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TRATADO
SEGUNDO: ORNATO DE LA VIDA ACTIVA
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CAPÍTULO
XIX
- Las
virtudes morales, ornato de la vida
activa
Vamos ahora a
considerar lo pertinente al ornato de la vida activa en el
hombre. Son las virtudes morales propiamente el ornato de la
vida activa. Cualquiera las puede adquirir sin ayuda de la
gracia santificante. Filósofos paganos hubo tan
mortificados y enriquecidos con las pasiones naturales, que
en esto apenas puede decirse hayan sido inferiores a los
santos, por cuanto podemos reconocer. Virtudes manifiestas,
por ejemplo, en Diógenes respecto al desprecio de los
bienes temporales y deseo de pobreza, cuando estaba sentado
en la tinaja y arrojaba su escudilla, porque pensaba que con
su mano podría sacar el agua.
Virtudes
morales
De igual modo el
filósofo Sabbon en la paciencia, y así de las
demás virtudes morales. Es cierto que ninguna virtud
natural, sin la gracia santificante, merece la
salvación. Sin embargo, es igualmente cierto que
nadie puede hacer uso provechoso de la gracia divina sin las
virtudes morales. Es, pues, necesario que el hombre, al
principio, se proponga adquirir virtudes morales y pida a
Dios su gracia para que sean del agrado divino. Por tanto,
en estos tres estados debemos principalmente
empeñarnos en adquirir el mayor número posible
de virtudes. Claro que esto requiere gran esfuerzo,
diligencia y oración. Nada de extraño, ya que
las virtudes son lo más noble que existe fuera de
Dios, pues nos hacen semejantes a El. Mejor dicho: hacen a
los hombres dioses, esto es, deiformes. Ellas solas, en
cuanto se puede decir de nuestra parte, nos unen a Dios sin
medio alguno aquí en gracia y luego en gloria.
Primeramente, pues, debemos poner el sólido
fundamento de la humildad, de donde todas las virtudes toman
su origen para poder agradar a Dios.
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