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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
XIV
- Las
tres vidas. Aptitud para la vida
contemplativa
Hay tres vidas en el
hombre; a saber: la activa, significada por Lía
«de ojos tiernos»; espiritual contemplativa, de la
que es figura Raquel, «de bella presencia» y
«buen ver», pero «no daba hijos a Jacob»
(Gén 29,17; 30,1), y la contemplativa supraesencial,
representada por María Magdalena, «quien ha
elegido la parte buena que no le será quitada»
(Lc 10,42). En cualquiera de estas tres vamos a distinguir
una preparación, ornato y aprovechamiento, si
queremos realmente vivirlas y ofrecerlas a Dios con
provecho.
La
actividad
Ante todo, es
preciso que nos preparemos para la vida activa, si queremos
vivir como fieles siervos, conforme se dice en el Evangelio:
«Bien, siervo bueno y fiel... entra en el gozo de tu
Señor» (Mt 25,21). Notemos que se le llama bueno
y servidor, porque eligió en todas las cosas obedecer
los preceptos de Dios y de la Santa Iglesia, ejercitarse en
las obras buenas, buenas costumbres, virtudes y ejercicios
de la vida activa; no buscándose a sí mismo en
nada. Solamente la honra y gloria de Dios, su divina
voluntad, o el arrepentimiento y salvación de las
almas. Llaman buenos a los que proceden así. Pero se
llaman aún siervos de Dios y no amigos, porque hacen
consistir toda su perfección en los ejercicios de la
vida activa, y el Señor todavía no los trae
más al interior, sino que permite permanezcan fuera,
en los ejercicios de vida activa. Necesitan ser familiares
de Dios y conocer sus secretos, pues deben llamarse amigos
suyos, como el Señor decía a los
Apóstoles: «No os llamo ya siervos.., porque
todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer» (Jn 15,15).
Nótese de
paso que Dios concede su gracia, ayuda y auxilios en la
medida que cada uno se haya preparado y ejercitado, sea con
obras virtuosas de la vida activa, sea por el ejercicio
interno del amor.
Quiénes
son aptos para la vida interior
Para esto ayudan
mucho ciertas disposiciones naturales, porque los amargados,
los melancólicos por naturaleza, los escrupulosos y
orgullosos, muy difícilmente pueden tener acceso a la
vida interior espiritual. Mientras que los alegres, amorosos
y comprensivos o fáciles para el arrepentimiento,
tienen muchas disposiciones para la vida interior, con tal
que quieran morir a sí mismos, según la gracia
de Dios, y desprenderse por completo de todas las cosas
creadas. Porque nadie puede verdaderamente llegar al
ejercicio interior si de antemano no hubiera despreciado
todas las cosas, incluso a sí mismo, y se hubiese
entregado a Dios con todas sus fuerzas y con todo el
corazón. De otra manera, dividido en el
corazón, siempre permanece inestable e inquieto;
porque frecuentemente se deja llevar por los deseos y se le
desenfrenan las pasiones naturales, todavía vivas.
Por eso recibe muy escasas luces internas, ni conoce en
qué consiste el ejercicio interior.
Se contenta con saber y
sentir que busca a Dios con sinceridad y le parece que las pr�cticas
son m�s �tiles que cualquier ejercicio de esp�ritu. Las obras que
hace por Dios est�n m�s presentes en su coraz�n que Dios mismo por
quien las hace. Efectivamente, piensa en sus obras m�s que en
agradar a Dios con ellas.
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