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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
(�ndice)
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TRATADO
SEGUNDO:
ORNATO
DE LA VIDA CONTEMPLATIVA
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- CAPÍTULO
XXXVIII
- Los
siete dones del Espíritu Santo, ornato de la vida
contemplativa
La inmensa
liberalidad de Dios, después que el hombre se hubiera
fielmente preparado, se desborda sin medida. Más que
con gracia y amor sensible, Dios quiere adornarle con las
virtudes morales y sublimarle con los dones del
Espíritu Santo. Ellos son el mejor ornato del hombre;
lo que le hace plenamente grato a Dios. Entonces
ordinariamente tiene lugar el desposorio espiritual por el
que el alma se une inmediatamente con Dios. Viene el
Espíritu Santo con las tres virtudes teologales y,
como fuente de siete arroyos, inunda las facultades del alma
con sus dones.
Santo Tomás
dice que los dones perfeccionan las potencias del alma
ennobleciéndolas para seguir prontamente al
Espíritu Santo, que podrá actuar en ellas sin
la menor resistencia; antes bien se compenetran
perfectamente con el divino Espíritu tanto en la
prosperidad como en lo adverso.
Temor
filial
El primero es el
temor filial, que imprime en el corazón una paternal
y amorosa reverencia hacia Dios. Crea en la voluntad gozo y
deseo de someterse por completo a la voluntad divina.
Infunde asimismo un noble pudor ante El. El corazón
se humilla y mueve al desprecio y a la insatisfacción
de sí mismo, cada vez que advierte en sí algo
que puede disgustar al Señor.
Queda superado el
temor servil del Infierno, Purgatorio, juicio, muerte, etc.
Lo mismo el temor temporal, sufrimientos, humillaciones,
pérdida de bienes materiales, persecución de
los hombres y cosas por el estilo. Se abandona al
beneplácito de Dios. Favorece el temor del
Señor, es decir, de ofenderle, entibiarse en su amor,
perder su intimidad, etcétera.
En cambio,
transforma en amor el sufrimiento. La congoja del
corazón que proviene de las penas se cambia en
dulzura, como dice David: «¡Qué grande es
tu bondad, Yahvé! Tú la reservas para los que
te temen» (Sal 31,20). El don de temor ciega el ojo
izquierdo. Quiere decir que mortifica con ejercicios y obras
virtuosas cualquier intención aviesa, latente
quizá, en las virtudes morales. Existen
frecuentemente en los hombres que no buscan al Señor
de todo corazón. Dirige la intención a Dios
sólo, porque el origen de las obras viene de Dios,
del Espíritu Santo.
De este modo los
dones ordenan, ennoblecen, enaltecen las virtudes morales
por la intención amorosa que encaminan hacia Dios.
Hacen que el hombre trabaje voluntariamente con anhelo de
hacer el bien y evitar el mal. Dispone al hombre para
someterse a toda criatura en el sentimiento y voluntad,
aceptando gustosamente el ser tenido por el más
despreciable del mundo, y deseando asimismo que otros le
tengan por tal, se alegra en todo su desprecio. A
éstos el Evangelio llama «pobres de
espíritu» (Mt 5,3), esto es: humildes de
corazón.
Piedad
Se llama piedad el
segundo don del Espíritu Santo. Es un santo
derretirse el alma. Crea cierta prontitud para servir a Dios
y un afectuoso impulso para auxiliar y obsequiar a todos los
hombres, proveniente de la copiosa avenida del amor divino.
La misericordia es una virtud moral; su ejercicio
está dirigido por una intención natural y
humana. En cambio, con el don de piedad, la práctica
de las obras de misericordia queda exclusivamente deificada,
porque Dios es su fin en todas las cosas.
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Efectos de la piedad
La piedad se
ejercita de tres modos: primero, en honrar, agradecer y
alabar a Dios con gran amor y deseo. También en
mortificarse a sí mismo conforme al
beneplácito divino, y en hacer, en cuanto esté
de nuestra parte, que todos los hombres rindan culto a
Dios.
San Bernardo, sobre
aquello de San Pablo, «ejercítate en la
piedad» (1 Tim 4,7), dice en la Epistola ad fratres
de Monte Dei, de la Orden de los Cartujos: «Tal
piedad es constante memoria de Dios, continua actividad en
la intención e infatigable movimiento en el amor. Que
ningún día ni hora hallen al siervo de Dios en
otra ocupación fuera de este ejercicio, o en el
afán de aprovechar, o en la dulzura de experimentar y
el gozo de disfrutar».
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Contra los tibios
Se oponen a este don
los que viven en tibieza espiritual, que reciben mucha
gracia sensible y hallan su voluntad dispuesta para todo
bien. Pero son muy ingratos a tanto regalo, pierden mucho
tiempo ociosamente sin necesidad cuando en realidad no
están obligados a ocuparse en cosas exteriores y
tienen tan grandes facilidades de disfrutar de Dios
ininterrumpidamente. ¡Oh, cuán estrecha cuenta
van a tener que dar de esto por la ingratitud a los dones de
Dios! Parece que su devoción les viene más de
la naturaleza que de Dios, cuando por tan fútil
motivo o sin motivo alguno, tan ociosa y vanamente dejan
pasar el tiempo. Si el amor que éstos tienen
procediese de Dios, se sentirían atraídos
hacia El, porque el amor atrae siempre hacia su origen. No
estarán nunca ociosos.
En segundo lugar, la
piedad vendría a ser tutela de la santidad, como
Salomón dice en los Proverbios: «Por encima de
todo cuidado guarda tu corazón, porque de él
brotan las fuentes de la vida» (4,23). Eso lo necesita
principalmente el hombre que quiere progresar en la vida
contemplativa, porque no podrá aficionarse
piadosamente si no ama la santidad. Por eso, cuando
Jesús invita al alma contemplativa a ocuparse en las
obras de misericordia para socorrer a los demás, ella
responde en el Cantar de los Cantares: «Me he
quitado mi túnica». Esto es, las ocupaciones
exteriores. «¿Cómo ponérmela de
nuevo? He lavado mis pies». Es decir, las potencias del
entendimiento y voluntad. «¿Cómo volverlos
a manchar?» (Cant 5,3). Manchas son las imágenes
de las criaturas, porque cuando el hombre sale fuera de si,
le resulta imposible verse totalmente limpio de tocar alguna
vez la tierra de los sentidos, padeciendo algún
desorden en la sensualidad.
En tercer lugar, el
don de piedad produce abundancia de compasión
fraterna para con todos los hombres, sin acepción de
personas, con auxilios espirituales o corporales, porque
guía al hombre con amorosa compasión, que
compunge el corazón y le hace compasivo para
cualquier necesidad humana. Se crea en, él una
inclinación amorosa hacia todos, como un torrente de
amor a todas las criaturas por causa de su Creador. El que
lo posee se vuelve benévolo, obsequioso, dispuesto a
servir en todo discretamente.
Ciencia
El don de ciencia es
el tercero. Conocimiento de lo que se ha de creer, hacer u
omitir, de suerte que el hombre no salga del camino justo.
Esta ciencia consiste en cierta noticia infundida en la
mente con la cual se pueden practicar perfectamente las
virtudes morales, dando verdadero conocimiento y
discernimiento de todas ellas.
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Efectos de la ciencia
Este don ilustra y
ordena la razón del hombre en el uso de las
criaturas, mientras que el don de entendimiento ilustra y
dirige al hombre interior en orden a las cosas celestiales.
Así, pues, el que quiera sacar mucho provecho del don
de ciencia necesita proceder con diligencia a la
mortificación de pecados e imperfecciones y vivir
perfectamente en la virtud; particularmente las virtudes
intelectuales. Hará diligente examen a fin de
poseerlas y lo pedirá a Dios, porque este don nos
estimula a ello.
Los tres dones que
preceden orientan principalmente a la vida activa. Los
siguientes, a la vida contemplativa.
Fortaleza
El cuarto don es el
de fortaleza. Fuerza y vigor para continuar la
práctica de las buenas obras. Los tres dones
precedentes adornan al hombre para la perfección de
la vida activa; el de la fortaleza empieza a adornarlo para
la vida contemplativa. Hay que distinguir doble fortaleza
espiritual.
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Fortaleza simple
La simple fortaleza,
que hace al hombre capaz y poderoso para vencer todas estas
cosas inferiores, le es dada principalmente para tres cosas.
Ante todo, para perfeccionar las obras propiamente
varoniles, con las cuales supere los pecados y tentaciones,
desprecie lo que carece de valor y conserve el ornato de las
virtudes. Segundo, para luchar fuertemente contra las
tentaciones del diablo, mundo y carne. Tercero, para
soportar toda tribulación, aflicción y
adversidad con la verdadera paciencia a que se refiere
Casiodoro cuando dice en Super Psalterium: «La
paciencia supera las adversidades, no peleando, sino
sufriendo; no murmurando, sino dando gracias». Ella es
la que lava toda inmundicia del placer, la que devuelve
limpia las almas a Dios y entonces el hombre todo, exterior
e interiormente, se inunda de cierto sabor melifluo. Porque,
como dice David: «Estaré a su lado en la
desgracia» (Sal 91,16), el hombre en aquellos momentos
está en la presencia de la Trinidad Santísima,
de la cual recibe sabor de interna suavidad y
consolación. Atraído por él, desprecia
todo lo que es del mundo, y libre de todo desorden de
aficiones y ocupaciones y fuera de la ebriedad espiritual no
siente ningún sufrimiento, tribulación o
adversidad.
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Fortaleza doble
Llaman fortaleza
doble a la que hace al hombre ponerse por encima de toda
consolación espiritual, gracia sensible, y todos los
dones de Dios, por grandes, nobles y múltiples que
fueren. No consiente descansar en ninguna consolación
espiritual, dulzura, revelación, o en cualquier otro
don. Se esfuerza en sobrepasar todo, de suerte que sea capaz
de encontrar siempre a aquel a quien ama sobre todas las
cosas.
Consejo
El quinto es el don
de consejo. Consiste en una deliberada, cierta y segura
elección de las cosas que más agradan a Dios.
Esto es propiamente el don de consejo. Con él somos
instruidos para discernir rectamente, conforme al dictamen
de la razón, lo que es útil, decente y licito.
Luego nos hace idóneos para elegir lo mejor y
llevarlo a la práctica perfectamente.
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Efectos del don de consejo
Se nos da
también este don para aconsejar a otros en las cosas
de espíritu. Se distingue del de ciencia en que nos
forma el juicio conforme a las reglas de la Ley eterna,
inscritas en nuestros corazones. Este don nos enseña
a encontrar la buena solución conforme a la voluntad
de Dios para hacer u omitir las cosas que son
difíciles, arduas y perfectas, sobre las cuales no
haya ley escrita, porque hay cosas que no todos han de hacer
uniformemente. Aprendemos también con este don a
evitar la dispersión de los sentidos y nos lleva a
trascendernos en la unidad del espíritu. Crea en el
alma cierta semejanza y anticipo gozoso de la supraesencial
unidad por amor fruitivo con Dios.
Gran
propósito pretender la unión con Dios
fomentando en nuestro corazón amor a El. Mayor
aún el unirse por la conformidad de voluntad con la
divina, incluso en la adversidad. Con esta unión de
voluntad terminaba Jesucristo su oración de
Getsemaní, cuando decía: «Padre, no se
haga como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt
26,39). Entonces, para quien ama con fidelidad, el divino
beneplácito se convierte en supremo gozo del
espíritu. Además, por primera vez se hace apto
para recibir en sí todos los dones de Dios, porque
renunció a si mismo por completo, y sin retractarse,
a la voluntad propia y a todas las cosas. Entonces,
finalmente recibe, como Eliseo, doble espíritu de
consejo: emprender lo difícil y grande, y el deseo de
sufrir lo grave y duro (2 R 2,9).
Entendimiento
El sexto es el don
de entendimiento. Se le define como una luz sobrenatural que
ilumina y agudiza nuestra mente, para comprender el provecho
interior y espiritual de la vida contemplativa. Esta luz va
dirigida al hombre contemplativo interior, al trascendido ya
de los sentidos y de todas las imaginaciones sensitivas, al
que está completamente muerto a la naturaleza y vivo
para el espíritu. Cuanto más mortificamos la
naturaleza en nosotros, es decir, las pasiones naturales,
que son principalmente la causa de oscuridad en el
entendimiento, tanto más nos ilustra este don. Por
él nos viene cierta inclinación espiritual
hacia Dios, que nos hace estar vivos y vigilantes para
encaminarnos a El constantemente.
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Grados del don de entendimiento
Se distinguen tres
grados en este don. El primero crea en el hombre la
simplicidad, unidad de espíritu y claridad de
entendimiento. El espíritu se simplifica en sí
mismo, se esclarece y llena de gracia y de los dones de
Dios. Se hace también semejante a El por gracia y
caridad divinizante y se afianza en la unión con el
Espíritu de Dios.
El segundo grado
enseña a ordenar la vida contemplativa sin
ningún error; a conversar en espíritu, a tener
profunda inteligencia de las cosas celestiales y divinas, a
captar un profundo conocimiento de las cosas creadas y de
las actividades de Dios, a elevarse a El dándole
gracias, alabándole y amándole en todas las
cosas.
El tercer grado da
perfecta noticia en la sublime contemplación con la
cual se discurre acerca de Dios valiéndose de
comparaciones espirituales que ocurren al entendimiento
así elevado. Este don entonces evita toda
equivocación y engaño. También nos da
noticia de la semejanza que tenemos de Dios en nosotros por
la gracia, caridad y virtudes, y de la unidad que poseemos
en Dios por el amor fruitivo, donde el alma más es
actuada que actuante, como diremos
después.
Sabiduría
El séptimo
don se llama sabiduría. Ciencia sabrosa que San
Agustín, en su Libro XIV de Trinitate,
distingue de otros conocimientos, cuando dice que es propio
de la sabiduría un conocimiento intelectual de las
cosas eternas, recibido con espiritual y experimental
pregustación de las celestiales y divinas delicias.
Por ciencia, en cuanto es don del Espíritu Santo, se
tiene conocimiento racional de las cosas terrestres y de las
virtudes morales. Esta sabiduría da un verdadero
conocimiento, que orienta el entendimiento hacia toda
verdad. Y un espiritual sabor, que levanta nuestro
espíritu al sabroso amor de todo bien.
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Actos de la sabiduría
Lo específico
de este don es contemplar a Dios no de cualquier manera,
sino por amor, con cierta suavidad experimental en el
afecto. La sabiduría en su grado más elevado
es increada, y en realidad así se llama. Propiamente
es el Hijo de Dios o sabiduría del Padre, que desea
infundirse en el entendimiento del hombre para atraerlo al
conocimiento del bien supremo, amarlo, disfrutarlo y unirlo
con El.
El toque
místico
Pero la
operación más noble del Espíritu en el
hombre es el toque que tiene lugar en lo más profundo
del alma y es el medio más elevado entre Dios y
nosotros, entre el actuar, el disfrutar y ser actuados;
entre el vivir y morir o expirar. Qué sea propiamente
esa actuación o atracción se podrá
sentir ciertamente; comprenderlo o explicarlo, nunca. Brota
de ello un deseo tan vehemente e inefable de gozar del sumo
bien y comprenderlo, que es increíble para los que no
lo han experimentado. A pesar de todo, más adelante
diremos algo de este toque.
Baste, pues, lo
dicho sobre el ornato que necesita el que quiera llegar al
verdadero aprovechamiento de la vida contemplativa
espiritual.
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