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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXXV

El otro pie de la contemplación. Pensamientos que ocupan la memoria

Prosigamos ahora con la preparación del otro camino, el otro pie de la contemplación, que es el entendimiento. Se habrá concluido cuando las tres potencias superiores, llamadas potencias intelectuales o espíritu del hombre, estén bien adornadas. Ellas son las que merecen que el alma reciba el nombre de espíritu.

Preparación de la memoria

Primeramente es necesario que la memoria se prepare rechazando cualquier pensamiento que pueda rebajar al hombre a nivel de las facultades inferiores: concupiscible, irascible y conocimiento sensitivo. Lo que equivale a decir: no dé cabida a ningún pensamiento que pueda inducir al amor desordenado de cualquier cosa fuera de Dios, por más que parezca en sí noble, santa, útil.

El desorden del corazón lo hace inútil y aun nocivo. Igualmente debe liberarse de los pensamientos que pueden arrastrar a la ira, envidia, amargura, murmuración, detracción o cosas semejantes, que envenenan la dulzura del espíritu. Líbrese asimismo de pensamientos en que la razón se ocupa demasiado con cosas exteriores, aunque de suyo nada tengan de malo.

Conserve, pues, la memoria libre y ociosa de toda impresión de imágenes y pensamientos que alteren de cualquier modo la amorosa comunicación con Dios. Conservará, pues, todas las potencias de su alma perfectamente recogidas para la unión con Dios.

Elevación del corazón

Para conseguirlo no hay mejor medio que acostumbrarse a levantar el corazón a Dios frecuentemente con fervoroso torrencial de amor y breves oracioncitas encendidas, como queda dicho en el capitulo XXXII.

La vela recién apagada, mientras está humeante, se enciende al punto si la ponemos debajo de otra que está ardiendo, aunque sea a cierta distancia, con tal que el humo alcance la llama de la vela encendida. Baja la llama y enciende la mecha apagada. Así ocurre al alma que se levanta con ímpetu amoroso hacia el Señor. Tan pronto como se eleva hacia El desciende la llama del amor divino, que cautiva el alma y une a Dios con amorosas aspiraciones. El corazón queda entonces tan libre que ninguna imagen puede adherírsele, como luego se dirá más ampliamente. 

 

 

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