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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XXXIII
- El
amor unitivo transforma el alma pura en
Dios
Tratemos ahora del
amor unitivo, para tener al menos una pequeña noticia
e información de esto. Dionisio, hablando del amor,
dice en el libro De divinis nominibus: «Uno es
el amor increado, que es el mismo Dios. De Él procede
todo amor creado». Cuando decimos la palabra amor, sea
divino, angélico, intelectual, animal o natural,
designamos cierta virtud unitiva, que tiende a hacer una
sola cosa del amante y el amado. Pero no es posible que dos
cosas se identifiquen plenamente bajo todos los aspectos,
sin que una desaparezca, se anonade.
De ahí que,
como dice el filósofo Aristófanes y
también Aristóteles, el amor busca la
unión más próxima y adecuada que el
amante puede tener con el amado. Desconocemos la
unión que vamos a tener con Dios en la gloria y que
por largueza divina algunos, a veces, experimentan en este
mundo. Por eso es mi propósito rozar estos temas en
que el alma enamorada puede fijar la mirada del pensamiento
para ejercitarse en el amor unitivo. El alma no puede ver ni
imaginar a Dios, su Amado, porque Dios es espíritu, y
quien realmente quiere unirse a El debe acercarse en
«espíritu y en verdad» (Jn 4,23; 1 Cor
6,17).
Semejanza
de la Unión con Dios por amor
Ciertos
símiles pueden ilustrar este camino al hombre. Sin
embargo, son tan diferentes de la unión real con
Dios, como es larga la distancia que media entre el Creador
y la criatura.
Pongamos como
primera comparación el árbol al que se le
injerta un esqueje. La savia convierte el renuevo en una
sola cosa con el tronco. De igual modo el alma por la
alimentación de la gracia y amor se hace un solo
espíritu con Dios. En la vida presente experimentamos
esta unión como la sentiremos en la gloria. A algunos
les es dado pregustaría en el mundo presente. Cristo
nos la prometió diciendo: «Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como
yo en él, ése da mucho fruto» (Jn
15,5).
Segundo ejemplo es
el vino en que se vierte una gota de agua. Esta se
transforma, pierde la propia naturaleza y asume la del vino
en color, olor, sabor y en todas sus propiedades. Así
el alma en la inmensidad de Dios, como la gota de agua en la
grandeza del mar. Conserva el alma su esencia, pero todas
sus potencias están divinizadas, sumergidas en Dios.
Como la estrella, que, por sí misma, es un cuerpo
oscuro, pero la luz solar la transforma en claridad.
Entonces nuestra alma vendrá a ser como la materia en
el cuerpo, cuya forma es Dios, su alma y vida; como ahora el
alma es forma y vida del cuerpo.
Esta unión es
tan feliz y noble que si alguno la conociera bien por
experiencia y luego, pasado algún tiempo, concentrase
en ella su atención, su alma no podría evitar
el rapto.
Fray
Gil
Fray Gil, el tercer
discípulo de San Francisco, llegó una vez a
unirse con el Espíritu de Dios, a quien vio en su
esencia. Desde entonces, por cualquier motivo caía en
éxtasis. Le bastaba oír «gloria del
cielo» yendo por un camino, y al punto quedaba
arrobado, porque se le concentraba su pensamiento en el
ápice de la conciencia, donde el alma había
quedado transformada en Dios.
En la misa,
está significada esta unión por la gotita de
agua que se mezcla al vino para ser consagrada.
En tercer lugar
valgámonos de la comparación del hierro puesto
al fuego. La intensidad del calor lo vuelve incandescente y,
al extraerlo, fuego y hierro son iguales, pues se ve tanto
hierro como fuego. El hierro permanece substancialmente
idéntico, pero ha cambiado de color y de naturaleza,
porque de suyo es fría aunque ahora caliente, y
así lo demás. El alma transformada en Dios se
hace también con él una altura, una
profundidad, una longitud, una anchura y pierde toda su
actividad propia. Sus potencias son movidas por Dios, que es
su vida. Respecto de Dios el alma queda como el cuerpo
respecto a ella: permanece en si mismo, pero toda su vida,
movimiento y operación le vienen del alma.
Vaya en cuarto lugar
una comparación más sutil: la de los espejos.
Si ponemos dos, uno frente al otro, el uno recibe plenamente
la imagen del otro, con la propia impresa ya en el otro.
Asimismo sucede en estos espejos intelectuales de la
eternidad de Dios y de la mente humana; porque cuando se
cumple aquello del libro del Cantar de los Cantares
«Yo soy para mi Amado y hacia mi tiende su deseo»
(7,11), equivale a poner dos espejos intelectuales uno
frente al otro. Por tanto, cuando Dios quiera esclarecer a
un alma con el lumen gloriae, el alma recibe en
sí perfectamente la imagen y claridad, el
conocimiento y fruición de Dios, mucho más
perfecto que los espejos materiales. Aquéllos
permanecen siempre esencialmente separados entre si, pero el
alma, en el mismo instante de recibir la gloriosa imagen del
espejo eterno en su claridad inmensa, queda unida al mismo
incomprensible, glorioso, claro y divino espejo. Absorta en
él, dilatada y perdida, como se confunde y desaparece
la gota de agua que cae en la vinajera del vino o la chispa
que vuela en un fuego colosal.
Las comparaciones
aducidas resultan impropias para explicar lo que pasa en el
alma privilegiada, como el grano de mostaza apenas guarda
proporción con la magnitud del más alto cielo.
Pueden, no obstante, contribuir a que el hombre se forme
cierta idea y desee unirse con Dios, principalmente en el
ejercicio del amor, cuya naturaleza es desear hacer de dos
cosas diferentes una sola. Es el llamado ejercicio de amor
unitivo, necesario para recorrer este camino.
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