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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XL

Consurrección de la vida contemplativa espiritual según las potencias inferiores del alma. Primer grado

Se trata aquí de la consurrección de la vida contemplativa según las potencias inferiores del alma, aunadas y recogidas para principiar y proseguir el ejercicio interno de la vida contemplativa.

Grados de consurrección

Esta consurrección se realiza en cuatro etapas, que van elevando al hombre inferior a regiones superiores y hacen sus ejercicios más nobles y provechosos. El primer grado se da cuando la gracia de Dios, a modo de un riachuelo, penetra moviendo las fuerzas sensitivas del alma, estimulando y ejercitando al hombre a levantarse con todo su corazón y con todas sus fuerzas hasta la unidad con Dios por amor. Esta actuación se deja sentir en el corazón, donde radica la unión de las fuerzas sensitivas. Principalmente en el apetito concupiscible.

Ejercitación del amor

Comienza esta amorosa ejercitación y moción primeramente en las partes inferiores del alma. Son las que conviene ante todo preparar y adaptar. Estando ya preparadas, sosegadas, las potencias inferiores, prende el fuego del amor ardiente que las eleva antes de ejercitar las facultades superiores. Nadie puede en verdad ejercitarse internamente mientras los sentidos exteriores no estén atraídos al interior, consumidos de amor y anonadados. No es posible tampoco ejercitar verdaderamente las potencias superiores si antes las inferiores no se les han sometido del todo, limándolas, anonadadas y transformadas en la actividad superior Para conseguirlo, nada mejor que la práctica de las aspiraciones y del amor unitivo. No conviene que esta aspiración se ejercite con grande y penoso esfuerzo, cuando falta la gracia sensible.

Se engañan muchos, todavía inexpertos en este arte espiritual, pensando que el hombre, al ser levantado hacia Dios por la acción del Espíritu Santo, abunda en dulzura espiritual con el ejercicio de las aspiraciones. Al contrario. Casi siempre será necesario elevar el corazón con gran trabajo y tensión del alma, como ocurre cuando por la fuerza hay que extraer alguna cosa. El esfuerzo produce sufrimiento a la naturaleza, a no ser que el Espíritu Santo, con abundancia de gracia, alivie la pena y endulce el corazón. Podría alguno preguntar la causa de este penoso ejercicio y violento ímpetu del espíritu, que altera y conmueve la naturaleza.

Dominio de la naturaleza

Se puede responder que lo natural, carnal e indómito tira siempre para abajo del espíritu. Se hace, por tanto, necesario empujarla hacia arriba con vigorosos y constantes ejercicios y que se capacite para las cosas espirituales. Que no impida demasiado al espíritu, antes bien lo siga de buen grado, como se habitúa al animal indómito a tirar del carro y llevar la carga. Leemos de ciertos maestros meramente humanistas, laicos, sin fe, que amaestraron la naturaleza con ejercicios para que los sentidos exteriores estuvieran siempre listos a la introversión y asimismo las potencias inferiores dispuestas a la consurrección sin gran esfuerzo. Luego, actuando la razón y entendimiento, llegaron a dominar la Filosofía natural de modo que parecían no hacer uso de los sentidos exteriores. De hecho llegaron incluso al éxtasis.

¡Con cuánta más razón el hombre cristiano podrá pedir y obtener esta merced inflamando sus deseos de bien con la llama del amor divino! Preparado el corazón de esta manera, bajo la influencia poderosa del Espíritu Santo, nuestra alma, unida al Espíritu divino, vuela rápida y fácilmente a las alturas, a conocer y gustar las delicias e inconmensurables riquezas de Dios.

El santo abandono de la voluntad

Se ha de proceder con cautela para que la voluntad impetuosa, levantada hacia lo alto, esté siempre conforme a la voluntad y razones superiores. Procure abandonarse al beneplácito divino, guste o no de las gracias y devoción sensibles. A veces, cuando se anhela el ímpetu amoroso con mayor vehemencia de lo que conviene, la libertad queda oprimida y conculcada y el corazón se torna inquieto, perturbado y deprimido. Podría seguirse gran obcecación y apartamiento de Dios. Por eso, aunque casi siempre debemos espolear el alma a que actúe con amorosa violencia, el corazón debe permanecer tranquilo y discernir prudentemente cuándo deba entregarse a este ejercicio. Parece claro que ha de hacerlo cuando siente para ello el auxilio de la gracia.

Discreción

Cuando no sienta actuación especial de la gracia, deberá pararse a considerar sus defectos con el desprecio correspondiente. Estudie las virtudes auténticas para poderlas conseguir. Piense en las necesidades de vivos y muertos y ore por ellos. Medite la vida y pasión de Jesucristo para configurarse con El. Y otras cosas parecidas en que puede ejercitarse el hombre, cuando falta la devoción interior.

En cambio, cuando la influencia de la gracia de Dios y la voluntad encendida en el amor divino se inflaman, las potencias inferiores, derritiéndose en amor, todas corren en busca de unidad al corazón. Allí descansa el alma, preparando el suave y regio lecho de su Amado.

Compunción del amor

Es compunción del amor la que nace de esta unión, no del dolor. Porque el hombre se enardece de todo corazón y paga con amor la divina liberalidad alabando, bendiciendo y dando gracias. Comienza a dulcificarse lo que antes parecía amargo y laborioso. Resulta displicencia y tedio lo que era alegre y apetecible. Encuentra, pues, un sabroso gusto el corazón en Dios, como bien sumo que contiene todo bien. Por amor de Él da de mano a todas las cosas creadas para evitar el mal uso, que crearía apetencias del sentido. Este grado no confirma todavía al hombre plenamente en amistad con Dios. El alma, en cambio, es ya capaz de dominar y armonizar las potencias sensitivas. Sin embargo, se le priva a veces de la gracia sensible y de todo consuelo, porque su corazón no se ha purificado aún totalmente: se busca a si mismo, vive apegado a las gracias y devoción sensible que recibe. Este ejercicio, por eso, quita y pone, empobrece y enriquece, humilla y ensalza, alegra y contrista, da esperanza y desespera y otras cosas inenarrables, que ocurren al hombre en este grado.

Dios deja al alma amante en abandono. Se retira y esconde. El alma siente la aridez de tierra estéril. Pobre, sin calor, desolada, abandonada de Dios. Vive triste y amargada. El alma necesitaba esta lección que Dios le da porque aún no había aprendido a adorarle en «espíritu y verdad» (Jn 4,23). Gustaba solamente de la devoción sensible. Ignora el alma también que esto es manera íntima y habitual en la actuación del Espíritu Santo, que quiere enseñar al hombre de este modo a descansar en Dios únicamente, no en sus dones. A ejercitarle en su santo servicio tanto en la prosperidad como en la adversidad. Así probada en este grado, cuando llega la gracia sensible y devoción, se levanta en ella el deseo o gran fervor de alabar a Dios, honrarle y darle gracias, al considerar los inmensos beneficios recibidos.

Doble dolor de gratitud

Del deseo de gratitud nace consiguientemente en el alma doble dolor: uno por defecto, porque se ve incapaz de alabar a Dios suficientemente, de honrarle y darle gracias. Otro que surge del deseo de aprovechar y crecer en la virtud, en que se duele siempre de hallarse escasa. Ambas cosas son espuelas de aprovechamiento. 

 

 

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