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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
XII
- La
abnegación de la
voluntad.
- Grados
de obediencia. Nobleza del libre
albedrío
-
La duodécima
es la perfecta mortificación de la voluntad
poniéndola plena y gustosamente en manos de Dios,
para sufrir todo interior desamparo por amor de
Dios.
Lo más noble
que Dios ha dado al hombre es el libre albedrío. Sin
él no hay pecado y sólo con él es
posible la perfección. Lógicamente, ninguna
cosa puede causar más daño al hombre que la
propia voluntad.
Voluntad
propia
Ella es, en efecto,
el cimiento sobre el cual se amontona y descansa todo el
desorden de los pecados. Si le diéramos la vuelta, se
derribarían los muros de Jericó, es decir,
acabamos con el pecado (Jos 6). Esto, sin embargo, no quiere
decir que sea necesario el voto de obediencia para alcanzar
la perfección.
Necesidad
de la obediencia
Para llegar a la
perfección, la obediencia es necesaria en el mismo
sentido que se dijo hablando de la pobreza. Sin esta ayuda,
algunos son incapaces de vencerse y morir a si mismos,
porque su amor a Dios es muy escaso. Grande es
todavía la resistencia que oponen a la
mortificación y olvido de si mismos. Por lo cual,
cuando un hombre de buena voluntad es así, necesita
que medie la obediencia para ser inducido al abandono de
sí mismo.
Otros, en cambio,
han llegado ya a tal madurez que se dejan guiar amorosamente
por el espíritu de Dios y su gracia, hasta morir del
todo a la propia voluntad. Se abandonan a la voluntad de
Dios y secundan deliciosamente sus signos. Estos no
necesitan que nadie los tenga que mandar. Bajo la obediencia
divina están prontos para abandonarse a sí
mismos y seguir la voluntad del Señor en cuanto
alcanzan a conocerla. Especialmente en estos tiempos en que
casi todos los superiores de comunidades religiosas
están más dados a las cosas externas que
cuanto atañe a la vida interior. Y por eso sirven
más de estorbo que de ayuda a los súbditos
llamados a la vida espiritual. Por esto hay tanta
negligencia e inmortificación entre ciertos
religiosos. No ordenan sus planes como requiere la vida de
perfección.
A pesar de todo,
quede claro que los verdaderos religiosos necesitan tener su
voluntad dispuesta a vivir bajo obediencia, si entendieren
que esto sería más del agrado de Dios. Por
consiguiente, debemos alabar y no despreciar a los que no
hacen profesión de vida religiosa, con el fin de
tener plena libertad de espíritu para unirse
más y mejor con Dios de día y de noche en
todos sus ejercicios espirituales. No por otra
intención, que sería mantenerse sin compromiso
para dar rienda suelta a las inclinaciones naturales y a los
sentidos. Bien entendido, pues, que debe hacer buen uso de
su libertad con toda diligencia y aceptar la obediencia de
Dios en cualquiera de las formas que ahora
diré.
Obediencia
del voto
Primeramente la
obediencia del voto que se hizo con la profesión. Hay
muchos que, a juzgar por el exterior, cumplen el voto de
obediencia, pero luego demuestran someterse
involuntariamente. Más que cumplir la voluntad del
superior, procuran que él mande conforme ellos
quieren. Si no, se rebelan, murmuran y terminan por no
hacerlo.
Les sería
mucho mejor no haber prometido obediencia, ya que el voto se
les ha convertido en lazo de condenación. Dice San
Bernardo, a este propósito, que quien oculta o
abiertamente procura que el Prelado le mande lo que le guste
él mismo se engaña y en vano se precia de
obediencia a los prelados. En tal caso, más que
someterse al Prelado, hace que el Prelado sea súbdito
suyo.
Obediencia
de conformidad
Consiste en obedecer
no sólo cumpliendo externamente lo mandado, sino en
conformar la voluntad perfectamente con la de los
superiores. El que obedece así no se manifiesta
remiso ni escurre el hombro, ni se lamenta de ser demasiado
grave o duro lo mandado, aun cuando es verdad que alguna vez
le resultará contrario a la naturaleza y los
sentidos. Adviertan, sin embargo, que esta obediencia es
deficiente en la intención, aunque sea perfecta en la
ejecución. Puede ocurrir que obedezcan por temor;
para evitar la reprensión, la humillación, ser
menos estimados o incurrir en la indignación de los
superiores. O, por el contrario, obedecen para complacer a
los superiores, para que éstos los aprecien, elogien,
ensalcen y estimen. De suerte que no lo hacen puramente por
Dios, sino que buscan algo humano en ello. De éstos
dijo Dios: «En verdad os digo, ya recibieron su
recompensa» (Mt 6,5). Por eso se esfuerza el enemigo en
pervertir su intención, cuando no puede impedir las
obras buenas. Para poder poseerle por la mala
intención, como dice San Gregorio: «Si el
corazón se emponzoña con el desorden de la
mala intención, el enemigo astuto se hace
dueño con firmeza de la mitad de la obra que se
realice. El enemigo ve que produce frutos para él
todo árbol cuya raíz de mala intención
quedó viciada con el veneno de su
diente».
*
Hasta qué punto deben hacerse obras por
obediencia
Así, pues, se
deben practicar las obras de obediencia para alcanzar la
mayor misericordia, complacencia, gracia, familiaridad y
secreto amor de Dios. Y cuando hubiere hecho todo lo que
esté de su parte, buscará que los superiores
le desprecien y olviden; asimismo de los compañeros.
Esto es verdadera señal de que todo lo hace
únicamente por amor de Dios.
Obediencia
de unión
El tercer grado es
la obediencia de unión, que equivale a decir: en todo
pormenor y motivación de su voluntad está de
acuerdo con la voluntad del que manda o desea. No ya
sólo porque practica lo mandado o complace al
superior.
Esta obediencia se
da solamente en relación con Dios. Es propia de los
más distinguidos, los más familiares o
íntimos amigos. Su voluntad se abandona y une tan
perfectamente a la de Dios en todas las circunstancias, que
se identifica con la divina. Cualquier cosa que Dios permite
les suceda confiesan que les acaece por disposición
del amor y misericordia de Dios. Lo aceptan con el mayor
afecto, aunque fuere lo más turbulento, desgraciado,
aflictivo y doloroso.
Grados de
santo abandono
Además,
conviene tener en cuenta que en este santo abandono de la
voluntad se dan muchos grados. Hay quienes están
dispuestos a recibir cualquier cosa que Dios permitiere
sobrevenirles en sus bienes, con tal que les deje disfrutar
de la gracia interior, amor sensible y consuelo espiritual.
Este solaz interior les capacita para sufrir
fácilmente cualquier contrariedad. Son todavía
soldados débiles en el amor de Dios. Omitimos, por
brevedad, describir otros grados. Sepas tan sólo que
el grado supremo de abandono en la deliciosísima
voluntad del Señor consiste en que la libertad muera
del todo por amor de Dios a cualquier sentimiento de gusto
propio. Nuestra libertad debe seguir pronta y perfectamente
el plan de Dios, como la sombra sigue al cuerpo, en todo lo
que nos pueda suceder aquí o en la
eternidad.
Libertad
suprema de la criatura racional
Esta es la
máxima libertad a que puede aspirar la criatura
racional: gozarse solamente en la voluntad de Dios. Por
ella, el hombre viene a ser eterno. Nada le inmuta de cuanto
pueda acaecerle. Sólo Dios. Por amor de Dios, en
cambio, estaría dispuesto con mucho gusto a todos los
tormentos del Infierno. Los repetidos actos de amor de Dios
le han dispuesto incluso a recibir del Señor
alegremente todo el abandono interior o privación de
gracia sensible, devoción, amor, dulzura. Con igual
disposición acepta la copiosa avenida de los dones
que Dios le envíe para poderse unir a la voluntad de
Dios con entera placidez. Está realmente tan
encendido en el fuego del amor divino, que desea de lo
íntimo de su corazón pasar por la vida privado
de todo amor y gracia sensibles. Únicamente anhela el
amor esencial en total abandono interior y angustia del
corazón que puedan sobrevenirle. No pide a Dios
ningún consuelo, aunque pudiera tenerlo, de orden
espiritual, porque sobre todas las cosas desea imitar a
Jesucristo en su abandono. Es el estado más perfecto
(Mt 26,38; Lc 22,44).
Así,
Jesucristo, al concluir la obra de mayor perfección,
se sintió abandonado de Dios: desde la oración
en el huerto de los olivos hasta la muerte. Ausencia total
del amor, gracia y dulzura sensibles. Quedóle
únicamente el amor esencial. Parecía
más enemigo que amigo de Dios. Con ello su pena y
mérito fueron mayores y su amor esencial más
probado. Es la obra más excelente de virtud que
mostró Cristo en la tierra; lo más sublime que
el hombre puede desear. Por eso, son demasiado irreflexivos
los que se muestran delicados, apenados y tristes cuando
Dios deja de serles sensible. Sufrirlo alegremente por amor
de Dios es señal de amor puro y es el único
camino que conduce a la perfección.
Feliz el alma que de
este modo muere a si misma. ¡Qué desnuda queda
de afectos peregrinos! ¡Qué tranquila de
corazón! Limpia de toda mancha, libre de penas. Todo
temor ausente. Engalanada con todas las virtudes.
Esclarecido el entendimiento y elevado el espíritu.
¡Unida a Dios y eternamente glorificada!
Lo dicho hasta
aquí baste para lo primero que me propuse: demostrar
la necesidad de mortificación en todo lo que ofrezca
algún impedimento para ir a Dios y poder unirnos con
El.
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