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Enrique
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CAPÍTULO
XVIII
- Los
mercenarios y siervos infieles
Conviene estar
apercibido sobre el enemigo común de las tres etapas
del camino de perfección. Quiero decir que es
necesario evitar tres cosas que impiden a los hombres ser
fieles en el seguimiento de Cristo trocándolos en
mercenarios, merecedores de la reprobación y
desprecio de Dios.
Fárrago
de siervos infieles
Lo primero es
buscarse a sí mismo en todo ejercicio y conseguir la
propia utilidad. Por ejemplo, una gracia sensible,
devoción, mérito y gloria, o también
evitarse de inconvenientes, como perjuicios temporales,
confusión, sufrimientos, Purgatorio, Infierno y cosas
semejantes. No sólo esto. Algunos hay que
menosprecian todas las cosas, ingresan en una Orden de
rigurosa observancia o se imponen duras penitencias;
sostienen gozosamente toda adversidad para conseguir la vida
eterna o evitar las penas del Infierno. Y, sin embargo, no
permanecerán en gracia ni en el amor de Dios. De
igual modo procedió un discípulo de
Platón, que, al oírle hablar de la felicidad
futura, ardió en deseos de alcanzarla, se echó
por un precipicio y rompió la cabeza para poder
conseguir lo que había oído recomendar. Con
todo, se condenó, porque él mismo y
Platón, ambos eran infieles. De igual forma los
judíos y los herejes aceptan voluntariamente la
muerte por su fe y esperanza de la vida eterna.
Lo segundo es que
considera sus obras y ejercicios de gran valor. De
ahí que tenga más complacencia en sí
mismo que en Dios. Con tal confianza se apoya más en
sus actos y virtudes que en la libertad de los hijos de
Dios, comprados muy amorosamente con la preciosísima
sangre de Jesús.
Lo tercero es que
nunca serviría a Dios tan fielmente, si no esperase
recibir de allí un buen premio, o si supiese que no
había Infierno, Purgatorio o juicio riguroso; porque
teme más estas cosas que ofender a Dios. Son
mercenarios, indignos de llegar a la vida eterna y alcanzar
la gracia y el amor de Dios.
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