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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

TRATADO TERCERO: PROGRESO DE LA VIDA ACTIVA

CAPÍTULO XXII

Aprovechamiento o consurrección de la vida activa por la fe, el amor y la esperanza

Más importante es lo tercero, el tema que ahora vamos a tratar: cómo el hombre debe progresar en la vida activa y levantarse en la perfección al encuentro con Dios, diciendo con la Esposa: «Me levantaré, pues, y recorreré la Ciudad. Por las calles y plazas buscaré al Amado de mi alma» (Cant 3,2).

La vía mística

Hay dos modos en esta consurrección. El primero es místico u oculto, que Dionisio llama Teología Mística, porque es una sabiduría recóndita, comunicada por Dios directamente al hombre en lo más hondo de su alma. Son mortales los maestros que enseñan las otras ciencias. Esta se inscribe en el corazón por iluminación divina como energía celestial proyectada sobre el alma. Ningún hombre puede enseñar con perfección ciencia tan excelente y sabiduría tan noble, que excede todo entendimiento. Cualquier persona, sin embargo, por simple e iletrada que fuere, con tal que frecuente la escuela divina, es decir, las virtudes y prácticas piadosas, podrá recibirla inmediatamente de Dios, mediante amorosos afectos y elevaciones hacia El.

Este es un modo de consurrección que se logra por el apetito concupiscible. Nada se ha dicho a este respecto en lo que precede, pero luego se expondrá con amplitud. La Teología Mística debe ejercitarse en todos los grados de la vida proficiente, a medida que se avanza en perfección.

Vía escolástica

El segundo modo de consurrección es el método escolástico, por vía de erudición, de lo cual vamos a hablar ahora, porque tiene lugar comúnmente en la vía activa.

En el Cielo, el alma se une con Dios en espiritual desposorio por tres dones, que recibe de Dios y posee como dotes: clara visión, amor puro y gozo perpetuo. Así, mientras estamos en este mundo, pregustando la gloria de la bienaventuranza eterna, nos acercamos a Dios por el ejercicio de las virtudes teologales, que corresponden a las tres dotes del alma. El hombre, por las tres virtudes, merece recibir en la gloria los tres mencionados dones. Por ellas también en este tiempo nos unimos a Dios en la vida activa y en la contemplativa. Pero de modo muy distinto, como luego se dirá. 

 

 

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