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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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CAPÍTULO
XXIII
- Triple
intención: recta, simple y deiforme. La
oración vocal
- Aprovechamiento
o consurrección de la vida activa por la fe, el
amor y la esperanza
Intención
recta
En la vida activa,
de que ahora estamos hablando, nos elevamos y unimos con
Dios primeramente por la recta intención iluminada
por la fe. Tiene lugar cuando el hombre en todas las cosas
que hace o sufre, que planea o rehúsa, fija su mirada
sólo en Dios. Busca en todo puramente su honra,
gloria, amor y beneplácito, sin pretender ninguna
otra cosa. Siempre se debe procurar esta intención,
pues, por bien que se haga cualquier cosa, faltando tal
rectitud queda vacía y sin fruto. Por el contrario,
la intención recta convierte toda obra indiferente en
buena y grata al Señor.
Son muy pocos los
que tienen pureza de intención y, sin embargo,
nuestra salvación y aprovechamiento dependen de la
recta intención. Aquí la vamos a considerar en
tres grados.
Grados de
la buena intención
El primero es la
intención recta, que ordena todas las cosas a Dios y
por El. Procede de una voluntad afectuosa, activada por el
calor del amor divino. Esta voluntad así enardecida
por el fervor, al actuar, induce la intención a
conseguir el bien eterno deseado y hace que el alma halle
sosiego solamente en el sumo bien. Aquí está
la diferencia entre los hijos adoptivos y los reprobados.
Llegarán a unirse con Dios sólo aquellos que
al practicar las buenas obras no tienen otros móviles
fuera del amor divino.
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Repliegue de la naturaleza sobre sí misma
Proviene la
diferencia de que la naturaleza se repliega y torna sobre
sí misma. Los que carecen de amor divino, gratuito y
sobrenatural, giran en torno a sí mismos con amor
meramente natural, buscándose en todo. Incluso se
ejercitan en obras virtuosas por el gusto de hallar amor
sensible, dulzura espiritual y cosas semejantes. Pero quien
ama de veras se desprecia a sí mismo y no busca
más que a Dios en todo.
La caridad es el
lazo de amor que nos lleva a Dios y nos une con El.
Así, Dios se une con nosotros hasta lograr la
generosa renuncia de nosotros mismos. A juzgar por los actos
externos, el amor natural se confunde con la caridad divina.
Son, en cambio, muy diferentes por la intención que
motiva uno y otro. La caridad en nada se busca a sí
misma, mientras que el amor natural no pretende otra cosa.
Adán en el paraíso, al mirar por sí
mismo, cayó en cuatro pecados (Gén 3):
soberbia, porque despreció el precepto divino;
avaricia, porque codició la sabiduría de Dios;
gula, porque buscó el deleite de un gusto prohibido.
Como consecuencia: la lujuria.
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Búsqueda de sí mismo
Así proceden
los que se dejan guiar por el amor natural.
Podrá parecer
muy alto y noble este conocimiento de grandes cosas, hasta
tener visiones. Todo, sin embargo, le serviría para
condenación, si cae en los cuatro pecados
mencionados.
Primeramente en la
propia complacencia y vanagloria, creyéndose algo,
cuando en realidad no es nada. Lo segundo, en la codicia,
porque la curiosidad suscita deseos de recibir noticias en
las cosas espirituales y revelaciones que lo iluminen,
visiones e inteligencia difusa. Tercero, la gula, pues, a
exigencias del gusto, requiere los deliciosos sabores del
paladar para recrearse en ellos saboreándolos, y
ordena a estos fines toda su preocupación piadosa.
Conseguidas estas cosas, cae en adulterio espiritual, porque
pone el fin de su devoción en el placer de los
sentidos y en ellos descansa.
De donde puedes
colegir que hay muchos en la vida activa y en la
contemplativa que se creen haber llegado a los grandes
ejercicios y santidad, y, sin embargo, el amor natural los
tiene engañados y asfixiados. No se dan cuenta que
ignoran los pecados del espíritu.
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Dónde buscar la santidad
Por lo cual, no debe
el hombre buscar la santidad en la devoción sensible
o en devociones frecuentes, sino en el desprecio y
mortificación de sí mismo, como queda dicho, y
en la rectitud de intención, única cosa que
distingue los verdaderos de los falsos ministros.
Señal de la intención recta es la
alegría espiritual en la adversidad, como dice
Orígenes en el Comentario a los Cantares:
«No he hallado más auténtico signo de
bondad en el hombre que cuando éste, en medio de
aflicciones y adversidades, rezuma frecuentemente dulzura
del alma con entusiasmo y gozo moderado».
Esto muestra la
impasibilidad de ánimo lo mismo en la
contradicción que en la prosperidad. Es signo
interior de la recta intención que busca a Dios
solamente, sin volver para nada sobre si mismo, y que
presenta igual perfección cuando todo resulta a su
gusto, como en los asuntos que le salen mal; más
aún entonces. Por eso, San Gregorio, comentando
aquello de Job: «Había un hombre llamado Job,
hombre cabal y recto» (Job 1,1), dice:
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Quién es el justo
Es recto aquel a
quien lo adverso no quebranta ni los bienes temporales
doblegan; el que se eleva a las cosas más altas y
somete plenamente a la voluntad de Dios. Por rectificada que
esté su intención, sin embargo, no llega
todavía a la dignidad suprema, porque aún
pertenece a la vida activa y está ocupada en multitud
de cosas, aunque sea solamente por Dios. A este
propósito dice San Bernardo en su Comentario a los
Cantares que pretender algo fuera de Dios, aunque sea
por Dios, no es de María ocio, sino de Marta
negocio.
Esto no quiere decir
que todo lo que pertenece a Marta es imperfecto. No he
afirmado tampoco que esta intención haya llegado a la
perfecta nobleza, pues anda muy preocupada y la desasosiegan
otros muchos quehaceres. Siempre se le pega un ligero
polvillo de las cosas terrenas, que la pureza de
intención y el diálogo de la buena conciencia
con Dios lavarían pronto y
fácilmente.
Intención
simple
El segundo grado se
llama intención simple, que está más
directamente unida a Dios. El perfume del amor increado la
cautiva y atrae más dulcemente. Es propia del hombre
contemplativo y radica en la voluntad actuada por el gusto
experimental del espíritu. La experiencia o sabor del
bien eterno hace que el hombre menosprecie todas las cosas y
no le permite fijar su intención en algún otro
bien sino en Dios. Con tal experiencia el alma no camina,
sino vuela.
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Dos cosas necesarias a la intención simple
Dice asimismo San
Bernardo en el libro De praecepto et dispensatione
que la intención requiere dos cosas para ser simple:
amor del bien en la intención y verdad en la
elección. La razón de esto es porque la
caridad dirige la intención a todas las cosas que
sirven para el fin deseado, que es el mismo Dios, y se une a
El más estrechamente cuando tiene una finalidad
exclusiva en todo, tendiendo a un solo fin y buscando unir
con él todas las cosas en cuanto es posible. La
verdad en la elección no permite errar al hombre que
tiende a este fin. De otro modo, según San Bernardo,
¿cómo podría unirse el ojo simple de la
intención con la ignorancia de la verdad, puesto que
desconoce toda malicia quien practica el bien? Cuando se dan
ambas cosas a la vez, amor del bien y conocimiento de la
verdad, entonces la intención es simple, porque la
verdad no deja al hombre equivocarse de camino, y la caridad
no le permite descansar mientras que, por la
intención, no haya elevado a sí mismo y todas
las cosas hasta su fin, que es Dios.
Esta
intención es «el cojo sano que hace luminoso
todo el cuerpo» de las buenas obras (Mt 6,22). Consiste
en una amorosa inclinación del espíritu hacia
Dios, iluminada con la luz divina. Es inseparable de las
tres virtudes teologales y fundamento interno de toda la
vida espiritual. Recoge en la unidad del espíritu
todas las fuerzas dispersas del alma y lo que une el
espíritu con Dios en comunicación amorosa.
Aquí está la diferencia entre la
intención recta y la simple: que la primera hace todo
por Dios, pero no busca a Dios en todas las cosas; o sea, su
ejercicio consiste más en las obras exteriores de
virtud que en la interior tendencia hacia Dios, aunque hace
todas las cosas por El. Por eso, en su corazón
están más impresas las imágenes de las
obras que Dios por quien las hace.
En cambio, en la
intención simple busca también en las obras
exteriores la simplicidad del corazón. Por ejemplo,
tener siempre, sin imaginar lo que hace, la simple amorosa
comunicación con Dios, por encima de toda
multiplicidad, distracción e inquietud. Esto ocurre
en las obras exteriores lo mismo que en las interiores.
Pongamos un caso acerca del ejercicio interior, en el cual,
porque es más sutil, puede resultar más
difícil de entenderse. Supongamos dos hombres, uno en
la vida activa con recta intención, otro en la
contemplativa con intención simple. Los dos oran por
los amigos, parientes vivos y difuntos, y por toda la Santa
Iglesia. Aquel que está en la vida activa con recta
intención, mientras ora, no podrá prescindir
totalmente de otros pensamientos, en especial de recordar a
aquellos por quienes está orando. El que ha llegado a
la vida contemplativa, y disfruta de la intención
simple, con una sencilla mirada hace pasar por su mente a
los amigos, parientes, vivos y difuntos, y a todo el cuerpo
de la Santa Iglesia. De momento, en un golpe de
intuición, contempla a miles de personas de tal
manera que ni se disipan sus sentidos ni mezcla otros
pensamientos extraños. Esto hecho, fija su simple
mirada en Dios, espejo divino en que verá a todos los
hombres, pues es origen de donde salieron. Así ora
por ellos, porque entonces las criaturas no se interponen
entre Dios y el alma, especialmente si el alma se hubiera
instruido y ejercitado en aquella amorosa aspiración
de que se hablará más abajo.
Oración
vocal
Las oraciones
vocales más frecuentes de la vida activa deben
recitarse con deseos vigorosos de alabar a Dios, ensalzarle,
darle gracias, honrarle, pedirle virtud para sí y
para los demás hombres, hasta que el fuego del amor
encienda la llama de nuestra voluntad. Entonces hay que
prescindir de la oración vocal, desembarazar la
razón de toda multiplicidad, que impediría la
elevación del alma, y levantar el espíritu
hacia Dios con continuos actos espirituales. Como se
amontonan juntamente el trigo y la paja hasta la limpia y
luego se echa ésta a los animales.
La oración
vocal se considera como la paja y debe practicarse hasta que
brote la verdadera devoción, a la manera del trigo.
Esto logrado, hay que echarla como alimento para satisfacer
el hambre de nuestras potencias animales. Dios es el fin de
la intención simple en todas las cosas. La
intención tiende sólo e inmediatamente hacia
el Señor en cuanto es posible, por El mismo. Sin
embargo, Dios no es su fin exclusivo; también lo hace
por sí misma, buscando ser de muchas maneras
consolada, aunque Dios sea su principal intención.
Habrá algunos, quizá, que parecen no buscarlo,
pero son muy raros los dispuestos al abandono, a verse
privados de consuelos y gustos sensibles, a carecer de
gracias semejantes. No están muertos del todo a
sí mismos para soportar cualquier adversidad,
mientras no se levanten a un grado más perfecto de
intención.
Intención
deiforme
El tercer grado se
llama intención deífica, porque está
plenamente atraída por el amor del fin eterno,
absorta y divinizada. Es propia de los bienaventurados en la
gloria y la que hace salir de sí a la voluntad
deiformemente afectada. Algunos, por lo demás, aun en
este mundo, de tal manera se sienten dominados por el
Espíritu, que tienen vivos deseos de conseguir esta
intención. No cesan en su empeño por hacerse
dignos de alcanzar, en este valle de lágrimas, la
divinización de que habla San Bernardo en el libro
De diligendo Deum, cuando dice: «La
deificación, es decir, el amor o intención que
deifica al hombre, nada deja en la voluntad mezclado o
impropio; lo dirige todo a Dios por la
intención».
¡Oh pura y
divinizada intención de la voluntad! Tanto más
pura, porque ya nada queda en ella de propiedad o mancha.
Tanto más suave y dulce, porque todo lo que siente es
divino. Aficionarse así es deificarse. Tal
deificación podría comenzar, pero
culminará únicamente en la vida eterna, donde
los santos carecerán necesariamente de toda humana
afición y se identifican plenamente con la voluntad
de Dios. Permanecerá, cierto, la propia voluntad,
pero otra forma, otra gloria, otro poder. Si no fuera
así, ¿cómo sería Dios todo en
todas las cosas?, según dice San Pablo (1 Cor 15,19).
Quedaría algo del hombre en el hombre.
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