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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
X
- Los
escrúpulos y su origen
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La décima es
la mortificación de todo escrúpulo de
conciencia, mediante una filial confianza en Dios. Hay
algunos, efectivamente, que son incapaces de tranquilizar
sus conciencias. Tienen sincera contrición, se
confiesan frecuentemente y hacen grandes penitencias, pero
no tienen paz. Viven con cierta ansiedad y temor, sin
verdadera esperanza ni confianza en Dios.
Origen de
los escrúpulos
Sienten grandes
escrúpulos de conciencia y se confiesan repetidas
veces; sin embargo, no trabajan seriamente en corregir los
defectos de donde les viene la ansiedad y
remordimiento.
Esto es señal
de que los escrúpulos radican en el temor del castigo
de Dios y no precisamente en el deseo de perfección.
Se considera pecado lo que de suyo no lo es, y esto por dos
motivos. Primeramente el desordenado amor propio, pues de
ahí procede un temor excesivo a cualquier cosa que le
pueda contrariar. Por lo cual, aunque estos aparecen
exteriormente como fieles observantes de los mandamientos de
Dios y de la Iglesia, en realidad no cumplen el precepto de
la caridad. Porque todo cuanto hacen no lo hacen por amor,
sino coaccionados por el temor, para no condenarse. Por
tanto, obran por egoísmo y no por amor de Dios. No
pueden, pues, confiar en el Señor, porque no son
fieles a Dios; antes bien, toda su vida interior es temor y
temblor, trabajos y miserias. Todos sus ejercicios de
oración, trabajo, penitencias, obras de misericordia.
Todo lo hacen para echar de si algún temor. De nada
les sirve eso. Cuanto más se aman a sí mismos,
tanto mayor es el miedo a la muerte, juicio y penas del
Infierno.
Causa del
temor desordenado
Puede concluirse de
aquí que la causa del temor desordenado es el amor de
sí mismos con que cada uno busca la felicidad, aunque
sea infiel a quien puede hacerle feliz.
Otro motivo de
escrúpulos es la tacañería o amor
calculado para con Dios, pues del poco amor se sigue escasa
confianza. Sólo el amor de Dios lleva al hombre a la
verdadera esperanza y confianza en la divina misericordia,
bondad, liberalidad y gracia. Cuando falta amor, ninguna
virtud, por grande que fuere, ni siquiera la penitencia, es
capaz de crear la confianza.
Confianza
en Dios
Nada hay tan
necesario como una gran esperanza y confianza en Dios, para
aquel que quiere llegar a la perfección. ¡Oh
santa esperanza! ¡Oh dichosa confianza en Dios, con tal
que no arrastre a nadie a la negligencia y pereza para
enmendarse! La esperanza bien entendida induce a una
gratitud más digna y al deseo de adquirir más
perfectamente la gracia, caridad y perfección de
todas las virtudes. Incita a desechar todo lo sensual, a
procurar lo que sirve para mortificación de sí
mismos y a sufrir alegremente cualquier adversidad. Esta
esperanza es verdaderamente necesaria y saludable. Porque
cuanto más espere tanto más agradecido se
muestra y más se reforma a sí
mismo.
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