gracia de Dios le podría llevar
a darse cuenta realmente de que él es el mayor
pecador del mundo. Y, si es bueno, que lo es tan sólo
por gracia de Dios. Podría asimismo hacerse grato al
Señor por la humillación.
Las
alabanzas humanas
Lo segundo que se ha
de procurar es morir plenamente a la pasión
desordenada de alabanzas humanas, honras, favores y
complacencia, deseando que todos le desprecien, burlen y
confundan. ¡Oh qué raros son los que buscan y
desean estas virtudes y mucho más escasos quienes
hacen por adquirirlas! Posiblemente se encuentra alguno que
no busca honores ni obra por agradar a otros; sin embargo,
son rarísimos los que en el fondo de su
corazón desean ser postergados, confundidos, burlados
y despreciados. Y aunque piensen a veces que se desprecian a
sí mismos, en el fondo de su corazón
desconfíen. Será verdad cuando lo experimenten
en carnes vivas; por ejemplo, recibiendo inesperadamente
grandes desprecios y confusión silo aceptan al
instante con todo gusto sin alterarse.
Desprecio
de sí mismo
Y si dijeres que tal
confusión y desprecio no te va a ocurrir, yo te
respondería: es que Dios no te ha reconocido
todavía bastante fuerte y mortificado para esto.
Gusta Dios sobremanera de hallar un corazón
verdaderamente mortificado, para enviarle cualquier
perturbación, desprecio y adversidad exterior, porque
en esto consisten los mayores merecimientos, que reserva
para sus amigos carísimos. Lo demostró Cristo
cuando aceptó la profunda humillación de su
muerte. De igual modo los sufrimientos de su Madre la
Virgen, el martirio de San Juan Bautista y el de todos sus
amados discípulos. Conviene advertir aquí que,
por el hecho de ser el desprecio fuente de merecimientos,
nadie debe atreverse a despreciar a los demás.
Podría él mismo hacerse reo de pecados graves.
Pero si nos sobreviene alguna confusión o desprecio
inesperadamente y, al parecer, sin merecerlo, debemos
aceptarlo gustosamente por amor de Dios.
Anterior
�ndice
Siguiente
|