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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
IX
- Mortificación
del desorden en la dulzura interior y en la curiosidad
del entendimiento
-
La novena es la
perfecta mortificación de todos los deseos y deleites
internos tanto del espíritu como del
sentido.
Se entiende por
deleites interiores las gracias sensibles: devoción,
amor y dulzuras internas que se reciben y disfrutan en las
potencias inferiores del alma. La naturaleza y sentidos del
hombre participan por redundancia. Algunas veces los reciben
también personas que viven y permanecen en pecado
mortal; pero comúnmente lo experimentan aquellos a
quienes Dios quiere apartar del mundo y del pecado. Algunos
ponen todo su empeño y oración en disfrutar de
esta gracia sensible, devoción y dulzura. Mientras no
la consiguen creen que no son capaces de hacer nada bueno;
les parece sin valor todo lo que hacen. Precisamente porque
piensan que el amor de Dios consiste en la devoción y
afecto sensible, pero se equivocan a menudo de medio a
medio.
Razón
de las gracias sensibles
Es un regalo de Dios
que sirve sólo para ayudar al hombre a mortificarse,
apartarle de toda criatura y alegría mundana y
abandonarse al beneplácito de la voluntad de Dios.
Pedir a Dios y buscar esta gracia sensible, devoción
dulzura, podría justificarse únicamente como
medio para aprender a morir a sí mismos y entregarse
más y mejor al amor de Dios. Pero los que lo piden
ansían y buscan solamente por el placer que produce,
y pretenden descansar en ello para acrecentar sus gustos,
ofenden seriamente al Señor. De poco les
serviría abandonar los placeres mundanos por esta
causa. Equivaldría a un simple cambio del gozar
sensitivo por los dos deleites interiores, que producen
mayor gozo. Sucede, en efecto, que tales personas, como no
aciertan a vivir sin sus gustos sensitivos, buscan los
deleites exteriores apenas les faltan los
interiores.
Nadie debe
tenerse por santo
Nadie debe creerse
santo por el hecho de que experimenta gusto sensible en el
amor de Dios; devoción, suavidad y, a veces, como
inundado de gracia. Estas cosas ocurren de ordinario por
nuestra flaqueza y poca mortificación, ya que de otro
modo no buscaríamos a Dios con diligencia, ni le
serviríamos, ni nos desprenderíamos totalmente
del mundo.
Inconstancia
natural
Prueba de ello es
que el hombre siente estas devociones al principio de su
conversión. También es debido a los apetitos
naturales. Efectivamente, hasta cumplir los cuarenta
años, la naturaleza es muy inestable, frágil,
complaciente y afectuosa. Busca en sus ejercicios el
consuelo de gustos y deleites interiores, hasta el punto de
que muchos atribuyen a gran santidad ejercicios cuyo origen
tan sólo radica en la inclinación y gusto
natural. Podemos comprobar diariamente cómo el
corazón de dos enamorados, al encontrarse
frecuentemente, llega a encenderse de tal modo que les
parece estallar. Así éstos. Cuando se creen
inflamados en el amor divino, no hacen más que
acrecentar su gusto natural. Serán realmente santos
en la medida que aprendan a morir a si mismos, conforme a
estas doce mortificaciones que voy explicando. Ni más
ni menos.
Canon
Ten como norma
general que todo lo que podemos pretender, si no va ordenado
a la desnuda mortificación de si mismos por amor de
Dios, tiene mucho de origen meramente natural y se ordena al
egoísmo. Como se ve, las tendencias naturales
levantan cabeza buscándose a sí mismas aun en
aquellas cosas que parecen muy santas. Se creerían
estar ya sometidas a la gracia y al punto vuelven
furtivamente buscándose, sin darnos cuenta. Por eso,
también son pocos los que se conocen a fondo y se
superan perfectamente.
Curiosidad
del entendimiento
En segundo lugar, se
entiende por gustos del espíritu la
satisfacción que cualquiera recibe en las facultades
intelectuales, o sea: por visión, imaginación
o conocimiento, contemplando a Dios en su esencia.
Nótese de paso que algunos se contentan con entender
y discurrir, pero no se ejercitan en el amor. No pretenden
inflamarse en el amor divino. Buscan tan sólo la
curiosidad de aumentar sus conocimientos de cualquier modo
que fuere; por ejemplo: cómo fue la concepción
de Cristo, el nacimiento, la crucifixión, la
ascensión, jerarquías celestes,
distinción de personas en el Misterio Trinitario y
cosas semejantes. Se recrean interiormente en esos
pensamientos, convencidos de que llevan vida de
contemplativos. En realidad están muy lejos de
ella.
Fundamento
de la vida contemplativa
Es preciso
fundamentaría en un ardiente e infinito amor de Dios.
Cada uno debe desear unirse a El y en Él fundirse de
corazón, para que todo aquello en que difiere de Dios
se transforme con el fuego de una perfecta
mortificación de si mismo. Tales personas desean
también indagar y tener conocimiento de muchos
secretos divinos; por ejemplo: comprender unas veces con su
natural ingenio; otras, recibir algunas comunicaciones de
Dios, o en los sentidos o en las facultades internas,
inferiores o superiores.
Lazo del
diablo
Un caso: les parece
ver, con visión corporal, ángeles en el cielo,
al Niño Jesús en el Sacramento y cosas
semejantes. Simulan oír cantar a los ángeles o
que experimentan dulzura sensible en el Sacramento, y
así por el estilo con los demás sentidos. Lo
mismo pretenden en su interior con toda noticia espiritual o
conocimiento esencial de Dios, que se puede tener por
visión.
Al poner sus gustos
y preferencias en estas cosas, trabajan mucho en balde, y
corren peligro de ilusionismo. Porque Dios permite que el
demonio se entere y los engañe con múltiples
visiones, perceptibles por los sentidos o interiormente,
como en los sueños. EIIos, en cambio, anhelan estas
cosas y se gozan en ello; se creen con derecho a tenerlo y
se glorían de recibir tales dones. Se engríen,
se creen muy importantes, se tienen por sabios, se vuelven
obstinados, hijos del demonio.
Ejercicio
seguro
Por eso, el que
quiera vivir fructuosamente debe ordenar todos sus actos a
fin de ejercitarse de veras en el amor de Dios y no para
tener profundo conocimiento de cosas innecesarias. Y si Dios
le regalare con alguna noticia, no deberá, sin
embargo, complacerse en ello o ser crédulo en
demasía, a no ser que primeramente haya procurado,
con discreción y humildad, consultar sobre esto a
quienes tienen discreción de espíritu.
Hallará la paz únicamente estando dispuesto a
vivir en completo abandono por amor de Dios.
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