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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXXIV

Beneficios del amor de unión

Podría alguno preguntar: ¿Hay mayor ventaja en este amor unitivo que en el otro práctico, más común? Admitamos que también el amor unitivo podría originarse de la naturaleza y ejercicios del hombre por sus propias fuerzas, sin gracia alguna, fuera del estado de salvación, lo mismo que el amor sensible y práctico. En si mismo es solamente acepto a Dios en igual medida que lo es el amor esencial de que hablaremos después, o las otras virtudes adquiridas, no más.

Fuerza del amor unitivo

Su impulso es más vigoroso y es don más útil a la vida proficiente que cualquier ayuda del amor sensible o práctico; porque es tan fervoroso que, mediante la conversión a Dios, ahuyenta todas las tentaciones. Las moscas no se atreven a acercarse a la olla mientras hierve, vuelan por encima hasta que se enfría. Los tibios son muy atacados por la tentación. No así los fervorosos, a no ser cuando les sucede por especial permisión del Señor, que prueba a los que ama con predilección y los prepara para una corona mayor. El otro amor, el que no es tan ardiente y fervoroso, no consigue triunfar de la tentación.

Además, este amor es tan veloz, que en un momento penetra y ahuyenta toda multiplicidad y distracción del corazón, cuando se convierte a Dios. Otro cualquier amor necesita actuar mucho en tiempo e intensidad antes de conseguirlo.

En tercer lugar, es tan impetuoso y estimulante, que impulsa enérgicamente al hombre a un total abandono y mortificación de si mismo. El amor práctico halla repugnancia para mortificarse; éste lo consigue enseguida y gozosamente. De igual modo en el progreso de algunas virtudes: puede aprovechar más en una semana que otro en un año.

En cuarto lugar, anda deseoso del Amado, que siempre une al hombre con él sin medio alguno. Por eso recibe muchas más noticias secretas e iluminaciones y mayor intimidad divina. Otro amor no es capaz de merecerlo. Con pasos maravillosos guía nuestro espíritu a la contemplación. Tiene más profundidad en el amor y en la devoción es más constante. Eleva el alma por encima de toda multiplicidad y preocupación, sobre toda distracción e inquietud, y sobre toda pasión natural de amor desordenado, odio, esperanza yana, temor, yana alegría y tristeza.

Igualmente sobre toda prosperidad y adversidad, honor y confusión y cualquier cosa que pudiere suceder. No le turba el desorden; la voluntad está totalmente unida e identificada con el beneplácito de Dios, lo cual no impide que pueda sentir cierta indisposición en el hombre inferior por algunos momentos.

En conclusión: el amor une e identifica al hombre con Dios, con mucha rapidez, facilidad y perfección, cuando se practica debidamente. Alegra a Dios y a sus santos, como está escrito en el Salterio: «¡Un río! Sus brazos recrean la ciudad de Dios, santificando las moradas del Altísimo» (Sal 45,5). Por río se entiende el amor y su corriente la gracia del Señor. 

 

 

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