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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XV

Preparación de la vida activa por la penitencia. Esperanza de la misericordia divina

Para prepararse a la felicidad de la vida activa, que ha de ser disposición para alcanzar la contemplativa, hay que identificarse con aquello que dice el Salmo: «Mi lealtad y mi amor irán con él, por mi nombre se exaltará su cuerpo» (Sal 89,25).

Lo necesario para la vida activa

Es necesario ejercitarse en dos cosas de la vida activa, antes de llegar a la contemplativa: ante todo en la verdad; por ejemplo, reconociendo los propios pecados con sincera contrición y confesión. La confesión es de dos modos: primero, la manifestación que hace diariamente de humildad profunda, desprecio de sí mismo, voluntad pronta para practicar lo bueno y aguantar lo malo. También la confesión como práctica sacramental, recordando los mayores pecados de la vida pasada, con lágrimas y gemidos del espíritu; acusando su malicia, ensalzando y alabando la bondad de Dios, al mismo tiempo que le pide perdón.

Jaculatorias

A este fin deberá preparar algunas oracioncitas, con encendidos suspiros y deseos, que le puedan inducir a contrición, amor y devoción sensible. Cada gemido o suspiro afectuoso del corazón levanta algo de la herrumbre que causaron los pecados, como la lima cuando se aplica al hierro lo limpia y afina en cada frotamiento. Poco a poco se purifica el alma, se clarifica el ojo de la inteligencia y ejercita la voluntad en el amor de Dios, desprecio de sí mismo y deseos de enmienda. Procure, sin embargo, no recordar diariamente los pecados sexuales, a fin de evitar que el diablo lo induzca a la complacencia y deleite carnal.

Contrición ordenada

Debe ordenar de tal modo la contrición de sus pecados que se lamente más de haber despreciado y ofendido a Dios que de haberse perdido y condenado a sí mismo.

Lo segundo es la misericordia de Dios. Ha de ejercitarse en ella durante toda la vida activa del siguiente modo: Prepare un montón y con el mortero de la memoria triture su malicia en la inmensa bondad de Dios; la propia ingratitud, la inmensidad de largueza divina, su presteza para condenarse y la diligencia de Dios en buscar su salvación eterna.

Los beneficios de Dios

A continuación discurrirá por los beneficios de Dios en la creación:. el habernos creado a su imagen y semejanza, el haberse encarnado y mediante ello haberse entregado en nuestra condición, y todas las cosas que hizo y sufrió habiendo asumido nuestra naturaleza. Considere en todo esto la inmensa caridad, bondad y clemencia, y de aquí se elevará a una verdadera y perfecta confianza en Dios. Después se ejercite en reparar ante Él los propios pecados con perfecta contrición y aborrecimiento, con verdadera confesión y penitencia. Se animará luego a desprenderse de todos los pecados y criaturas, a entregarse a la práctica de las virtudes y ofrecerse totalmente al divino beneplácito. Hágalo con fervor y acción de gracias a Dios. De este modo se crea un nuevo estado de gracia y se une a El por amor. De aquí nace propiamente a una verdadera esperanza y confianza en Dios.

El amor de Dios

Porque sólo el amor de Dios lleva al hombre a la verdadera esperanza y confianza de la misericordia divina, bondad, largueza y familiar amistad. Ninguna virtud por sí misma u obra de misericordia o penitencia por grande que fuere, ni siquiera el martirio por terrible que se imagine, podrían verdaderamente inducirnos a confiar en el Señor.

Confianza

¡Oh santa esperanza y feliz confianza con tal que no provoque al hombre a flojedad y pereza sino al agradecimiento, al amor, al cultivo de todas las virtudes, a la aspereza de la penitencia y a la voluntaria modificación de sí mismo! 

 

 

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