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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XXV
- Amor
y devoción sensibles
Notemos aquí,
como advierte Ricardo en Super Cantica, que hay
cierto amor sentimental, propio a veces de los negligentes e
imperfectos. Lo que menos importa en el amor es el
sentimiento. Se mide su valor por las virtudes y caridad en
que está fundado y la fidelidad en cumplir los
mandamientos. El dulce afecto hacia Dios en ciertas
ocasiones no pasa de ser sensual y engañoso, humano
más que divino, del corazón más que del
espíritu, de los sentidos más que de la
razón. Se inclina con frecuencia a lo menos bueno, a
lo menos noble, en busca de gustos más que de lo
conveniente.
Andaban los
Apóstoles errados cuando amaban a Jesucristo con este
amor del sentido. Por eso no se resignaban a carecer de su
presencia. El Señor los reprochó porque se
dejaban llevar de los gustos más que por lo
razonable. «Si me amarais -dijo- os alegraríais
de que me fuera al Padre» (Jn 14,28).
Igualmente se
equivocan los que tienen tan desordenados deseos de
acercarse al Santísimo Sacramento, de frecuentar
devociones y cosas semejantes. Con este amor algunas veces
el hombre carnal e imperfecto se aficiona a Dios, por el
gusto que siente en la dulzura de la gracia y no porque ama
mucho al Señor. De poco le sirve, pues cesa el amor
cuando se acaba la dulzura. Quien así ama no merece
ser contado entre los buenos amigos. Los que aman de verdad
gustan menos del amor sensible que los de corazón
liviano y escasos de gracia. Se conmueve más
fácilmente el sentimental, y el acostumbrado a
recibir consuelos los disfruta con mayor deleite.
Esta afectividad se
debe más a la mezquindad del alma que a la abundancia
de gracia. Un bebedor no se daría por satisfecho con
un trago de vino. Así, los que carecen de todo dan
importancia a lo que apenas tiene valor.
Correspondencia
a la gracia
Por tanto, cuando
Dios llama con abundancia de gracia, debe el hombre estar
despierto para responder cumpliendo la voluntad divina,
conforme a lo que dice Job: «Me llamarías y te
respondería» (14,4). Es verdad que la llamada no
hace a nadie perfecto, pero obliga bien a la
perfección, principalmente a los que quieren ser
agradecidos. La respuesta mediante el cumplimiento de la
voluntad de Dios justifica al hombre y lo conduce a la
perfección.
Gula
espiritual
El demonio
sensibiliza dulcemente el amor para que el hombre halle
deleite en los sentidos. Así, el alma que se deja
guiar por la gula espiritual se confía demasiado en
aquel placer, se detiene, se entretiene en ejercicios
indiscretos.
También lo
procura el diablo para apartarnos de alguna obra mejor,
mediante aquella distracción. Otras veces pretende el
enemigo que nos creamos ya perfectos, aflojemos en el deseo
de aprovechar y dejemos de ejercitamos en la virtud.
Interesa sobre todo al espíritu maligno que, en
nuestros ejercicios, la intención se enderece a
procurar la devoción sensible o a que abusemos de
este placer defectuoso. Así mereceremos del justo
juez la condenación eterna, porque El conoce las
intenciones y secretos del corazón.
El
verdadero amor
Queda, pues, por
averiguar dónde debemos buscar el verdadero amor.
Yace en el fondo de las virtudes y se manifiesta en la
adversidad. Por ejemplo, el fundamento de la humildad
está en desear ser despreciado. Si tuviéramos
este deseo propia y puramente por amor de Dios, es decir,
para agradarle y merecer su complacencia, entonces el amor
es verdadero. De igual modo, el fundamento de la humildad
está en desear ser despreciado, con este deseo propia
y puramente por amor de Dios, es decir, para agradarle y
merecer su complacencia, el amor es verdadero. De igual
modo, el fundamento de la paciencia es el deseo de padecer
por Dios todo lo que el hombre sea capaz de sufrir en el
tiempo o en la eternidad. Otro tanto respecto a las
demás virtudes. Este amor se manifiesta cuando el
hombre halla paz cada vez que lo visita el sufrimiento y lo
ofrece al Señor como hacía San Lorenzo,
tendido sobre las brasas: «Estas llamas me
refrescan». El fervor amoroso de padecer por Cristo era
grande en su corazón y sentía refrigerio en el
tormento, porque veía cumplido su deseo de padecer
por Dios.
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