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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XXXVI

Purificación del entendimiento

En segundo lugar, conviene que se disponga y ordene para actuar bajo el influjo de la claridad divina. Para esta preparación no basta la pureza adquirida con lágrimas y gemidos, que lavan y purifican, como dice David: «Baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama» (Sal 6,7). Para ver a Dios es necesario lavar previamente el corazón con lágrimas de arrepentimiento; de otro modo no podría convenientemente recibir la luz de la claridad divina, como el espejo no refleja bien el rostro humano cuando está empañado por el aliento.

Hace falta más: que la persona misma sea pura, su contemplación no admita ninguna curiosidad, presunción de novedades, o se oculte también vanidad o infructuosidad, como ocurre cuando nos ejercitamos en la vida contemplativa solamente con el entendimiento: nos mueve principalmente la curiosidad intelectual. Otra cosa es cuando la misma contemplación intelectual se orienta al amor. Por ejemplo, amor a Dios, la propia enmienda, y principalmente de la mortificación de si mismo.

Preparación del entendimiento

Además, para que el entendimiento se prepare debidamente y se ponga a tono es necesario que, al recibir la primera irradiación de la gracia divina, claridad o verdad, el propio entendimiento se convierta hacia si mismo. Vea entonces si se halla preparado para recibir aquella noble operación hecha por Dios en el interior. De esto dice San Bernardo en Super Cantica, sermón 85: «Cuando la verdad brilla en la mente y la mente se ve en la verdad, en nada tenga la conciencia que avergonzarse de la verdad. Este es el decoro que sobre todos los bienes del alma recrea las miradas divinas».

Pero esto no es suficiente. El entendimiento necesita encontrar dos cosas en el hombre, si desea tener libre y desembarazado acceso a Dios por la contemplación.

Dos cosas necesarias para la pureza del entendimiento

Lo primero es que no haya pecados notables en la conciencia. Estarán ya borrados mediante la contrición, confesión y penitencia.

Lo segundo, tenga capacidad para afrontar, en el tiempo o en la eternidad, cualquier dificultad grave, penosa y contraria a la naturaleza. Por tanto, se halla siempre listo para aguantar confusión, persecución, injuria, pérdida de bienes temporales o amigos, enfermedad o sufrimiento y todo lo imaginable en el tiempo o la eternidad. El alma necesita abandonarse al beneplácito de Dios, aceptando con plena docilidad aunque fueran las mismas penas del Infierno.

La entrega total crea libre acceso a Dios y da libertad para pedir cuanto Dios puede dar, incluso a Dios mismo. De otro modo, ¿cómo podría un hombre pedir razonablemente todo lo que Dios es y puede dar, si antes no ofrece al Señor con amplio corazón y amoroso afecto todo lo que él mismo es y puede dar, hacer y sufrir? Ante todo, el hombre se ha convertido propiamente en Dios, haciéndose idóneo para recibir abundancia de gracias divinas. Esto debe siempre preceder en la conversión a Dios.

Disposición de la voluntad

En este segundo punto se contiene también la preparación de la voluntad. Debe transformarse tan perfectamente en la de Dios que no guarde nada para si misma. El hombre libre ha de conseguir pleno dominio para que las potencias inferiores no lo dominen ni impidan ofrecerse puramente en el puro amor de Dios. En la medida que se haya dispuesto conforme a estos tres puntos recibirá los multiformes dones e ilustraciones de Dios.

Cuando las facultades intelectuales se hallan así preparadas, el segundo pie, es decir, el entendimiento, está listo para correr por las vías ocultas de la contemplación espiritual. Cumplido lo que hemos dicho, estará a punto para alcanzar la visión espiritual.

El entendimiento tiene por objeto el rayo de la claridad divina; a él se dirige el alma cuando guía el pie del entendimiento. Paralelamente a lo que ocurre con la voluntad, que tiene por objeto el amor unitivo adonde se encamina el pie del afecto. 

 

 

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