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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXXII

Las aspiraciones y jaculatorias

Para progresar, pues, por este camino es necesario que el hombre se ejercite en dos cosas: las aspiraciones y el amor unitivo. Lo uno es cuerpo de esta contemplación y lo otro es propio del espíritu. Lo primero activa las potencias inferiores del alma y lo segundo las superiores. Si alguno llegare a iniciarse en la contemplación y quiere proseguir esta vía que Dionisio llama divina y mística, debe desistir de sus meditaciones y ejercitarse sólo en afectos. Para ello deberá tener en la memoria numerosas y breves oracioncitas, que levanten esta aspiración. San Agustín las llama jaculatorias, porque son saetas de, amor que lanzamos al corazón de Nuestro Señor; como El mismo dice en el Cantar de los Cantares: «Me robaste el corazón, hermana mía; esposa, me robaste el corazón» (4,9).

Debe llevar estas oracioncitas en el corazón y también decirlas a Dios con los labios, como si estuviese presente, siempre que le sea posible: andando, estando en pie, sentado, tumbado, comiendo, etc. Con fórmulas ya aprendidas o que las haga brotar espontáneamente del corazón.

Algunas fórmulas

Sirvan de ejemplo las que van a continuación: Oh Señor, ¿cuándo te amaré perfectamente? Oh Señor, ¿cuándo te abrazaré personalmente con los brazos de mi alma?

Oh Señor, ¿cuándo despreciaré todo el mundo y a mí mismo por tu amor? Oh Señor, ¿cuándo mi alma se sumergirá y absorberá total y perfectamente en ti? Oh Señor, deseo poseerte totalmente y me ofrezco a ti por completo e identificado contigo quiero siempre descansar en ti inseparablemente.

Por el estilo, podrán formarse infinitamente, como la gracia de Dios enseñará con su operación interna, o deben pensarse con impetuoso y ardiente deseo, para poderse identificar con Dios, derretidos por la llama del amor. Con estas aspiraciones amorosas, el afecto siempre se inflama más al amar y el espíritu se prepara para levantarse a la contemplación. Cuando el espíritu del hombre, por frecuentes repeticiones, haya confirmado los ejercicios aspirativos en el amor de unión con Dios, el afecto del hombre será tan impetuoso, ardiente y veloz como el rayo. Cuantas veces se convierte a Dios, sin pensamiento previo, en un momento, se dirige el espíritu al amor profundo de Dios, con inefables impulsos y deseos de poseer a Dios sólo. Nada le importa fuera de El.

Esto lo podrá hacer centenares y aun millares de veces al día, si quisiere, si su naturaleza lo resiste. Es necesario que este ejercicio se practique con gran discreción, no sea que el hombre destruya su naturaleza, como luego se dirá. Este ejercicio es tan impetuoso en la mayor parte, cuando decididamente se convierten a Dios, que les parece desvanecerse con el alma y el cuerpo o que el corazón va a romperse con gran violencia. Por eso, en un momento, todas las fuerzas del alma se concentran y derriten en fervor. Así caen en Dios.

De este modo, el instrumento de la vida contemplativa en esta vía resulta mucho más agudo y apto para la operación, o sea, en la consurrección con Dios, en el progreso de la virtud, en la mortificación de si mismo y en todo lo que se refiere a la vida de perfección. 

 

 

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