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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
XI
- Paciencia
en las adversidades. Utilidad de las
tribulaciones
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La undécima
es la perfecta mortificación de toda inquietud e
impaciencia del corazón ante cualquier adversidad
externa: difamación, mofa, maledicencia, calumnia,
pérdida de bienes temporales, amigos y parientes;
incluso persecuciones que pueden ocurrir por
permisión divina. Aquí debemos tener en cuenta
que Nuestro Señor prueba con muchas tribulaciones
exteriores a los que quieren entregarse a la
mortificación de sí mismos, para ver si
perseveran en su propósito, como dijo el ángel
a Tobías: «Porque eras grato a Dios, fue
necesario que la tentación de la adversidad exterior
te probara» (Tob 12,12, Edic. Vulgata). Por la misma
razón fue probado Job, prototipo del hombre justo.
Despojado de todas las cosas y mientras le
contradecían sus amigos y aun su mujer. Más
aún: herido por el diablo, desde la planta del pie
hasta la cabeza, siempre se mantuvo ecuánime y
paciente en su corazón. Ni siquiera faltó en
sus palabras, sino que dijo: «Yahvé dio,
Yahvé quitó: sea bendito el nombre de
Yahvé» (Job 1,21). Del mismo modo Jesucristo,
después de haberle maltratado tanto los
judíos, durante la captura, los golpes, el escarnio,
la declaración de los testigos falsos, la
flagelación y la crucifixión, pendiente en la
cruz, con paz en el alma y gran bondad, entre
lágrimas y en alta voz oraba por sus enemigos
diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen» (Lc 23,34).
Más penas y
afrentas hubiera Él padecido por amor de su Padre y
la salvación de los hombres. Por eso Nuestro
Señor se complace en manifestar su confianza dando
mucho que sufrir a los que dispone para alcanzar los mayores
méritos. ¡Oh si supiéramos con
cuánto amor Dios envía las aflicciones! Las
pediríamos con mucho afecto y las recibiríamos
muy agradecidos de cualquier modo que vinieren.
La
adversidad es un don de Dios
Porque las
tribulaciones son don preciosísimo, que Dios regala a
sus íntimos amigos, para enriquecer sus almas y
hacerlas verdaderamente semejantes a El. Jamás hubo
escultor alguno que trabajase con tanto esmero y
preocupación para conseguir la perfecta
adecuación de rasgos entre la estatua y el modelo
como lo hace Dios con el alma. El Señor,
Todopoderoso, previó con su inmensa sabiduría
desde toda la eternidad y predispuso sobre sus amigos
particulares cómo, mediante tales aflicciones, los
modelaría a semejanza perfectísima de
Jesucristo. A este propósito comenta San
Agustín sobre los Salmos: «Tan pronto como el
hombre cristiano comience a disponerse con perfección
para progresar en las virtudes y mortificación de
sí mismo, empezará a sufrir la maledicencia de
sus adversarios. Quien no lo ha padecido todavía,
podemos decir que no ha hecho progresos. Si alguno no las
padece, ni siquiera intente progresar».
Grados de
paciencia
Hay que distinguir
tres grados de paciencia. Ante todo está el
reprimirse para no tomar venganza por si mismo, ni siquiera
desearla. Este grado es muy imperfecto, porque
frecuentemente permanece amargado el corazón, y de
ahí proceden las murmuraciones, comentarios,
maledicencia, envidia, malas sospechas y cosas semejantes.
Son señales de un corazón todavía no
mortificado y de amor desordenado a si mismo; porque toda
aflicción excesiva, tristeza e inquietud proceden de
un amor desordenado. Como dice San Gregorio: «Quien no
tolera con ecuanimidad los males y persecución que
otros le infligen, él mismo demuestra por su
impaciencia que está lejos de la plenitud del bien, o
sea, de la gracia y las virtudes».
Se da un grado
intermedio cuando alguno no solamente reprime sus deseos de
venganza, sino que también limpia y purifica su
corazón de toda envidia y enojo. Por sí mismo
él no busca, quizá, el libre sufrimiento;
pero, cuando le llega, lo acepta humildemente reconociendo
que es digno de padecer eso y mucho más.
Comprendiendo poco a poco la abundancia de gracia que
mediante esto se adquiere, dispone su voluntad para sufrir
con paciencia cualquier adversidad en adelante. De este modo
comienza la misma paciencia a serle muy
meritoria.
El grado superior es
la paciencia afectiva, la cual, para conformarse a la
pasión del Señor y a todas las cosas que
entonces tuvieron lugar, acepta con gran deseo las
contrariedades que pudieren sobrevenirle, y gusta de padecer
siempre muchas cosas, diciendo con el profeta David:
«El oprobio me ha roto el corazón» (Sal
68,21).
Tales personas
rezuman amabilidad y dulzura divina en abundancia. Las
potencias del alma se sosiegan y esta bondad anega al alma
en divina embriaguez hasta el punto de no sentir ninguna
afrenta exterior, detrimento o pena. Porque consideran toda
persecución como una ayuda para acercarse al Amado y
aman todas las persecuciones como verdaderas ayudas para la
vida eterna. ¡Dichosa el alma que ha llegado hasta
aquí, porque va a descansar eternamente en los brazos
de Cristo!
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