|
Inicio
Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
-
CAPÍTULO
XX
- Las
tres moradas del contemplativo
La celda
ínfima: el corazón
Para comprender
mejor esto, debemos distinguir tres moradas en el hombre.
Hay que mantenerlas y adornarías con triple unidad,
si queremos preparar en ellas vivienda para Dios. La
mansión ínfima está en el
corazón, que es origen, principio y raíz de
toda vida sensitiva del hombre. Todos los sentidos externos
e internos (mediante los cuales el alma se une al cuerpo
para darle vida y sensibilidad) se reúnen y estrechan
en el corazón como en su origen. En este punto debe
haber descanso, paz y unidad de las potencias sensitivas.
Esto será posible tan sólo mediante la
adquisición de las virtudes morales; con ellas el
hombre aprende a morir a todas las pasiones naturales,
aficiones y deseos desordenados. Los filósofos
paganos hacían muchos esfuerzos para alcanzar
constante estabilidad, sosiego, unidad, paz y libertad del
corazón. Con ello querían conseguir la
verdadera sabiduría.
Nosotros, por
consiguiente, necesitamos poner asimismo empeño en
adquirir las virtudes morales propias de la vida activa,
para vivir con tranquilidad y paz en la mansión del
corazón. Se impone, pues, la mortificación de
las potencias sensitivas, si queremos preparar tálamo
conveniente donde descanse el Señor.
La mente,
morada intermedia
Sirve de morada
intermedia la mente del hombre, que es el origen natural de
las potencias intelectuales. Allí nacen la memoria,
entendimiento y voluntad con las cuales se perfeccionan
todas las potencias espirituales, según se declara
más adelante.
Alma y
espíritu
Por razón de
estas facultades podemos llamar espíritu al alma,
porque están separadas, no mezcladas, y libres de
todo órgano corporal. Mediante ellas el hombre
recobra la semejanza de su origen, que es Dios. Le recuerda,
le reconoce y le ama, de tal manera que estas potencias
permanecen totalmente suspensas en El y se identifican con
su Santo Espíritu (17 Cor 6,17; Jn 4,24). Por lo cual
las potencias superiores del alma, a semejanza de Dios, se
llaman espíritu, porque propiamente están
ordenadas a morir directamente con El y disfrutar de su
gloria por toda la eternidad. Conviene, pues, que nosotros
preparemos esta mansión con la vida contemplativa,
para poseerla en unidad de espíritu. Se consigue por
la plena adquisición de la gracia de Dios y de los
dones del Espíritu Santo, que perfeccionan,
ennoblecen y elevan las virtudes morales adquiridas en la
vida activa. De ahí se sigue que los dones del
Espíritu Santo son el ornato de la vida
contemplativa, como luego se dirá mejor.
La esencia
del alma, mansión suprema del hombre
La mansión
suprema es la esencia desnuda del alma. ¿Cómo
debemos poseerla en unidad? Esto sobrepasa toda capacidad
del entendimiento humano; porque pertenece al tercer estado
del hombre, es decir, a la vida contemplativa supraesencial.
De ella hablaremos al final, en la medida que nos sea
posible.
Anterior
�ndice
Siguiente
|