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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXI

Virtudes morales de humildad, obediencia, paciencia, mansedumbre, benignidad, fortaleza, sobriedad, castidad, etc.

 

Prosiguiendo, pues, el ornato de la vida activa por las virtudes morales, queremos comenzar por el fundamento de la humildad.

 

Humildad

Equivale a decir sumisión profunda del corazón en presencia de la divina majestad. Para conseguirla, quien ama a Dios de verdad debe considerar con diligencia cuán fielmente y con cuánta humildad la majestad inmensa, altura, sabiduría, riqueza y bondad de Dios se revistió de nuestra humanidad, en tan extremada pobreza y tan insignificante y pobre hombrecito. Si perseveramos en esta consideración, lograremos tan gran reverencia de alma ante la majestad divina, que es imposible expresarse cabalmente con palabras o signos. Resultará también con hambre y sed en el deseo de servir a Señor tan rico; de rendirle honor y despreciarse, someterse y humillarse a sí mismo, por ser y sentirse incapaz de servirle adecuadamente. Siempre tendría delante de sí esta preciosa sentencia de Cristo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Por esta humildad se sujetará perfectamente a Dios y a sus preceptos y a toda criatura por amor de El, teniéndose por el más vil pecador del mundo, como polvo de la tierra que todos pisan. Expresará su propia estima aplicándose las palabras que David pone en labios de Cristo: «Yo, gusano, que no hombre, vergüenza de lo humano, asco del pueblo» (Sal 21,7). Resulta, por tanto, una perfecta sumisión del hombre a Dios.

Y porque Dios se complace en menospreciar la sabiduría del mundo, debemos imitar la sabiduría divina con toda perfección de virtudes. Por eso, la humildad nace como primogénita de la obediencia, pues solamente por la obediencia perfecta se prueba y acrecienta la humildad verdadera.

Obediencia

La obediencia es flexibilidad de la voluntad sumisa y disposición para todo bien. Nunca se cansa de cumplir la voluntad de Dios, somete la carne al espíritu y éste a Dios. Sométese asimismo a toda criatura por amor de Él, mientras esto parezca razonable y virtuoso. Esta obediencia, por consiguiente, induce al hombre a renunciar a la propia voluntad y sentimiento. Nadie puede abandonar perfectamente la voluntad propia, si antes no ha sido amamantado en los pechos de la obediencia.

Abnegación de la propia voluntad

Es mucho más sublime, en cuanto a la perfección, renunciar desde el interior a la voluntad propia que ser o parecer obediente en el exterior. La voluntad de Dios adquiere pleno señorío en nosotros, mediante la abnegación de la propia voluntad. La voluntad humana queda atraída y transformada en Dios de tal manera que no puede querer otra cosa fuera de lo que Dios quiere. Comprende y acepta como Dios quiere las penas y aflicciones que puedan sobrevenir al hombre. El Espíritu del Señor, puesto junto al espíritu del hombre humilde, lo atrae, lo invade y lo transforma en sí, hasta renunciar totalmente a la propia voluntad para cumplir la de Dios. En adelante parece no tener ni usar más que la divina. «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rom 8,16). Coinciden entonces con el hombre la suprema libertad y la suprema obediencia, la mayor seguridad y la mayor humildad.

Paciencia

De la abdicación de la propia voluntad nace una hija llamada paciencia, que sufre todo lo que la pueda ocurrir. El verdaderamente paciente tiene puesto sólo en Dios su pensamiento y nada le preocupa fuera de El, ni en el tiempo ni en la eternidad. Se abandona a la placidísima voluntad de Dios en todo momento, confiado en que nada sucede sin que el Señor lo permita. Por esta virtud se embellece maravillosamente y se hace grato a Dios. La paciencia voluntaria en los sufrimientos, llevada con benevolencia hacia aquellos que la proporcionan, fue la veste nupcial con que Cristo desposó a su Iglesia en la cruz (Mt 20,27-28).

Mansedumbre

La paciencia a su vez es madre de la mansedumbre. Esta promete a su poseedor la paz sobre todas las cosas, porque «poseerán la tierra los humildes y gozarán de inmensa paz» (Sal 37,11), como dice el Profeta. La mansedumbre es tranquilidad en la paciencia. Por ella la ira queda inmovilizada en cierto silencio, y el apetito concupiscible se sublima por las virtudes. Cuando el hombre lo piensa se alegra, y la conciencia, con el gusto de tan gran dulzura, se inunda de paz inmensa. Las penas son el lagar de donde fluye el vino dulce de la consolación espiritual. Entonces el hombre es capaz de llevar con alegría las palabras duras, los azotes más crueles y la más horrible pena de muerte.

Benignidad

La benignidad procede de la mansedumbre y del amor de Dios. Él sólo puede poseer plenitud de mansedumbre y benignidad. La benignidad procura endulzar afablemente los corazones iracundos con palabras suaves y actos piadosos, allí donde hay esperanza de que prevalezcan las virtudes. El alma que goza de benignidad es como una lámpara llena de aceite: con el buen ejemplo ilumina a los que van errados, unge con suave conversación a los afligidos, sirve de medicina, mediante obsequios y virtudes, a los iracundos e inflama a los fríos con el fervor del amor divino.

Compasión

Nace de la benignidad la compasión, porque la amable benignidad con cierta conmiseración se hace partícipe de la pobreza, de la necesidad y aflicción de todos los hombres.

La compasión es, en efecto, un movimiento piadoso del corazón ante cualquier aflicción o necesidad ajena. Ante todo, hace que el verdadero siervo de Dios participe de los sufrimientos de su Señor, quien padeció en la cruz muerte tan amarga y afrentosa. Le queda impreso en su corazón que la causa de muerte fue tan sólo la piadosa y disponible voluntad de padecer. Con este recuerdo crucificará espiritual y sensiblemente su piadoso corazón en unión con Cristo, en la cruz, de la compasión amorosa. Luego, la compasión estimula diligentemente la propia negligencia, flaqueza, tibieza, pereza, pérdida del tiempo precioso, y el vacío grande de obras virtuosas.

En tercer lugar, induce a ponderar los múltiples yerros de los demás, el descuido en la propia salvación y tanta ingratitud de los beneficios de Dios, a cuya vista la conciencia siente compasión y se inflama en deseos ardientes de salvar a los demás.

Por último, hace considerar la necesidad corporal, enfermedad, flaquezas y deficiencias ajenas y mediante esto crucifica el corazón del hombre por la participación en los sufrimientos.

Largueza

La compasión crea largueza y liberalidad, que es una generosa efusión del corazón, movido por compasión caritativa. Sólo el misericordioso, mediante la compasión, es verdaderamente generoso con los demás por su fervoroso amor hacia todos los hombres, sin acepción de personas. Considerando, pues, los inefables beneficios de la bondad de Dios y la pena sobreabundante de la Pasión de Cristo, se siente anegado en mucha largueza. Cualquier motivo de la Pasión le hace ahondar en el admirable amor de Dios, hasta desear de corazón tributar a Dios alabanza, honor, y reverencia con palabras y obras. Consiguientemente, al recordar, por una parte, las miserias propias, negligencias, ingratitudes y, de otro lado, la divina clemencia y longanimidad, se levanta en espíritu al encuentro de la bondad divina. Ofrece generosamente lo que tiene y puede, hasta lo que él mismo es y hace perdonando y padeciendo. Después, al considerar los innumerables errores del prójimo, hace volver el arroyo de su largueza al punto de origen, y con piadosos clamores suplica la benignidad de la bondad divina para todos.

Obras de misericordia

Finalmente, considerando las múltiples necesidades espirituales y materiales del prójimo, trata de socorrer a cada uno por todos los medios a su alcance. Fluyen entonces obras de misericordia que los ricos y los fuertes cumplen con obsequios y bienes temporales, mientras que los pobres e impotentes con piadosos favores y buena voluntad. También por esta virtud de largueza principalmente se multiplican las virtudes y embellecen las potencias del alma. El generoso de corazón es, por lo común, alegre y tranquilo, abundante en buenos deseos y liberal en todas sus obras.

Diligencia y fortaleza

Hija de largueza es la diligencia o prontitud en las buenas obras, ejercicios y virtudes. Esta disponibilidad es verdadero estímulo del corazón para todo bien y aguijonea para seguir sin pereza las huellas de Cristo. Desea que cuerpo y alma sean y vivan para El, y que fuerzas y riquezas se empleen, especialmente para honra y alabanza de Dios; La diligencia dilata ampliamente y capacita las fuerzas del alma para recibir el influjo divino; vigoriza todas las virtudes, por nobles que sean.

De esta fortaleza recibe alegría la conciencia, se aumenta la gracia, se ejercitan las virtudes con más gusto y las obras exteriores se embellecen con nuevo ornato.

Templanza

La fortaleza produce sobriedad o templanza, que refrena todas las potencias intelectuales, animales y corporales; pone coto a toda dispersión, de modo que ni siquiera en el orden intelectual desea saber más de lo que conviene. Se niega a indagar curiosamente secretos de Dios, ni comprender por razonamiento los artículos de la fe; no quiere interpretar las Escrituras a su capricho, desea sólo entender fielmente acerca de la vida y doctrina de Cristo y de los santos. De las Escrituras y de las criaturas se interesa únicamente en lo que sirve para la salvación. Esto es sobriedad en las potencias intelectuales. De igual modo somete las fuerzas sensitivas y animales al control de la razón, para evitar que vaguen a impulsos de las pasiones desordenadas irascibles y concupiscibles. Esta sobriedad ha de observarse en todas las palabras, acciones, locuciones y silencios. En el oído, olfato, gusto, tacto y a través de toda percepción corporal.

Castidad

De la templanza viene la castidad tanto del alma como del cuerpo, que nadie realmente posee si no es sobrio. Hay tres grados en esta virtud. El primero es la castidad corporal, que enseña a evitar cuidadosamente todos los actos lascivos o impuros, palabras, gestos, senas y tocamientos que podrían de algún modo provocar la lujuria.

Esta castidad es semejante a un lirio blanco por su angelical pureza, y también a una rosa encendida, pues se equipara a la dignidad del martirio, por la difícil resistencia que se necesita cada día.

Castidad del corazón

El segundo grado consiste en la castidad del corazón, es decir, que, al sentir las tentaciones y naturales movimientos de la carne, se entable una vigorosa conversación con Dios. Al instante, sin dilación, sin detenerse en ningún pormenor de la tentación. Entonces la tentación resulta útil, porque lleva consigo aumento de gracia, con la cual todas las virtudes se fortifican, elevan, adornan y embellecen. Esta castidad gobierna, custodia y corrobora todos los sentidos externos; corrige y refrena los apetitos animales; hace que el hombre no permita medio alguno entre Dios y él, por espiritual que éste parezca. Por ejemplo, no quiere amar ni tener particular amistad ni siquiera con personas espirituales; ni quiere fomentarla con especial favor o amistad. Porque estas cosas apartan del camino puro de Dios, en el cual deben buscarse tan sólo la gloria, el honor y el beneplácito del Señor.

«Castitas mentis»

El tercer grado de castidad radica en la mente del hombre, esto es, en lo íntimo del alma. Eleva al hombre sobre el sentido, sobre el entendimiento, y sobre todos los dones que el alma puede recibir del Cielo, uniéndola con Dios, su dueño, sin ningún intermedio. Se esfuerza por sobrepasar todo lo que la criatura puede comprender, para descansar en el bien incomprensible; porque es muy impuro el espíritu que todavía pretende descanso en cualquier regalo de Dios, por sublimes que fueren, nobles, secretos y apetecibles, según que se dirá luego más extensamente.

Esta castidad no se puede comparar con el Sacramento del Cuerpo de Cristo en cuanto a su deleitable sabor, deseo espiritual, fuente de paz, o por alguna otra causa. Sí, en cambio, por el honor, gloria y beneplácito de Dios y por cuanto pueda conseguir conforme al provecho de las virtudes y de la mortificación de sí mismo. Esta es aquella noble castidad que libra al alma de todo lo que no es Dios y contribuye continuamente a divinizaría aquí por gracia y luego en gloria, pues el bien increado le está elevando con su influjo de amoroso afecto hacia lo alto.

Queda dicho, pues, siquiera sea brevemente, de qué manera el hombre debe embellecerse con las virtudes y cómo esforzarse en la vida activa a fin de aprovechar felizmente y llegar a la contemplación. 

 

 

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