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SEGUNDA
PARTE:
LA
VIDA ACTIVA
TRATADO
PRIMERO: PREPARACIÓN DE LA VIDA
ACTIVA
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CAPÍTULO
XIII
- Conversión
del alma al amor de Dios
En lo que sigue es
nuestro propósito presentar doctrina que nos capacite
para conseguir la perseverante y amorosa unión con
Dios directamente, sin que nada se interponga entre El y
nuestras potencias.
Para ello es preciso
conocer algo más, aunque ya queda suficiente doctrina
expuesta en los capítulos precedentes. Pues, como la
piedra cae por inercia, así el alma mortificada,
rotos todos los lazos que la sujetan, vuela hasta la
unión con Dios, sin intermedio alguno; porque Dios es
el centro natural del alma, para quien fue creada, a fin de
reposar en Él y disfrutar eternamente.
Es necesario morir a
nosotros mismos, si queremos vivir para el Señor;
pero necesitamos aprender a vivir y hallar la paz en Dios
por una comunicación vital de lo divino, que nos una
a El. Sin esto, no aprenderemos a morir a nosotros mismos y
lograr la pretendida unión. Cuanto más
avancemos en lo uno tanto más aprovecharemos en lo
otro, porque ambos son inseparables. Dos, en efecto, son los
términos: Dios y nosotros. Nuestra voluntad
está en el medio. Por tanto, si la voluntad se
convierte a El por amor, el mismo amor la lleva a separarse
de nosotros. La voluntad se entrega del todo y se desprende
hasta el desprecio de nosotros mismos. El proceso inverso es
paralelo: a medida que la voluntad gira en torno nuestro se
aparta de Dios. La conversión a nosotros mismos puede
resultar tan grande que se desprecie a Dios por completo.
Así, pues, el desprendimiento de toda criatura,
incluidos nosotros mismos, y la conversión a Dios se
cumplen por igual en una misma acción, aunque
nosotros hayamos preferido exponerlo en dos puntos
diferentes para entenderlo mejor.
Dios
Adentrándonos
en esta segunda parte, tengamos en cuenta que Dios es el
origen de donde brotaron todas las cosas, pero de modo
particular la criatura racional. Esta vino a ser el
coronamiento de toda la creación. Dios es
también causa final, es decir: todas las cosas han de
ser orientadas a Él, cada cual conforme a su modo de
ser.
El hombre,
señor de las cosas
Todas las
demás criaturas fueron ordenadas a subvenir las
necesidades del hombre. Para que le sirvan de ayuda e
instrumento encaminándole hacia Dios. Pensemos, por
ejemplo, en distintos modos de alimentar, vestir, corregir e
instruir al hombre. Cómo las criaturas pregonan el
nombre de Dios, su infinita grandeza, sabiduría,
belleza, dulzura, sutileza, bondad, y otros modos infinitos
en que la naturaleza, los sentidos exteriores y la
razón se pueden ejercitar.
Sentidos
externos y potencias interiores
Consiguientemente,
los sentidos exteriores han sido ordenados para servir y
estar sometidos a los internos. Estas potencias internas, a
su vez, están al servicio de las espirituales,
creadas para vivir siempre en amor de Dios. Como los rayos
solares necesitan estar siempre unidos al sol, si quieren
permanecer en su ser. Por tanto, el alma que quiere llegar a
la perfección necesita proceder de modo semejante con
Dios. Se apresure siempre a injertarse en Él con sus
tres potencias, por medio de la gracia divina y la propia
voluntad. Esto es propiamente lo que pretendo enseñar
aquí: la manera de conseguirlo.
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