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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXIV

El verdadero amor, por el cual nos unimos a Dios en la vida activa

En segundo lugar, nos levantamos a la unión con Dios por la intensidad del amor, inflamado por el fuego de la caridad. Esto tiene lugar cuando alguno, con rectitud de intención en todas sus obras, se reclina sobre el pecho del Señor. A este propósito San Dionisio, en el libro De divinis nominibus (c.4), dice así: «Único es el amor increado, que con su tendencia supraesencial y universal infunde amor increado en todas las cosas; consiste en cierta inclinación y coordinación del amante al bien amado». Es, pues, el amor una conexión y lazo, por el cual Dios y el espíritu amante se unen con amistad inefable e indisoluble unión.

Qué es el amor

Por tanto, cuando decimos amor, humano, angélico, intelectual, animal o natural, designamos cierta cualidad o poder de unión y comunicación, que mueve las cosas superiores a proveer y cuidar de las inferiores y las inferiores a convertirse, a las superiores, creando una ordenada y mutua comunicación entre ellos.

Nueve grados de amor

En este amor hay nueve grados, porque no tolera que haya medio alguno entre Dios y él; quiere penetrar todas las cosas hasta llegarse al amado. Conviene, pues, que el escale estos grados, de los cuales los tres inferiores pertenecen a la vida activa.

- Amor incomparable

Primero, el amor incomparable. Esto quiere decir: el hombre ama tanto a Dios que ningún otro amor se le puede comparar. Ni el amor del padre, ni madre, ni esposo o hijos, ni el suyo propio. Más aún: el amor que pueda tener a cualquier criatura será siempre relacionado con Dios. De esta manera debemos amar a los hombres, o porque cooperan y nos ayudan a ir a Dios, o porque el hombre a través de las criaturas dirige su marcha hacia el Señor. Esto es: por la consideración de su belleza, dulzura, sutileza y cosas semejantes. Así podemos amar las criaturas. Este amor enseña al hombre a que no sufra distraerse de Dios por ninguna cosa existente o contingente fuera de Él, como dijo San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿El peligro? ¿La espada? (Rom 8,35)».

Por este amor, el alma se desposa con Dios, como dice Ricardo: «Dios es el verdadero esposo del alma». Nos unimos con Él realmente cuando lo amamos con verdadero amor. Nos une a sí, cuando nos liga más estrechamente a su amor mediante el intercambio de dar y exigir. Entonces comenzamos a amar muy de veras a quien acostumbrábamos temer.

- Amor ardiente

El segundo grado es el amor ardiente, del cual dice San Gregorio: «Obra grandes cosas donde está; si ha disminuido en el amor o cesado, ya no hay amor». Es un apetito sabroso del corazón, que fluye hacia Dios, bien sumo, en donde está todo bien. Da de mano a las criaturas para que el abuso de ellas no favorezca el apetito de los sentidos. Fácilmente desprecia todas las cosas para adquirir lo que pretende; porque lo propio de este amor es luchar siempre contra los apetitos desordenados y pasiones naturales. Por eso se llama también amor incontaminado. El hombre, mediante la elevación del amor, se desliga de las ocupaciones mundanas, el corazón no está preso por los pecados veniales. Ni se mancha con la afición de ellos, que podrían apagar el fervor y anular el fruto de las buenas obras. El fervor hace que las pasiones naturales estén bajo los pies.

Consecuencia de este amor ferviente es el apetecer la tranquila soledad, desligándose de toda compañía no sólo en el afecto; también en la realidad. La razón de ello es porque este amor procura que el amante se despoje de todo lo que le diferencia del amado. El amado lleva al amante a la soledad, lejos del amor de todas las criaturas, como el imán atrae la aguja, para saciarle de dulzura espiritual.

- Amor infatigable

El tercer grado es, y así se llama, amor incesante o infatigable. No cesa de crecer, porque la naturaleza del amor es como el fuego, que no tiene límite en su operación. Siempre tiende a crecer, mientras haya combustible con que multiplicarse. El amor desplegado hacia Dios halla materia de expansión, porque las cosas divinas son infinitamente amables y el amor de Dios y su aumento no tiene medida ni término. Fruto de este amor es apremiar al hombre para que aproveche la vida con avidez. Por eso siempre pugna contra la tibieza perezosa. 

 

 

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