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Enrique
Herp - Directorio de contemplativos
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CAPÍTULO
XLIII
- Precaución
para mortificar el egoísmo y propia
voluntad
Lo segundo que se
debe tener en cuenta prudentemente aquí es que toca
al amador fiel, al modo de abeja laboriosa, circunvolar con
las alas de razón y consideración sobre los
dones del Amado, pasados y presentes. Con el aguijón
de la discreción caritativa delibere y guste para no
entretenerse en ningún regalo. Convierta todas las
cosas en bien espiritual alabando y dando gracias. Vuele con
afecto hacia la unidad del amor divino, en la cual desee
permanecer con Dios para siempre.
El abandono
de la voluntad
Por el contrario,
mientras su voluntad no esté encendida por el fuego
del amor conforme al beneplácito de Dios, no
está todavía limpia de plata o plomo. Es
decir, nuestra voluntad no ha sido aún purificada de
la propiedad con que se busca y tiende hacia sí
misma. ¡Oh propiedad venenosa, qué gran
impedimento eres para aquellos que tratan de aventajarse en
la virtud! Tú abusas de los regalos de Dios y los
haces inútiles para los hombres.
Por eso, nadie debe
fácilmente pensar que, por el hecho de verse con
gracia y amor sensibles, ha llegado a la santidad. Surgen
muchos deseos y sensaciones ordinariamente en el hombre que
son tenidos por grandes, cuando no son otra cosa que
apetitos innatos o búsqueda de si mismo. Muchos, en
cambio, toman las novedades y curiosidades por indicios de
gran santidad.
Inconstancia
de la naturaleza
Especialmente antes
de los cuarenta años la naturaleza es muy
versátil, inconstante y afectuosa. Se busca a
sí misma con frecuencia en lo que hace: el provecho
del gusto espiritual, recreación y consuelo, aun sin
darse cuenta la misma naturaleza. Donde el hombre piensa que
está fomentando la vida espiritual, resulta estar
alimentando la propia naturaleza y el gusto sensible,
fortificando la propia voluntad inmortificada. Debe insistir
con mayor deseo y diligencia en la continua
mortificación y abandono de sí mismo. Piense
sobre todo en la perfecta asimilación con Cristo,
según el hombre exterior e interior, en lo humano y
en lo divino, en la pureza e intensidad del amor,
dirigiéndose a Dios y descansando tan sólo en
el que es dador de todo bien.
Amor
ferviente
Para esto
propiamente sirve el cuarto grado del amor, que llaman
ferviente. Quedaron ya explicados los tres primeros, al
hablar de la consurrección de la vida activa, en el
capítulo XXII. Este es propio de quienes se acercan
al Amado con gran fervor. No sufren término medio
entre Dios y ellos, de suerte que su amor nace de Él
directamente. Nada buscan más que a Dios con pureza y
desnudez.
Para mejor llegar a
esto y en ello perseverar, debe el hombre acostumbrarse a
ofrecer afectuosa y amorosa acción de gracias.
Esforzarse al punto en ofrecer a Dios con amoroso desahogo
todos los dones recibidos, gracias, virtudes, espirituales
consuelos, etc., reconociendo perfectamente que él no
ha recibido esas cosas por sí mismo o sus
méritos, sino puramente de la profunda y generosa
bondad de Dios. Confiese también que él es
indigno de todas las mercedes recibidas del Señor,
con sincero reconocimiento de las propia vileza. Es la mejor
manera de disponerse a recibir muchos dones.
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