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Enrique Herp - Directorio de contemplativos  (�ndice)

 

CAPÍTULO XLII

Peligros frecuentes de este ejercicio

Dos cosas hay que considerar en este grado. Aquí se trata únicamente del ejercicio de aspiración, del cual ya dijimos algo. Este ejercicio se vuelve tan violento e impulsivo que el hombre, en su conversión a Dios, siente de pronto junto al corazón grande y fuerte movimiento. El corazón salta en el pecho como el pez en el agua, y entonces, de repente, las potencias sensitivas se concentran y languidecen de amor, sin poderlo evitar. Lo experimentarán aquellos que se hayan ejercitado fielmente en este camino, cuantas veces y tan pronto como quisieren convertirse a Dios, aunque fuera mil veces al día.

Ímpetus del corazón

Al querer perseverar un poquito en esta introversión, el corazón se siente tan violentamente afectado que redunda en el exterior, sin poderlo impedir ni disimular. Cualquiera que tenga inteligencia y experiencia en esto lo advertirá enseguida. El agitarse del corazón llega a tal punto que parece una válvula abriéndose y cerrándose. El oído puede percibir fácilmente el bombeo.

De esta notoria agitación se levanta a veces un gran viento batiente como golpe de espada. Si el que lo padece tiene la cabeza débil, el sufrimiento dura más. En cambio, si es de complexión vigorosa, cesará tan pronto como deja de agitarse el corazón. En el último caso no suele pasar de una sensación punzante y breve.

Moderación en los ejercicios

Según esto, es necesario moderar los impetuosos y estimulantes ejercicios, no se debilite demasiado la cabeza. Vaya gradualmente hasta que resulte más sutil, porque cuanto más tiempo el hombre se ejercite en esto, tanto más apto resulta para recibir el impulso espiritual sin lesión. De igual modo ocurre con el ejercicio grande, vigoroso, impetuoso y estimulante en que la sangre empieza a hervir junto al corazón debido al calor, y especialmente en aquellos que son impetuosos y diligentes por naturaleza, o emotivos por temperamento.

Baja tensión

Los que sienten el calor junto al corazón o la sangre, comprueban una mayor agitación y vienen a quedar con frecuencia deprimidos. La sangre junto al corazón, en continua ebullición, comienza a dilatarse y se debilita. El gozo y afecto, la devoción y amor sensible, expansionan naturalmente el corazón. En cambio, lo cierra la sangre, gruesa por dichos ejercicios, cuando se agrupa junto al corazón.

El gozo espiritual se cambia en tristeza, porque es natural que el corazón cerrado se entristezca y, entristecido, se cierre más. La depresión del corazón a veces viene a ser tan fuerte que no hay manera de levantarlo. Se ven entonces privados de toda devoción, gracia y amor sensibles. Se quejan a Dios de estar abandonados, caen en pusilanimidad y casi en desesperación. En realidad ellos mismos se lo causaron por ejercicios indiscretos, con los cuales hicieron inhábil su naturaleza para servir al espíritu. Cuanto más violencia se hacen para recobrar la devoción, tanto más se distancian de ella. También por impaciencia e inquietud del corazón se indisponen, se entenebrecen, se endurecen y pervierten. Se avocan a una angustia inefable y tribulación de que luego hablaremos. 

 

 

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