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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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TERCERA
PARTE: VIDA
CONTEMPLATIVA ESPIRITUAL
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- TRATADO
PRIMERO:
- PREPARACIÓN
DE LA VIDA CONTEMPLATIVA
ESPIRITUAL
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- CAPÍTULO
XXVII
- Aptitud
para la vida contemplativa. Cuatro
impedimentos
La segunda etapa en
el camino hacia Dios se llama vida contemplativa espiritual,
que, como se dijo en el capítulo XIV está
figurada por Raquel. Era hermosa, pero infecunda al
principio de su matrimonio (Gén 29), si bien que
después tuvo hijos.
Asimismo la vida
contemplativa es con frecuencia estéril al principio,
porque no somos mortificados, la desconocemos y no estamos
avezados a ella. Efectivamente, al principio no se sabe
vivirla con provecho y se usa mal de ella,
entreteniéndose desordenadamente en los dones de
Dios. Nadie en realidad se dedica a cultivarla con fruto,
fuera de los íntimos amigos de Dios.
Los siervos fieles
necesitan permanecer fuera hasta ser invitados a compartir
la familiar amistad. Entonces aprenden a despreciar toda
consolación externa y quietud, buscando
únicamente el gozo interior hasta el punto de que los
sentidos exteriores pierden su operación. Porque
estas almas viven como ciegos que ven; como sordos que oyen.
Lo dice la Esposa: «Yo dormía, pero mi
corazón velaba» (Cant 5,2). Que significa: mi
corazón está en vela, actuando internamente
con tal vigor, que a los sentidos exteriores nada llega para
poder percibirlo.
La interna y amorosa
consurrección, el acceso a Dios y la permanente
inhesión en El se hacen tan sabrosos y apetecibles
que cualquier cosa de fuera resulta cruz. Quienes esto
alcanzan son atraídos tan profundamente a la unidad y
soledad del corazón que parecen estar cien millas
alejados de los demás.
Para dar a conocer
algo de esta vida, lo iremos exponiendo de acuerdo con el
método establecido en tres puntos:
preparación, ornato y progreso o
consurrección. Ante todo, necesitamos prepararnos a
la vida espiritual contemplativa, si queremos disfrutar de
familiaridad con Dios.
Impedimentos
de la vida contemplativa
Consiste el primero
en que el cuerpo padezca algún defecto natural,
lesivo y penoso. El alma, por natural condición,
depende del cuerpo. Cualquier padecimiento corporal, defecto
notable o simple dolor distrae al alma de la
contemplación. Por ejemplo: cuando el hombre tiene
mucha hambre, sed, frío, calor, enfermedad; a no ser
que a todo se sobreponga por una gracia sobreabundante del
Señor. Por eso, al hombre que Dios llama a la
verdadera vida contemplativa, le enseña a regir su
cuerpo con discreción, para que se mantenga fuerte al
servicio del espíritu en todas las cosas.
El segundo consiste
en ocuparse de cosas externas, aunque sean buenas y
virtuosas. El polvo metido en los ojos impide ver; la
preocupación por asuntos de fuera ciega los ojos de
la inteligencia y nos priva de contemplar la luz.
Lo tercero es el
remordimiento de conciencia por los pecados. La
contemplación requiere pureza de alma, pero el
remordimiento altera la paz necesaria. Cierto que debemos
sentirnos pecadores; el tiempo de la contemplación
requiere olvidarse de los pecados. Contemplar es unir
nuestro espíritu al de Dios; detenerse a pensar los
pecados viene a ser un muro entre Dios y nosotros. Bien
podríamos, sin embargo, antes de nada humillarnos,
considerándonos indignos de tanto bien, admirando la
inmensa bondad de Dios y nuestra profunda vileza.
Después, con voluntad libre y aspiración
diligente, nos levantaremos hacia Dios, dejando atrás
la memoria de los pecados. De otro modo, el recuerdo vivo
influiría en el alma e impediría la
contemplación, como un derrame de sangre estorba la
visión del ojo.
Crean el cuarto
impedimento los fantasmas de imágenes corporales, que
se imprimen en el corazón y difícilmente
pueden desarraigarse. El hombre debe conseguir volverse un
ciego que ve y un sordo que oye; es decir: que viva
introvertido hasta perder el uso pleno de los sentidos
externos. Porque ha de estar sólo empleado
internamente en lo divino. Entonces, el espejo del alma se
hace claro y puro, sin imágenes.
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