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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XXXVII
- Tres
grados del conocimiento divino
De mil modos
diferentes puede el Señor comunicar al hombre sus
luces, para que lo conozca sobrenaturalmente. El
Espíritu Santo no está sujeto a
fórmulas fijas.
Tres
maneras de recibir la claridad del sol
Se indican tres
grados, a semejanza de la luz solar que ilumina nuestros
ojos. La vemos comúnmente reflejada en los objetos:
un leño, una piedra, la tierra, iluminados por el
sol. Otra manera de verla es mirando los rayos solares.
Finalmente, se podrá observar en la substancia o
esencia del sol. De modo semejante los hombres reciben
irradiación de la claridad divina en tres grados
diferentes.
«Lumen
intellectuale»
Para no
equivocarnos, tengamos en cuenta que siempre, bajo el nombre
de fulgor y luz o de claridad divina, se ha de entender la
luz intelectual que nos permite el conocimiento oculto de
las cosas divinas y espirituales. No una claridad cualquiera
comparable a lo que vemos por los sentidos.
Primeramente, pues,
la eterna claridad del sol puede recibirse en los objetos.
Las Escrituras Sagradas, por ejemplo. Más allá
de la letra, el don de entendimiento nos descubre un
conocimiento sublime, celestial y divino. Halla sentidos tan
profundos que superan los conocimientos de los doctores,
porque son inefables aquellas cosas con que la mente se
ilumina. El entendimiento así enriquecido hace que el
alma reciba tantos, tan variados, ocultos y profundos
sentidos en las Escrituras como palabras hay en el Antiguo y
Nuevo Testamento. Todos ellos concurren al crecimiento del
amor.
El Hermano
Rogelio
El espíritu
se eleva muy alto, según dijo de sí mismo el
Hermano Rogelio, franciscano. Sé de un hombre que
cientos de veces en unos maitines y quizá en cada
verso fue arrebatado a lo alto, a la profunda
intelección de los secretos divinos, a pesar de que
él mismo se resistía con todas sus fuerzas.
Hay que hacerse más violencia para esquivar el
secreto abrazo de Dios que para recorrer el camino de la
virtud.
Con esto algunas
veces Dios le abre tan copiosamente el seno de la divina
bondad y gracia, que lo conocería todo con certeza si
fijase bien el ojo de su entendimiento. Tan profundamente se
sumergiría en el abismo de la divinidad con su
espíritu, que de allí no saldría nunca
vivo. Hasta aquí son palabras de Rogelio.
En segundo lugar,
puede recibirse en su rayo, cuando el espíritu del
hombre contempla, suspenso, las cosas eternas. El alma se
eleva de tal modo que más bien la lleva el
Espíritu Santo. Queda elevada sobre sus propias
facultades y recibe admirable claridad sobre el misterio
trinitario: eterna generación del Hijo, admirables
operaciones del Espíritu y cosas semejantes.
Refiriéndose a esto, dice Dionisio a Tito:
«Vuélvete a mirar al rayo divino». Como si
dijese: no busques a otro doctor ni otro ejemplar.
Enciérrale en ti, penetra en tu interior y elevando
todas tus potencias vuélvete hacia la luz divina,
donde puedes ser enseñado y nutrido espiritualmente
por Dios, sin otros medios.
Mediante esta
continua introversión en Dios, su conocimiento y
nutrición espiritual, el hombre conversa más
en el cielo que en la tierra; queda suspendido en Dios, como
el rayo de luz pende del sol. Con estos rayos de
espíritu el alma se alimenta espiritualmente, se
nutre y es atraída constantemente hacia
Dios.
Santa
Clara
La perseverancia y
continuo ejercicio pueden habituarle a esto hasta el punto
de que luego le cuesta trabajo y tedio y cruz descender a
ocuparse de las cosas ordinarias, como leemos de una
religiosa llamada Clara. Tenía puesto en Dios su
pensamiento y corazón. Con todas sus fuerzas volaba
hacia El continuamente. Su alma permanecía siempre
suspensa en Dios. Cierta persona devota supo por
revelación que unos rayos divinos descendían
hacia ella sin interrupción y así se
alimentaba. La comunicación divina atraía
todas sus fuerzas a lo alto, hasta su Dios, hasta perder el
uso de sus fuerzas naturales. Ocurrió una vez en el
día de Epifanía que Santa Clara fue arrebatada
por la fuerza divina y quedó en éxtasis
durante treinta días. Se olvidó de todas las
cosas profanas; ni recuerdo alguno de lo que ocurría
a su alrededor. Ni comía ni bebía; el cuerpo
quedó insensible. Cuando volvía en sí,
aquellos treinta días le parecían haber sido
sólo tres. Cuatro meses después tuvo que
ocuparse de asuntos terrenos por ser abadesa de un
monasterio. No fue capaz de apear su espíritu a
pensar en las cosas temporales. Creía que siempre iba
a permanecer así, hasta que su corazón se
sintió obligado a preocuparse con diligencia de los
cuidados ordinarios.
En tercer lugar se
puede alcanzar esta claridad llegándose hasta su
origen, que es Dios, como se dirá más
adelante.
Con esto se da por
concluida la preparación de la vida
contemplativa.
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