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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XXIX
- Preparación
a la vida contemplativa espiritual por la unión y
reforma del discurso y del amor
Los dos
pies del alma
Necesitamos dos
cosas para andar perfectamente por el camino de la vida
contemplativa. Los dos pies espirituales son discurrir y
amar. Ambos necesitan marchar a la par para internarse por
la senda secreta de la contemplación. De otro modo,
el entendimiento sin el afecto amoroso es cojo, no puede
avanzar; el afecto sin el entendimiento es ciego, ignora el
camino y lo pierde. Así, pues, es necesario que el
entendimiento muestre el camino a la voluntad y ésta
lleve sobre sus alas al entendimiento.
El
afecto
Para preparar el pie
del afecto amoroso conviene saber, como dice Hugo de San
Víctor en el libro que comienza Accipe frater
carissime, que el afecto es una espontánea y
dulce inclinación del ánimo para algo. Hay que
indagar más sutilmente qué amor debamos
rechazar y cuál debamos abrazar, porque nuestro amor
oscila según varias afecciones e
inclinaciones.
El afecto
natural
Está ante
todo el afecto natural. El que sentimos hacia el propio
cuerpo, hacia los parientes y amigos. En la misma forma que
es imposible rechazar este afecto resulta suma virtud no
dejarse llevar de él más allá de lo que
Dios quiere.
Amor
sensual
Este afecto invita a
seguir lo suave, lo cómodo, lo alegre, lo placentero.
Inclina a los deseos sensuales. Desea esquivar lo que es
contrario a la naturaleza en el tiempo o en la eternidad,
como el Infierno, el juicio, el Purgatorio. Acepta lo que es
naturalmente grato en esta vida y en la otra. En lo
referente a Dios, servicios, obras buenas, y
prácticas piadosas, por muy nobles, santas y
perfectas que parezcan ser, no buscan a Dios ante todo, sino
a si mismos, como arriba queda dicho. Por eso, en los
ejercicios que provienen claramente de afición
natural no hay más mérito que la natural
complacencia. Brota enseguida el afecto sensual, que se
vuelve nocivo cuando no se le hace resistencia.
Afecto
oficial
En segundo lugar se
origina el amor llamado oficial, que se imprime en el hombre
con muestras de amistad, regalos, obsequios y ayudas. Se
justifica este amor como un deber de gratitud; puede ser
nocivo, sin embargo, para aquellos que no tienen perfecto
amor de Dios. Debemos evitar que por causa nuestra se
fomenten los vicios o cosas viciosas. Difiere mucho de este
amor la virtud de caridad, porque éste busca en todas
las cosas sus propios intereses, mientras que la caridad en
nada pretende el bien propio, sino el honor y
beneplácito de Dios.
Afecto
racional
El cuarto es cierto
afecto racional a que nos movemos por la
consideración de las virtudes, obras buenas,
honestidad y cosas semejantes que vemos en otros,
oímos o percibimos de cualquier modo. Con tal afecto
nos inclinamos suavemente a los santos mártires, que
lucharon con valor y sufrieron mucho, y hacia otros santos
por lo que hemos oído o leído de sus vidas, y
generalmente hacia todos los hombres honrados y
virtuosos.
Este amor es
más noble que los anteriores, pues supone cierto
grado de virtud el tener amor a las virtudes. Sin embargo,
difiere mucho del amor nacido de la caridad, porque el amor
proveniente de la razón se origina y activa con los
buenos ejemplos exteriores. El amor de caridad, en cambio,
nace del Espíritu Santo, se inflama hasta el amor de
los pecadores y crece con el ejemplo de los
buenos.
Afecto
espiritual
El quinto es el
afecto espiritual, porque es infundido por el
Espíritu Santo. Dispone al hombre hasta el abandono
voluntario de si mismo por amor del Señor,
anteponiendo el honor de Dios a todas las cosas de modo que
ni siquiera en esto se busque a sí mismo.
El afecto
espiritual, sin embargo, hay veces que brota de nosotros
mismos, porque somos naturalmente inclinados a amar a Dios,
o porque el frecuente ejercicio lo ha hecho connatural. Por
tanto, la fuerza de costumbre puede facilitar actos de amor
a Dios, alabarle, darle gracias y unirse a Él en
forma muy parecida al amor que proviene del Espíritu
Santo.
Pero hay una prueba,
piedra de toque para distinguirlos: el abandono en las manos
de Dios, la mortificación y la adversidad. El
verdadero afecto espiritual se resigna voluntariamente y
muestra tan preparado a lo adverso como a lo
próspero, con tal que Dios sea glorificado en ello.
Este, pues, en definitiva, es el único pie con que el
alma va a progresar en la vida contemplativa.
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